diciembre 31, 2016

Mañana hace un año

Ya lo sé. Sé que a este día le seguirá otro, indefectiblemente, y que será igual al anterior en todo mientras vivamos en este mundo. Sé que, técnicamente, mañana será igual a hoy; el mismo sol, el mismo cielo. Que ninguna brecha se abrirá a las 12; que el sol sólo se fue a dar la vuelta por una noche. Que mañana volverá igual.
       Y sé que todo será exactamente igual el día de mañana, excepto para mí; para mí, mañana se cumplirá un año desde que regresé de Portland... 

(Todos aquellos a los que tengo hartos de Portland les digo ahora que éste es un buen momento para dejar de leer, porque sí: éste es otro texto más acerca de Portland. Ya lo dijo Miguel Hernández: yo sé que ver y oír a un triste enfada, sobre todo, me imagino yo, en vísperas de Año Nuevo.
       Dejen, pues de leer: yo seguiré escribiendo; ya les avisaré cuando acabe de escribir.)

...y bueno sí: Portland. Mañana va a ser un año que volví. Jean se levantó temprano para preparar un desayuno maravilloso y pantragruélico mientras la hermosa Catherine me esperaba en el aeropuerto para despedirme. También Susan fue a decir adiós. Yo ya había ido el día anterior (justo hoy, hoy hace un año, exactamente) a despedirme del río; a hacer mi berrinche de niña por no ser capaz de romper todas las reglas y quedarme allá. Recuerdo haber recorrido el mirador desierto arriba y abajo docenas de veces mientras caía la última tarde de 2015 mientras miraba el río, con las lágrimas helándome el rostro; estaba seriamente encabronada conmigo misma por ni siquiera considerar la idea de quedarme; pero es que... un estudiante muy amado, Alejandro, mi tesista, se había quedado a la espera de mi regreso para poder titularse. Y no sólo él: Laura y Mitzy también me esperaban. Tenía que volver.
       Recuerdo que de pronto pensé que así me voy a sentir cuando me muera y en medio de mi berrinche me reí, porque no suena mal no querer irse; tener tan buena vida, que no quiera uno irse, a pesar de saber que lo que viene va a ser tan increíble que va a hacer que toda esta vida parezca un sueño deslucido y apenas recordado. Me reí. Me sequé las lágrimas. Tomé montones de fotos. Pensé: "sí: así va a ser cuando me muera; pero no todavía." Y me prometí regresar. Cayó la noche y me fui caminando por la ribera sobre un entarimado que a ratos se vuelve camino de grava, a trechos es camino de cemento, luego un sendero estrecho y de nuevo entarimado directo sobre el río. 
       Entonces pasé debajo de uno de los puentes -el que llevaba de regreso a la casa de Jean- y miré por sobre la barandilla de madera; el agua, negra y revuelta por la noche naciente, hacía ruidos de torbellino al chocar contra los colosales pilotes del puente; y me recordó otras aguas, allá lejos -aquí-, en mi tierra, en un jardín al que solía ir con Martha, contenidas en una enormísima cisterna decimonónica de piedra y hierro forjado que siempre quisimos fotografiar y nunca pudimos y ella siempre quiso pintar, sin éxito; pues así esta agua me recordó a aquella, porque no era posible fijar su imagen en nada que no fueran palabras o recuerdos. Esas aguas sólo podían ser vividas. Pensé que si me arrojara, probablementre me moriría de frío. Desanduve unos cuantos pasos del camino y antes de dejar la ribera, miré el río de nuevo sin ver ya nada: la negrura de las noches portlandesas nos recuerda por qué los terrores son nocturnos. No había nada qué ver. Llevaba encendida la lámpara del celular para saber dónde poner los pies y me guiaba por la silueta del puente para saber cómo regresar. No podía verlo ya, pero levanté la cara en dirección al río y le dije en todas las lenguas que conozco: "voy a regresar, lo prometo; así me tarde 10 años, pero voy a regresar en esta vida."
       Hoy hace un año hice esa promesa.
       Mañana hace un año, una limusina (bien fancy el asunto) pasó por mí. Un hombre negro, alto y bastante guapo, de cincuenta y muchos años y con cara de muy pocos amigos me esperaba junto al inmenso, bellísimo abeto que custodia la casa de Jean. Yo me despedí con toda la torpeza del mundo de Jean y de Anni, y seguí a aquel hombre que sin apenas decir buenos días me dijo mientras me ayudaba a subir mi maleta a la cajuela que él conocía muy bien esa dirección, pues allí había vivido la que había sido su prometida. Y al decirlo, sus ojos iban una y otra vez hacia la casa. Se veía sorprendido y creo que hasta conmocionado. Los dos nos quedamos viendo la casa sin acabar de decidirnos a subir al carro. Pero había que subir, porque había un avión esperando. Y me subí, ya qué. Oí el sonido que hacen los seguros al bajar automáticamente y pensé que me pondría a llorar y sentí un sollozo subir, como vómito, por mi garganta, pero me negué. Me negué todo. Apreté los dientes con fuerza y pensé: "Voy a regresar. Lo juro. No hay por qué