septiembre 17, 2011

Gracias, Marcelita

Mi amiga Marcela se va a otro plantel y yo creo sinceramente que ella nunca va a saber hasta qué punto la quiero y cuánto la voy a extrañar.

Yo sé que a muchos Marcela les impone o, en el mejor de los casos, los pone nerviosos; pero a mí Marcela me acogió en un tiempo en que me sentía desamparada y todo parecía estar mal, mal. Y ella lo volvió bueno. Me agarró casi sin preguntarme y me dijo con su vozarrón maravilloso: "¡Vamos a mi pueblo!" "¡Sí, por favor, alguien sáqueme de aquí!", pensé. Así que fuimos a Puruagua, ella, su chavo y yo.

Al iniciar el viaje, iba yo, pues como andaba en esos días: confundida y llorosa, rehistérica y con la confianza hecha trizas. Marcelita me trepó en su coche, me llevó al puesto que tenía su familia, me atascó de los mejores tacos de carnitas que he comido en mi vida, me volvió a subir a su carro y me dijo: "duérmete". Y yo, obediente, me dormí. Más bien, me perdí. Cuando desperté, todo lo que se veía era campo y cielo, y más campo y más cielo. Y Marcela platicaba, me compartía recuerdos, se reía con su risa fabulosa y para acabar pronto, me rodeó con su aura de mujer poderosa y dulce. Me llevó a comprar chácharas de cerámica horneada a alta temperatura y me indicó: "No le lleves nada a nadie; cómprate para ti cosas solamente. Consiéntete." Y luego compró guayabas, cacahuates, quesos y tortillas, y me dijo: "A ver, mira, podemos..." y se arrancó con una lista confusa de actividades, a la que yo respondí con un: "lo que tú quieras Marcelita; vengo en "modo windows": yes-to-all".  Y ya en su casa, cocinó para mí y compartió su mesa y su vida conmigo, con naturalidad, amorosa, puro regocijo y hospitalidad.

No recuerdo ninguna otra época de mi vida en que me haya sentido más apapachada, más segura y consentida que esos tres días en la casa de Marcela, en Puruagua.

Ahora Marce se va y ya no quedará más que el agradecimiento de perro callejero que encontró casa que yo siento hacia ella, y un cariño profundísimo, ni más ni menos que el que ella se merece. Transcribo para ustedes un texto que le escribí a un amigo sobre el viaje y que a Marcela le encantó; lo escribí el día que regresamos, el cual, estoy convencida, fue el primer día de mi nueva vida:




Puruagua

El cielo, Alberto, en Puruagua, es inmenso; tienes que girar sobre ti mismo para abarcar con la vista el horizonte de lado a lado.
            El aire huele a tierra, a abono, a dorado pasto reseco del que salen, altas, unas espigas que sobrepasan tu cintura y sus hojas son como penachos, sutiles y suaves, cuyos colores van desde el dorado más pálido hasta el bermellón; pasas las manos planas sobre ellos y en las palmas sientes su caricia, leve, como de plumas.
            Tiene mucha familia Marcela por aquí. La casa de su tía Chilo está en una pequeña plazoleta, custodiada por tres formidables ahuehuetes que con el viento susurran y llueven hojas y una frutilla redonda y oscura sobre ti. La casa está rodeada por un alto muro. Al traspasar el portón, te recibe otro gigante ahuehuete y un jardín que oculta la casa y la mece, como si la acunara. Toda la casa está embaldosada y la cocina huele a guayabas y a chiles y a risas.
            Al salir, el camino está siempre mojado, porque el manantial cercano está siempre fluyendo y se desborda; se desliza el agua calladamente por la calle, y por eso las piedras de ese adoquín verdean siempre de musgo.
            Esa agua sigue camino abajo hasta una presa, al lado de la cual se alinean los lavaderos comunitarios; éstos son de piedra y se acomodan en dos hileras divididas por una larguísima pileta que se desborda en agua. Y el agua de la presa, aunque es de un tono jade y sostiene en su superficie limo verde claro y brillante, es tan limpia, tan quieta, que en la noche la luna llena refleja en ella los árboles de alrededor, como un espejo nocturno de siluetas y agua viva.
            En las noches, al caminar por el pueblo, el aire se vuelve diáfano, cortante; tus pisadas golpean la tierra y la piedra, y tu sombra te rodea bajo la luz lunar; y la piel brilla bajo esta luz, como si estuviera bordada con hilos de plata.
            La iglesia tiene un atrio magnífico; a través del enorme jardín, una cinta empedrada te lleva a una iglesia enorme, relativamente nueva, pintada toda por dentro de un color crema desvaído; es muy sencilla e increíblemente fea.
            El pueblo está empedrado o en terracería, y conserva intacto el casco de la Hacienda, donde aún viven los descendientes de la antiquísima familia que la construyó y que ahora se dedican a hacer helados de sabores entre los muros centenarios.
            Al salir de la iglesia, nos topamos con el tío Ricardo, que es todo un personaje. Es un hombre alto y guapo; escribe poesía (muy mala) y fue actor; está separado y vive solo en una casa pulcra, sombría y llena de arreos de montar y fotos de su papá. Debe tener alrededor de 67 años y, sin embargo, todo en él tiene la energía y la virilidad de un hombre apenas maduro. Su casa está fincada a la orilla del rancho donde cría a sus vacas lecheras; desde la terraza de la planta alta se las puede ver pastando. Vamos por el tercer tequila cuando se oye el golpeteo de los cascos de un caballito ruano que va al galope, juguetón y espléndido; los músculos restallan bajo la piel brillante por el sudor del juego. Ricardo huele a campo, a ganado y a soledad.
            Salimos del rancho y volvemos a la casa. La casa de Marcela es hermosa. Tiene tres bóvedas como de ladrillo y un montón de ventanales y tragaluces; a un costado, ella y Pedro han plantado rosales de todos los colores; en la noche, el rosal blanco brilla bajo la luna en contraste con el negro muro del fondo.
            Han cubierto el piso con diversos materiales, pero todos son ocres y cálidos. Esta casa es un refugio de piedra y vigas; aún no tiene árboles que la protejan porque la casa es nueva y los árboles, muy jóvenes; y aun así es un refugio. Huele a tierra y loseta y piedra y sueños y devoción filial; en efecto, el amor de Marcela por Mónica y Pedro es incontestable; es un  amor duro, violento, profundo; inmenso, inmenso, como el cielo de Puruagua.
            Y la propia Marcela es... la Diosa Blanca transformada en mujer; tan fuerte como frágil, dulce y agresiva como el sabor de las naranjas recién cortadas, Marcela es un refugio en sí misma, como su casa; su risa es capaz de despejar cualquier bruma del corazón y sus palabras son una mezcla de dureza y cariño; son puñal y son caricia. Marcela es una auténtica fuerza de la Naturaleza y viajar con ella es sumergirse en aguas profundas y cálidas, sanadoras, protectoras.

Es tiempo de dejar Puruagua. Tres días -como cuento para niños: redondo y mágico- pasamos en este pueblo adormecido al pie de la Sierra. Llevamos un cargamento de tunas rojas que Francisco -el hombre que ha convertido las exigencias de Marcela en esta casa bellísima- bajó del monte ayer para nosotros; quesitos redondos de sabor definido; pan de muerto, aromático y esponjoso; un montón de imágenes, de olores, de sensaciones amplificadas y, para ti, un pétalo de cada rosa de los rosales de la casa de Marcela, un fruto de los que llueven los ahuehuetes que custodian la casa de la tía Chilo, una espiga con su penachito, suave y sutil, un pedacito de una teja del techo de la casa-refugio de Marce, una flor morada de las que crecen a la vera de la carretera sobre la cual volamos en el carro rumbo a la ciudad y la esperanza de que con estos recuerdos te llegue el golpe del sol espléndido de Puruagua en el rostro, el nocturno frío cortante en la piel, el rumor constante de los manantiales y el eco de nuestras risas en la cocina, frente a una taza de café.


Gracias, Marcelita preciosa. Infinitamente gracias por tu amistad y por haberme rescatado esos días, de todas las maneras en que yo necesitaba ser rescatada.

La última página de este libro

Comencé este blog como un juego; uno que muy pronto se convirtió en uno cortazariano: mortalmente serio.             Me encantó esc...