agosto 10, 2013

Los misterios de la fe

Entre otras muchas actividades raras a las que me dediqué estas vacaciones (aparte de las muy edificantes visitas a Oncología, de las que hablaré en otra ocasión), resulta que fui invitada a diversas ceremonias de distintas religiones. La última fue una Primera Comunión. Imagínense ustedes la escena: hasta adelante, las niñas, como novias diminutas, vestidas de blanco, con sus velos y toda la cosa; luego los papás que tomaban fotos, lloraban, llamaban a sus respectivos tesoritos para que posaran ante la cámara y les arreglaban la ropa; las madrinas o padrinos, muy elegantes y preocupados por lo que debían decir, y el resto de la congregación haciendo ruido y echando desmadre, o aburriéndose miserablemente. 
      La chica que estaba frente a mí, como a dos bancas, llevaba un vestido tan pegadito y de tela tan fina, que parecía ir desnuda: no había que imaginarla, la pantaleta estaba completamente a la vista, al igual que los bultitos de una levísima celulitis de mamá recién estrenada... Estaba muy bien la chava, no digo que no; digo que estaba completamente fuera de lugar, además de que se la pasó jugando con su hijito toda la ceremonia.
      Y luego, el Padre; ¡era una cosa que qué cosa!, hay que ver la de veces que tuvo que pedir silencio y nadie lo pelaba; les decía a los papás que se sentaran, que pusieran atención, y nada. A la congregación toda que ése era un momento muy solemne ... ¡y nada!, ¡nadie lo pelaba! Pobrecito; me recordó un texto de Cortázar en el que da cuenta del primer concierto de Armstrong al que asistió, y habla de un señor que da un discurso antes del concierto pero la gente lo abuchea porque no quiere oírlo, por lo que, dice Julito, "parecía un pez boqueando en su pecera"; pues así mismo el Padre de esta misa. Les echó un súper rollo a las chavitas sobre el significado y la importancia de estar en comunión con Cristo y demás y demás, todo muy aburrido, nada a la medida de las niñas, todo un show, caro y  ruidoso, y sin sentido. 
    Entonces recordé las puyas en las que participé hace poco, en la manera como muchos se dicen budistas pero son orgullosos, mandones o indisciplinados, en cómo repetimos los textos en tibetano sin idea ni interés por lo que significan las palabras, jugando con los celulares o distraídos pensando en la inmortalidad del cangrejo mientras el Maestro dirige la ceremonia, y pensé: "nosotros no somos mejores".
      ¡Qué diferencia con la boda a la que me invitaron un par de semanas atrás los cuáqueros! Vean ustedes: 
     Estaba anunciada en el programa de mano como una "ceremonia en silencio". El desarrollo era muy sencillo: en el solar de un bellísimo jardín al sur-sur- pero de veras SUR de la ciudad, bajo el techo redondo de un pequeño kioskito, nos sentamos en dos círculos concéntricos todos los invitados y los novios: una chica estadounidense delgadita, de piel blanquísima y ojitos claros, y un muchacho maya, mucho más pequeño de estatura que ella, guapo y con mucho porte. En el centro, se veía un ramo de flores blancas y el acta de matrimonio caligrafiada a mano con pluma fuente, en la que se describía la ceremonia que estaba a punto de celebrarse y la cual debería ser firmada al final por todos los asistentes en calidad de testigos.
     Para esto, han ustedes de saber que entre los cuáqueros no hay ministros ni sacerdotes, ni maestros ni pastores, sino que son rabiosamente democráticos y todo, absolutamente todo lo maneja "la Junta", es decir, la suma de los individuos que asisten regularmente a las "adoraciones" (que son unas sesiones de meditación muy agradables a las que he asistido un par de veces) y toman todas las decisiones necesarias para manejar la Casa de los Amigos que tienen en la Ciudad de México. Entonces, comienza la boda con la Secretaria de la Junta y el papá de la novia explicando la manera como debía llevarse la ceremonia, ella en español y él en inglés; nos dijeron que todo sería en completo silencio, hasta que, en un momento dado, los novios se pusieran de pie y pronunciaran sus votos; después continuaría la boda, de nuevo todos en silencio excepto aquellos que quisieran dirigir unas palabras a los novios o recitar un poema o cualquier otra cosa que "el Espíritu los  mueva a decir" (me imagino que se refería al Espíritu Santo). Era tan simple, que no entendí nada; así que opté por quedarme callada (eso sí entendí: que me callara) y esperar a ver qué pasaba.
      Y, pues, miren.... no pasó nada, pero al mismo tiempo sí, pasó algo muy profundo, muy serio, absoluto y hermoso. Empezamos todos con cara de "ojalá alguien me avise cuando ya podamos hablar", pero conforme pasaron los minutos el silencio se fue transformando en algo distinto; no una losa ni un manto, sino más bien una niebla de silencio, densa y poderosa; algunos nos mirábamos unos a otros, había quien me sonreía cuando me cachaba espiando sus facciones, otros (cabe suponer que los no-cuáqueros) se miraban las manos o leían una y otra vez su programa de mano sin saber que hacer, sin atreverse a levantarse o moverse; yo a ratos meditaba, a ratos miraba a los demás. En algún momento, comenzó a llover y se desprendió el aroma maravilloso de la tierra mojada, y la lluvia y la tierra se hicieron parte del silencio, como si éste absorbiera todo y lo convirtiera en otra cosa, mejor y más alta y pura, y nos llenara de sí. 
     De pronto los novios se pusieron de pie, uno frente al otro, y dijeron en español "Prometo amarte y respetarte todos los días de mi vida", primero ella, luego él, y se tomaron de las manos y sonrieron. El silencio se llenó con sus palabras y se sentaron. Poco a poco, los asistentes fueron poniéndose en pie y diciendo lo que sentían, casi todos eran parabienes a los novios; pero el silencio nos abrazaba a todos de tal manera, que las palabras les salían entrecortadas; más tarde escuché a algunos de ellos quejarse de que no pudieron decir lo que sentían. Yo no recuerdo casi nada de esas palabras, sólo a un muchacho que les deseó que su amor y su fe los protegiera como lo hacían los dos círculos de personas que los aman y que se ceñían en torno a ellos, sólidos y veraces. Eso dijo. En inglés. El que tradujo lloró cuando pronunció las palabras. De hecho, toda la ceremonia, a partir de los votos, fue una lloradera, que se me acabaron los kleenex entre los que repartí y los que usé yo; ¡quién iba a pensar que una boda en silencio iba a ser tan emotiva!
      Así deberían ser todas las ceremonias: un jardín, lluvia, gente que te ama conteniéndote y protegiéndote con su amor, un montón de silencio y una promesa.