llorar: voy a regresar. I will come back. I will. In this very life. En esta vida:  voy a volver." Y mientras pensaba eso y me tragaba las lágrimas, veía pasar los árboles bellísimos, las calles con su tapiz verde de musgo y humedad perenne, las casas y sus jardines sin bardas ni cercas ni barrotes en las ventanas... Vi pasar las calles ante mis ojos y seguí repitiéndome lo mismo, una y otra vez, "voy a regresar, I'll come back", las dos lenguas echas ya bolas en mi cabeza, ahuyentando los pensamientos negros de mi mente, entrenada para pensar siempre lo peor, y que pugnaban por hacerse presentes: "¿y cómo le vas  a hacer?, ¿¿y cuándo?? ¡Ésta es la última vez que ves esto!"; y yo seguía: "Nononono, I'll come back, voy a regresar, cállate, voy a regresar, así me lleve todo lo que me resta de vida"...
       En el aeropuerto me esperaba la que fue una de mis dos amigas más amadas, la misma gracias a la cual pude viajar a Portland y la misma que me declaró la ley de hielo mientras estábamos allá. Hicimos juntas el viaje de regreso: 7 horas al lado de alguien que no quiso ni dirigirme la palabra en Portland y que no se tardó ni dos meses en insultarme por escrito una vez que regresamos.
       También en el aeropuerto me esperaba Catherine, quien me mandó un último mail hace ya meses y nunca volví a saber de ella.
       En México me esperaban mis padres en el aeropuerto; un pollo podrido en el refrigerador; una caja de galletas que me dejaron Alejandro y Laura para darme la bienvenida y un baño tan asqueroso que tuve que limpiarlo a la 1 de la madrugada antes de pensar en desempacar o poner siquiera café. Alejandro y Laura no se titularon -y si lo hicieron no fue conmigo- porque decidieron, unos meses después, ofenderse y amenazarme con mandarme al carajo. Les ahorré la desdicha de tener que cumplir su amenaza y les dije que por favor, se buscaran mejor de una vez otro asesor. No tengo idea de si lo hicieron o no: no volví a saber nada de ellos.
       También me esperaba mi tío Juan, quien cayó enfermo al día siguiente de mi llegada y desde entonces vivimos en una montaña rusa maravillosa de días buenos y días malos, de buenas intenciones y hondísimos silencios. 
       Me esperaban, también, un mail horrible con acusaciones imposibles; mi otra mejor amiga, encabronadísima y re-ofendida, y me esperaba mi ciudad contaminada y sucia, enfurruñada y mala-gente en plena cuesta de enero.
       En resumen, me esperaba todo lo inesperado.
       Y yo... pues me pasé la primera mitad del año sin entender por qué estaba pasando todo eso, y la segunda mitad entrenando a un adjunto que fue mi adoración y quien, a final de cuentas, también encontró el modo de ofenderse porque no le aplaudí una pendejada. Ése ya ni me habla.
      C'est la vie. Al menos, así es MI vida de un año para acá. No tuve más que poner una pata en esta mi hermosa ciudad para que todo valiera madre. Por supuesto, también hubo un montón de cosas maravillosas e increíbles: un grupo de Semiótica poca madre de estudiantes listos y buenos para la literatura; amigos hermosos que se abrieron camino en medio de mis tristezas y que se mantienen firmes a mi lado; mi familia aquí, comprensiva y lista para apoyarme; mi familia allá que me extraña y me espera; mi editor, que espera pacientemente a que termine y mande mis escritos, cada vez; la luz que se queda guardada en las piedras del Centro Histórico de esta ciudad mía, tan amada como odiada... Sí: han sido muchas mis bendiciones; y he dado gracias por todas y cada una, en todas y cada una de mis noches antes de dormir.
       Eso no quita que todo tienda a la impermanencia; o para decirlo más claramente, todos acabarán por llegarle, de preferencia de mala manera, y todo acabará por valer madre. Así es. Ya lo sé. Aun así, doy gracias por haberlos amado a todos. Por haber sabido cumplir con mi compromiso para con Alejandro y haber vuelto por él. Doy gracias por las amigas que amé por largos años, y por los que comencé a amar apenas; por los que regresaron, no importa que tengan que irse: todos nos vamos a ir, al final. Hay que aprovechar el tiempo juntos.
       Yo, por mi parte, ya lloré suficientemente por haber tenido que regresar de Portland. Ahora tengo que ver cómo le voy a hacer para regresar allá. Cuando lo logre, dejaré de escribir acerca de Portland, porque les escribiré desde Portland. Pero no todavía. Hoy estoy aquí. Y mañana se cierra en mi memoria el ciclo. Mañana Portland será, en mi mente, memoria en puro. Recuerdos que pondré a dormir mientras tejo la urdimbre que necesito para irme. Cuando lo logre, iré a la orilla del río Willamette y los pondré suavemente en la orilla para que el agua los despierte suavemente con su beso helado.
       Así que, ya ven: sí lo sé. Sé que nada cambiará de hoy para mañana. Excepto para mí.
       Feliz Año Nuevo.



