octubre 19, 2011

Morirse es buena idea

Ya me regañaron porque ando lenta con mi blog. Una disculpa: primero, por fin pude entrar a la maestría; y ya andaba yo bien contenta, pero no calculé la cantidad de trabajo que ello implica y, ¡qué barbaridad, me cae que ni a la carrera le metí tanto empeño!; pero está valiendo la pena, harto y rete-harto.  Así que mi intención original era escribir acerca de la maestría, específicamente de mis maestros y compañeros, que son todos unas criaturas bien ñoñas y definitivamente encantadoras (por lo menos a mí me tienen encantada). Pero la vida tiene más imaginación que yo y el día de hoy no me queda más que hablar de la muerte. Es un asunto de la máxima importancia para mí; es algo en lo que pienso y medito constantemente; y, sin embargo, no había querido escribir aquí al respecto, porque no sabía cómo. Por dónde empezar.

Y pues ya llegó el momento de dejar de hacerme güey: el Segador anda en chinga, tendido; no sé si le incluyeron pago de horas extra en su contrato o qué, pero es impresionante la cantidad de personas que se han muerto en los últimos meses. Personas conocidas, no el montón de gente que ya sabemos que se muere a diario, pero que no conocemos.

Para mí, la Cosecha empezó con la muerte del papá de una de mis amigas más amadas; estaba yo preparándome para disfrutar de mi primer día de vacaciones de diciembre, cuando ella me habló y me dio la noticia de que su papá acaba de fallecer. No sé qué hay en ese discurso, en el de la muerte quiero decir, pero es que... es un discurso que me atravesó cuando murió mi abuela, hace 6 años, y desde la muerte del papá de mi amiga, cada vez que alguien me habla y me dice "Acaba de fallecer Fulanito", se enciende en mí una especie de dínamo portentosa que me deja exhausta y al mismo tiempo -esto va a sonar raro, pero ténganme paciencia- muy contenta. La muerte se ha convertido en un discurso que me habita.

Mi hermosa Charo fue el vórtice de mis relaciones con el Segador; se la entregué personalmente el 27 de diciembre del año pasado. Esa muerte nadie me la anunció: yo la esperé con ella, durante 6 meses largos; al menos dos días entre semana y uno más el sábado o domingo, me dejaba caer por su casa y me encerraba con ella a platicar, a hacerle sus "curaciones" (que en realidad no eran para curarla sino para mantener al dolor tan a raya como pude, pero bueno... para efectos de este escrito, dejémoslo en que eran curaciones) y a contarnos toda clase de chismes y confidencias. Pero sobre todo, hablábamos de su muerte. Ella me hacía preguntas; quería saber qué iba a pasar, cómo era morirse, si le iba a doler mucho, si todavía iba a tardar, si alguien iba a ir por ella y si -a veces sus preguntas me daban mucha ternura- podía escoger a quién quería para que la llevaran al Cielo. Yo le contestaba lo mejor que podía, tomando en cuenta que mis experiencias con el Segador son bastante... cercanas, digamos; pero a fin de cuentas no me he muerto, así que, obviamente, había varias lagunas en mis explicaciones. Por fortuna, el sentido del humor de Mi Hermosa -el mío no se diga- nos alcanzaba para inventar toda clase de especulaciones, bromas y cuanta pendejada se nos ocurría para imaginar las partes que no me sé.

Y las partes que sí me sé, por si a alguien le interesan, consisten en realidad en la manera como el cuerpo se va desconectando hasta que todo se detiene; no se siente dolor, pero sí mucha angustia cuando no se está preparado; esa angustia es una respuesta del cuerpo, es un madrazo de adrenalina y nada más; pero una preparación en vida para el momento de la muerte puede ayudar (¡muchísimo!) a que no nos enredemos con la sensación física y nos muramos bastante contentos. Hasta ese punto, son cuatro fases de muerte que los occidentales confundimos con la muerte de hecho, pero no es así; cuando el corazón, los pulmones y el cerebro se paran, aún quedan otras tres fases antes de que la conciencia (o el espíritu, mente, alma o como quieran ustedes llamarle, y en las cuales ya no se siente nada de nada) se desprenda y no es sino hasta ese momento que está uno muerto.

Y entonces lo que sucede es que te fundes con tu Origen... con Dios, pues. Y emprendes el mejor viaje al que vas a ser invitado nunca. De ahí para adelante, lo que sigue ya no lo sé de cierto (o sea, no me consta), pero dado que el resto sí me consta, no tengo dudas respecto a lo que he leído para lo que sigue: literalmente, es un viaje. El "a dónde" queda reservado según las creencias de cada quien: a esperar tu juicio (que según dice mi amá, va a ser una especie de balance para determinar qué tanto amaste), o al Cielo, o al Infierno (que según los bautistas, hay de varias categorías, definidas por qué tan lejos quedas de Dios), o al Camino Intermedio, estadío éste que precede, según el budismo, al renacimiento. O a la Nada si eres ateo, en cuyo caso ya no hay bronca. O sea que cada quien se va de viaje a donde eligió ir en vida.

Así que, en resumen, aquí a nadie le va a pasar nada horrible; nomás nos vamos a morir. Y lo estoy diciendo MUY en serio: solamente nos vamos a morir. Ni nos van a torturar, ni nos va a interrogar la versión celestial de la Stasi, ni nada por el estilo. Porque, si somos creyentes (creyentes de lo que sea), en el peor de los casos, nos va a tocar asiento en gayola o vamos a renacer en bóilers apagados; y si no creemos en nada, entonces nos vamos a dormir para siempre y ni nos vamos a enterar.

Y, francamente, ya va siendo hora de que nos pongamos a pensar seriamente en este asunto al que todos procuran ignorar: todos nos vamos a morir. Y considerando que este mundo tiene millones de años, y que nuestra existencia no suele pasar de los 80, nos vamos a morir pronto. Y está bien, pues; ¿para qué queremos vivir más?, ¿para ver cómo se van muriendo todos aquellos a los que amamos? Y aunque así fuera, si nos tocara ser los últimos, tampoco es para aterrarse; más bien, procuremos ganarnos el honor de ser quienes despidamos a los demás; que todos aquellos a los que amamos sean despedidos por nuestro abrazo. Que lo último que vean sea nuestra mirada llena de amor y que se la lleven, como impronta, para que cuando les pregunten: "¿cuánto amaste?", puedan  responder: "lo suficiente para haberme ganado esto" y abrirse el pecho y mostrar en su corazón la huella de nuestro amor. ¿A poco no vale la pena ser el último a cambio de eso?

Yo no soy nadie; soy cualquiera; no sé mucho. Pero he acompañado a dos personas hasta más allá del Umbral y lo que sí sé de cierto es esto: todos, absolutamente todos, vamos a ser recibidos; y lo que es más, muy bien recibidos. Todos. Sin excepción. No puede ser de otra forma, puesto que todas las religiones describen a la divinidad como la forma última y perfecta del amor. Y en el amor no puede haber angustia, ni dolor, ni castigo. Todos seremos recibidos como hermanos amadísimos, y todos seremos reconfortados. Así que, como verán, morirse es siempre buena idea; todo está en vivir bien, contentos, satisfechos, tranquilos y confiados; si no vivimos así, entonces ya vamos viendo qué hay que hacer para conseguirlo: esto es de veras, de veras muy importante. Hay que vivir bien.

Y todo va a estar bien.

La última página de este libro

Comencé este blog como un juego; uno que muy pronto se convirtió en uno cortazariano: mortalmente serio.             Me encantó esc...