Ustedes podrían pensar que entonces, para mí, los cuáqueros son mejores que los católicos o que los budistas. Pero no. Lo que pienso es que estos cuáqueros son unos suertudos, porque fueron a dar al mismo lugar personas igual de  monas, con una fe similar, con prácticas  que comparten y que se la creen al mismo nivel. Yo no tengo ninguna duda respecto a que deben existir católicos lindos -yo conozco a un par-, respetuosos y que se preocupan por desarrollar en sus niños el amor y la humildad, e igualmente por 'ai han de andar en circulación dos que tres budistas que de veras se la crean, devotos, compasivos y sonrientes. Pero ciertamente, a ninguno de los dos nos vendría mal asistir alguna vez en la vida a una boda cuáquera como ésta a la que tuve la suerte de ser invitada, para aprender de ellos que para desarrollar un corazón cálido, amoroso y confiado, a veces sólo hace falta quedarse callado el tiempo suficiente, y escuchar.


Pequeño poema de amor incomparable


Fino y delicado
en la punta de tus dedos mi corazón
se postra ante la sombra de tu pelo,
y al roce de tu voz se enciende,
llama suave y reidora
sobre el pabilo de una vela.

Mi amargura se adormece y forma 
un remanso en el que mi corazón se recuesta, 
fantasea con la memoria de tu piel 
y borda historias con sus sueños
como hilos de seda        finísimos
            por ti, para ti;
pues todo ha sido siempre por tu causa:
me volví río, fui rama y sinsonte, he sido incluso nada,
            por ti, para ti.

Riego mi corazón con agua de salvia perfumada,
y engalano para enamorarte mis ojos
con flores de asombro y de lavanda, libre para invocar
tu amadísima presencia…

            …te veo bajar por la escalera con toda tu magnífica belleza adelantada,
            el rostro soberbio y tu mirada insolente -hoja limpia de una daga-
            me atraviesa y me convierte
            en esta mariposa prendida por el alfiler de tu deseo;
            entonces tu arrogancia se disuelve en risa
            y me abrazas.


Por eso, ya ves, no me sorprende     que mi corazón,
pájaro de luz recién nacida,
al cantar te invoque trinando “Amor”,
si todo en mí ama tu nombre
más que al nombre de Dios mismo.

junio 04, 2013

Tráfico humano: los invisibles- VozEd junio de 2013

Les dejo aquí el link para leer mi ensayo "Tráfico humano: los invisibles", que aparece en la novísima edición de la revista VozEd; en el ensayo reflexiono en torno a la manera como los migrantes dejan de ser personas con derechos y se vuelven objetos de cambio en los países a los que llegan en busca de oportunidades. A ver qué les parece.

http://www.vozed.org/2013/06/trafico-humano-los-invisibles/

Aquí seguimos

¡Sobreviví a la maestría! Tras dos años de ñoñez extrema y aún bastante atarantada, pero al menos ya con las horas de sueño correctas, retomo mi blog con un "¿en qué me quedé?"... pero no tengo la menor idea; no sé qué estaba haciendo antes de la maestría, ni entiendo cómo me acabé convirtiendo en ésta que ahora escribe. Y eso es lo único claro: que escribo; sigo escribiendo. 
     Así, pues, qué remedio, estamos de vuelta, ya no más como quienes éramos hace un par de años, aunque aún con el nombre intacto: bienvenidos todos  de vuelta.
     

La última página de este libro

Comencé este blog como un juego; uno que muy pronto se convirtió en uno cortazariano: mortalmente serio.             Me encantó esc...