diciembre 25, 2016

Tres poemas



1.

Aléjate de los hombres
que toman por asalto la conciencia;
aléjate de su crueldad,
de la blancura de sus manos
de la pulcra turgencia de sus nardos.

Aléjate de su arrogancia
y no te dejes rociar el rostro
con el ácido de su displicencia:
¡aléjate de ellos!
Sólo pueden sembrar desolación en tus trigales.

Son crueles y traen en los labios
dagas envainadas, untadas con miel;
sus rostros
desfigurados por un falso infantilismo
sólo esperan el momento en que te entregues
para rematar su urdimbre de traición
y ausencia.



2.
Tengo el corazón arrodillado y lleno de pena;
me duelen el estómago y las manos;
me arden sus palabras en la frente;
la angustia se volvió un sapo
grande y negro
que croa y vomita en mi pecho
y me llena de asco.

Me amparé bajo la sombra de un ave de presa;
confundí sus alas con cariño y creí
todos sus roncos graznidos. Todos.

Todo le creí, tal como ahora le creo
cuando se encoge de hombros mientras
desde el pico le resbalan gotas de mi sangre
como diciendo “quédate o vete”,
porque en verdad no le importa.



3.
Ya no estás perdido.
Ahora eres piedra volcánica:
fértil, basto y cortante,
frío y oscuro; y el amor entre tus manos
se vuelve un desecho, un pedazo de basura
podrida
que gotea y apesta y degrada todo en torno suyo.

Si pudieras me patearías, hasta matarme,
y arrojarías tierra y piedras sobre el cuerpo
para no tener que verlo,
para ni siquiera recordarme;
para no deberle nada a nadie.

diciembre 14, 2016

Fin de semestre en la UNAM

Como cada fin de curso, quiero -y debo- expresar claramente mi agradecimiento por todo lo aprendido, por el cariño, las enseñanzas y experiencias. 
       Les doy las gracias sobre todo a mis estudiantes de Semiótica por las vivencias que me permitieron compartir con ustedes y por el preciosísimo asombro con que recibieron mis saberes: son ustedes estrellas en mi corazón.
       Sin embargo, no hice todo bien -ni de lejos- y por ello pido perdón a mi Universidad, por las muy malas cuentas que entrego en esta mi primera experiencia entrenando a alguien para profesor; aunque me esforcé mucho, fracasé rotundamente. Ni modo; asumo la responsabilidad de lo que salió mal y me comprometo a encontrar el modo de rectificar el camino y ser un mejor guía.
       Por lo pronto, sólo me queda agachar la cabeza y dar también gracias por los descalabros; dice mi Señor el XIV Dalai Lama: "Si pierdes, no pierdas la lección". Aún no sé cuál fue mi lección aquí; quizá fue sólo un recordatorio de que estoy llena de defectos y eso me abre infinitas posibilidades de aprendizaje. Puede que sea eso: un recordatorio de lo mucho que me queda por aprender. O quizá sólo fuera una práctica más de desapego y resiliencia; de resistencia a la frustración; de aguantar vara sin quebrarse.
       Va, pues. Que cada quien cuente sus bendiciones como quiera: yo doy gracias por mi universidad y mis estudiantes adorados, y por mi desencaminado pero aun así, muy querido adjunto. A fin de cuentas, cada uno deberá caminar su camino y obtener las enseñanzas que mejor pueda y sepa seguir. 
      Aun  así..., ¡ah!, ¡ojalá que la próxima vez el camino sea más amable y menos pesaroso! Pero por lo pronto, ¡qué bueno que se acabó el semestre!

noviembre 23, 2016

Una maestra lloró

¿Cómo explicar lo que cansa y arde en la mente?, todas las dudas, todo lo que me cuestiono y no entiendo...
       En agosto del año entrante cumpliré 20 años de estar en este peculiar negocio que es la enseñanza; y lo que sé hasta ahora es que es un asunto impredecible, adictivo, en el que hay toda clase de colegas pero desafortunadamente parece ser un imán que atrae a gente fea a la que le encanta que la llamen "profesor" aunque no tenga vocación de servicio ni compasión ni ganas de hacer bien las cosas. También sé esto: parafraseando a James Herriot -que era veterinario rural-, esta profesión está llena de oportunidades de hacer el ridículo a cada momento. Y sí, ¡ya lo creo que sí! Eso ya no me lastima; de hecho, me hace bastante gracia, hace que la vida sea menos seria, más tranquila y amable: "sí, la cajeteé, y qué y qué" es una suerte de mantra poderosísimo cuando sales de una clase en la que todo salió del nabo porque hiciste todo mal.
       No; saberse imperfecto y aceptar las propias limitaciones no lastima; lo que me lastima son cosas como la que sucedieron hoy en la Escuelita Bis (oséase, la prepa donde me pagan lo que necesito para vivir, porque mi adorada UNAM, aunque adorada, sólo me da alimento para el corazón, el alma, el espíritu y todo lo demás que no requiere manutención económica). 
       La cosa estuvo así: hubo una súper junta a la que asistimos 6 profesores y la coordinadora (los demás fingieron demencia o se hicieron los desentendidos, no sé). Tras hora y media de diapositivas en power point quedamos aleccionados sobre los siguientes puntos: que los prefectos, que son punto menos que administrativos con -si acaso- la secundaria terminada, están para vigilar a los profesores, no a los alumnos, y que son ellos quienes evalúan si los profesores a los que vigilan desde los pasillos tienen o no control de grupo, dependiendo de si el grupo está trabajando o echando desmadre (el trabajo en equipo califica por supuesto, desde el pasillo y desde la mirada de la prefecta, como desmadre), de si se cumple la regla de no comer ni beber absolutamente nada, y de si están callados y trabajando o bien, riendo y encantados. 
       También nos exigieron que diéramos cuentas de por qué reprobó más del 40% del grupo el segundo examen parcial, en los casos en que tal fue el resultado, y que debemos enviar un plan de acción maravilloso en el que diremos qué pensamos hacer para arreglar eso -debo hacer notar que faltan dos semanas para el examen final, así que supongo que deberá ser un "plan de acción exprés"-, teniendo mucho cuidado de no regalarles nada, de calificar estrictamente el examen y no darles ni medio punto extra. Pero que no reprueben.
      Otra de las cosas que me emocionaron muchísimo fue enterarme de que soy una inútil, porque no he hecho la mitad de lo que la institución pide que haga; o sea, yo sólo preparo mis clases, busco lecturas, invento estrategias específicas para cada tema, imparto las clases a diario de 7 a 9 (para lo cual hay que pararse a las 5:30 am), diseño exámenes, 4 distintos por cada periodo, los califico, hago la "lectura de examen" -no entraré en detalles: es una jalada que quita una clase entera de tiempo y que sirve para que la institución se guarde las espaldas-, leo y califico tareas, entro a juntas -tan padres que son- y hago todo lo que a los coordinadores se les ocurre. Perooooo..., no he tomado sus cursos; no uso el blackboard; insisto en que los chicos adquieran dsiciplina, mental y académica; al dirigirme a mis estudiantes, de "corazón" y "mi vida" no los bajo, y me vale madres si me evalúan alto o bajo. Así que soy un fraude, según ellos.
       ¿Ya mencioné que los grupos son de 60? Pues sí. 60 muchachitos preciosos de entre 17 y 20 años, plegados cual acordeones en banquitas ridículas y hechos bolas en salones diseñados para 40. Puedes hacer lo que quieras con ellos, siempre y cuando no repruebes a más del 39%, por ninguna razón se salgan o los saques del salón y no destrocen el mobiliario.
       A nadie le importa si saben o no, o si el libro de texto es adecuado -nos exigen que los obliguemos a comprarlo y que "procuremos" usarlo, nada más-, ni si los conocimientos que adquieren son necesarios (?) o útiles (??) o interesantes ("¡ay, maestra, por favor!, ¡ya leerán lo que les guste cuando entren a la universidad!", me dijo un tipo que dice ser uno de los coordinadores). 
       La cereza del pastel es que no pagan lo que prometieron cuando uno, ingenuamente, aceptó trabajar ahí porque 122 pesos la hora no suenan nada, nada mal... lástima que al llegar la quincena nunca es esa la cantidad depositada.
      En resumidas cuentas, en esta escuela, como en tantas otras, a la institución no le importan los alumnos sino sólo el dinero que sus padres pagan, pero los tratan como pollos en engorda, de esos que se ven en los videos de PETA, embutidos en jaulitas, deformes y mutilados... pues así están mis muchachitos: metido como pollitos en salones-jaula abarrotados, con el corazón ya deformado y la ética mutilada sin haberla apenas usado, entrenados para irle a llorar al adulto que se deje cada vez que sienten peligrar su condición de pollito en engorda. Pero no es su culpa, lo repetiré hasta que se me seque la boca: la culpa no es de los chicos. Es de la institución asquerosa y de sus quizá bienintencionados pero sin duda inútiles padres.

Ahora bien; para que no se diga que no son parejos, en esta institución tampoco aprecian a sus maestros. En efecto, hoy nos enteramos de que un grupo hizo llorar a una maestra, ¡dos veces! Que el grupo pareció haber disfrutado de torturar a la maestra. Que la maestra ya renunció. Por supuesto, yo calladita me veo como pa' Miss Universo, pero me espantó darme cuenta de que los colegas que contaban el caso estaban disfrutando con el chisme, que se sentían orgullosos de sí mismos porque llevan ahí ya varios años y no hay alumno capaz de hacerlos llorar (a mí me daría vergüenza aceptar públicamente que soy tan mediocre que he gastado AÑOS de mi vida en ese lugar, pero, bueno... cada quien). Sin embargo, lo que más me sorprendió fue la total falta de empatía o compasión hacia la profesora. 
       La última enseñanza que recibí en esa junta horrenda me la dio mi propio corazón: supe que el error lo cometí yo porque no entendí, hasta hoy, que no me contrataron para enseñar literatura, sino para preparar a grupos inmensos de chiquitos para un examen. Que me contrataron, ni siquiera para niñera sino como guardapaquetes. Que en ese panóptico los vigilantes están todos vigilándome a mí. Que nadie en esa escuela espera nada de mis muchachitos y que ellos mismos están siendo instruidos para que tampoco esperen nada de sí mismos, así que ya sólo se esperanzan en "panzar" los exámenes o en que el tipo asqueroso que se hace pasar por profesor les dé la lista de "lo que va a querer para su examen", a saber, chamarras, carteras, depósitos... Entendí que los papás de esos niños o no los quieren y por eso los obligan a permanecer en ese lugar de espanto que no se merece el sagrado nombre de "escuela", o bien están en la luna y no saben lo que de verdad está sucediendo ahí adentro, y le godinean sabroso porque están convencidos de estar pagándole a sus hijos "una buena educación". O no les importa, simple y llanamente.
       Pero eso, eso no es una escuela; es un negocio; y los clientes son los padres que pagan las colegiaturas. Los profesores no somos sino mano de obra calificada y los muchachos, ¡ay!, ¡mis estudiantes con sus mentes preciosas!, ellos son los que pagan el plato roto; ellos son los que quedan en medio, los que no le importan a nadie. Esa junta trató de todo, menos de ellos, de lo que necesitan, de sus temores y urgencias. 

Miren, yo he trabajado en escuelas feas; en escuelas pobres o mal organizadas, o atrapadas entre el sindicato y la patronal; he trabajado en escuelas donde los colegas son más peligrosos y agresivos que cualquier estudiante; he trabajado en escuelas de rechazados donde daba miedo avanzar por el pasillo lleno de muchachos malintencionados y sólo dejaba de temblar al entrar en mi propio salón y ver las caras de mis propios estudiantes. Pero nunca había trabajado en una "empresa educativa". Prometo no volver a hacerlo, nomás termine este ciclo lectivo. Ojalá nunca vuelva a cometer el error de dejarme engañar o sentirme tan angustiada por lana que acepte trabajar en un lugar de esos. Y sobre todo, ojalá ninguno de mis estudiantes de la UNAM, ni mucho menos mi adjunto, que es la niña de mis ojos y a quien justamente estoy entrenando para que sea un profesor lúcido y riguroso, pero también compasivo, honesto y humano, que nunca ninguno de ellos caiga en las garras de una de esas empresas infernales que le deforman el espíritu a los adolescentes con la anuencia de sus padres.
       ¿Saben ustedes por qué me niego a llamar escuela a ese antro en el que con engaños entré a trabajar?; permítanme una brevísima cápsula cultural, sólo con  fines argumentativos: escuela viene del griego σχολἠ, que originariamente significaba “descanso”, “tiempo libre”, “ocio” “paz”, “tranquilidad” y se refería al espacio de tiempo que uno apartaba de la vida cotidiana para dedicarlo al estudio, al goce estético y al cultivo de sí mismo con el objetivo de humanizarse... ¡Ay!, ¡mis colegas ni siquiera se saben el nombre de sus alumnos, sobrepasados por el número de chicos en sus salones y por su propia falta de interés!
       En la junta, tampoco nadie se sabía el nombre de la maestra que lloró.

octubre 20, 2016

El "Azul y Oro" en CU: muy mal, ahí no hay que ir

Hoy fui a conocer el restaurante "Azul y Oro" que está en el Centro Cultural Universitario, en CU, arriba de la librería.
       Me fue tan mal que no sólo no comí ahí, sino que les envié el mail que a continuación les dejo acá a ustedes junto con la siguiente recomendación: no vayan, sobre todo si van solos; los van a tratar como a la chava de Mujer bonita cuando va a la tienda fancy de Rodeo Drive y la corren porque no les gusta su facha, lo cual, desde luego, califica para discriminación, pero... ¡en fin!, aquí se los dejo y ustedes dirán.


"A quien corresponda:

Hola. Mi nombre es MaryCarmen Castillo y soy profesora en la Carrera de Lengua y Literatura Hispánicas, en el campus FES Acatlán. 
       Por diversas razones, hoy debía ir al Centro Cultural Universitario, así que decidí ir a conocer su restaurante "Azul y Oro", ubicado arriba de la librería. Mi plan era comer con ustedes y a las 5 que abrieran las oficinas de Difusión Cultural, irme a hacer mis trámites.
       Llegué alrededor de las 4:30 pm; el restaurante estaba casi vacío, sólo había ocupada media docena de mesas. La chica que recibe a los clientes me condujo, muy amable, hacia el centro del restaurante y me indicó una mesa en medio del local. Yo le sonreí y le pregunté que si sería posible sentarme junto a un ventanal. "No", me contestó. "¿De verdad?", le pregunté, un poco sorprendida. "Sí, es que esas mesas son más grandes y no tarda en subir más gente", fue su respuesta, tras lo cual dejó los menús y se retiró.
      Yo me senté, muy sorprendida y sintiéndome como niña regañada. Ciertamente iba sola, pero iba a consumir, no a ocupar una mesa nomás porque sí; y las "mesas grandes" no son tales, sino tan solo dos mesitas como esa en la que me sentó, arrimadas juntas para dar cabida  a más gente; o sea, se pueden separar o juntar según se desee.
      No entendí cuál era el problema. Y sigo sin entenderlo. 
      La actitud del mesero acabó por empeorarlo todo, pues llegó a preguntar qué quería de beber mientras miraba la carta; pedí un refresco; sólo había pepsi; bueno, ya qué. Y me puse a ver el menú de comida: todo se veía delicioso; y ya era tarde y de verdad tenía hambre, pero parecía yo salero ahí, sentada sola en mitad de un restaurante cada vez más vacío.
       Cuando volvió el mesero a tomar mi orden, le dije que no, que me sentía muy incómoda en esa mesa que me habían asignado y que sólo iba a querer la pepsi. El mesero se sorprendió y me pidió que le repitiera la razón. De nuevo dije: "No me gusta este lugar en el que me sentaron y me quiero ir. Sólo tomaré la pepsi y ya". El mesero titubeó un momento y dijo: "está bien".
       ¡Vaya, pues!
       Así que me tomé el refresco, pedí la cuenta -que me trajeron sin una sola palabra-, pagué y me fui. De la chica de la entrada, ni sus luces.
       Comí otra cosa en otro lado, realicé mis trámites y me retiré como a las 6, no sin antes asomarme a su restaurante -visible desde la escalera de Difusión Cultural-: tenían al menos la mitad de sus mesas vacías.

Después de esta experiencia, no haré ya ningún intento por regresar y recomendaré a mis amigos y estudiantes, en mi blog, no acercarse por ahí: me quedó claro que en ese restaurante no les interesa perder clientes aun antes de ganarlos, como en mi caso. Deben tener mucha confianza en que sus clientes de siempre van a seguir yendo y que no necesitan nuevos...
       Fue muy decepcionante y un poco humillante. Ojalá reconsideren sus políticas respecto a las "mesas grandes" (????) y consideren la opción de entrenar a sus meseros y staff en general para tratar con más amabilidad a los clientes que comen solos."

octubre 01, 2016

"Luces vía Santiago", un cuento publicado por VozEd.


"EL DÍA QUE compraron los boletos de avión a España, a Teresita se le figuró que ya no había marcha atrás y que de verdad iban a viajar a Europa; así que fabricó un colguije de conchitas mexicanas, blancas y grises, y en medio la enorme concha nácar en la que su abuela vertía limón para cosechar crema de concha nácar. La idea era colgar este móvil del cierre de su mochila, pues había leído que los peregrinos debían llevar como distintivo vieiras en un lugar visible. Sin embargo, por una razón u otra, las conchitas habían viajado todo el tiempo guardadas en la mochila. Pensó en sacarlo ahora, sólo por hacer algo, pero era tal su desazón que se distrajo y lo volvió a olvidar..."

Sigan leyendo acá:
http://vozed.org/cuento/luces-via-santiago/

septiembre 06, 2016

¿Juegan?

Tras años, muchos y largos, de curiosidad, por fin logré ver El libro de cabecera. Les ahorro los detalles: no me gustó; el ritmo está disparejo y los personajes, planos; y ambas cosas, a mi entender, son imperdonables.
       Sin embargo, no todo fue tiempo perdido. Se habla constantemente de un personaje que llevaba un diario; y en ese diario lo que se leen son listas, largas listas de las cosas más extrañas que se puedan ustedes imaginar. Una de esas listas me gustó tanto que decidí hacer la mía e invitarlos a ustedes para continuarla, si gustan, en los comentarios, aquí mismo, al final. Sólo por diversión.
       Así, pues, aquí comienzo yo, ahora, mi:


Lista de Cosas Elegantes

Una gota de agua que resbalara sobre la nervadura central de una gran hoja verde.
Oscar Pistorius corriendo a toda velocidad con sus cheetas.
Una llave atada con un listón rosa casi rojo.
Una enorme nube gris sobre la cúpula de la Catedral.
El olor de una carpintería.
Las manos de un maestro ebanista.
Un gato que se despereza.
Una mujer que se soltara el cabello frente a un hombre.
Una iglesia abandonada.
La enredadera de José Emilio Pacheco.
El satén blanco.
El sabor de una gota de sangre.
Un hombre que baila salsa.
Una mujer muy alta con una falda corte chanel.
La "Liturgia de Cristal".
Un altar budista.
La textura del óleo.
Muchas gotas de agua escurriendo sin ruido hacia el suelo desde las agujas de un pino.
Un ramo de novia.
El ritmo perfecto de Zurita.
Un bebé que no puede despertar.
Una hoja de papel color marfil.
El humo del incienso de lavanda.
La voz de mi campana.
Un hombre triste que cree que nadie lo está mirando.
La piel desnuda al tocar el aire en las mañanas.
Las manos de mi tía Charo.
La urna que lleva las cenizas de un abuelo amado.
Alguien que medita a solas en la madrugada.
Una mujer de ojos verdes.
Todos y cada uno de los versos de Rosales.
El sabor y la textura de unos labios, incluidos los propios.
El cristal recién lavado de una ventana.
Un trago de agua que atraviesa la piel por dentro.
Los golpes de arco de Guðnadóttir.
Una blusa de seda azul.
Un camino en terracería.
Caminar en solitario sin prisa.
La presión del sonido sobre las paredes de la garganta al cantar una nota aguda.
El olor de las sábanas recién lavadas.
Las vetas de la madera pulida.
Una camisa de hombre recién planchada.
La respiración de una niña dormida.
Las muñecas de los guitarristas.
Caminar en medio del viento, de preferencia descalzo.
Mecerse al ritmo de los árboles.
Los pies de los gatos y de las personas que caminan mucho.
La espalda de laúd de una mujer desnuda y extremadamente delgada.
Despertar con los ojos tatuados con las imágenes de un sueño.
La textura de una cicatriz.
Un clavel que amanece florecido.
La textura del cielo en las tardes heladas de enero.
Mi nombre escondido entre los pliegues silenciosos de una pieza de Mertens.
El olor de la nuca de una mujer.
La piel de la cadera desnuda de un hombre.
La primera línea de un cuento escrita sobre una hoja blanca.


agosto 18, 2016

18 de agosto de 2016- Even for me



#8 Carta a Lobacio, mi amigo imaginario

Mi más querido:
¿Es la tristeza un padecimiento? ¿O es, más bien, un mal hábito, el lugar al que he ido a sentarme un rato casi todas las mañanas, a desperdiciar mi tiempo?, a desear que estuvieras aquí para poder platicarte todo esto y descansar en tu bondad...
            He vivido en un mundo de fantasías, Lobacio. Debí suponerlo; debí saber que la literatura existe justo porque lo que cuenta sólo en ella habita. A excepción –tú lo sabes– de Portland; pero, ¿no me estaré engañando, como me he engañado con la amistad, una y otra vez; con el amor, mil veces; con mis estudiantes, tan amados, cuya adoración acaba siendo, una vez y siempre en cada una, tren de una sola vía? Precisamente hoy se abrió ante mí el abismo, pues supe que R. fue a la universidad a solicitar cambio de profesor, así que, ya ves, su traición es ya un hecho. Y escucho el llamado de la tristeza, quiere que baje con ella a los túneles pavorosos a los que me niego a volver. Sin embargo, he logrado resistirme y no acudí a su llamada; me aferré a tu recuerdo y al de otro, uno del que quiero hablarte hoy. Y es que, mira, tienes que saber que hay uno –que existe, sí, aunque apenas– a cuyo lado caminé en un sueño y cuya sola existencia disipa el miedo y los agobios.
            Déjame que te cuente mi sueño, te lo ruego; necesito contarlo para saber que fue cierto:
           Era de mañana, muy temprano; no habíamos dormido y llevábamos esa sensibilidad alterada que se experimenta tras haber pasado la noche en vela; él iba hablando de sus viajes, de su familia, y su voz había creado una especie de vacío en torno nuestro, y conforme andábamos se fue haciendo claro que a un costado suyo había un espacio, algo así como un hueco, que “por un azar que no busco comprender” coincidía exactamente con la medida de mi cuerpo y mi persona. Alcé entonces el rostro hacia él y fue como si no lo hubiera visto antes; como un giro del caleidoscopio: las mismas piezas, mis propia mirada atisbando el mundo a través del mismo cilindro, el mismo juego de espejos, y sin embargo... su rostro era distinto, se presentaba de pronto ante mis ojos resuelto en luz, suave y definido. Sólo un giro y ahí estaba: belleza en puro.
            Más tarde ese día, ya despierta, coincidimos en una reunión y fue como en el sueño: un hombre hermoso y varonil, lleno de imperfecciones. Perfectamente imperfecto.

No va a quedarse, Lobacio; pero existe. A veces veo su silueta pasar cerca de mí; otras veces me saluda desde la lejanía, pero yo sé que no va a regresar; lo sé, porque nadie regresa nunca. Como tú. Pero él igual que tú, me dio algo delicado y bello: fui feliz junto a él. Fui feliz, exactamente como me sentí –como sé que me sentí, aunque ya no lo recuerdo– allá, en aquellas tardes heladas bajo aquel cielo portentoso, tan lejano.
            Así que, ya ves, ¡la felicidad existe!; y está esperándome, allá, lejanamente allá, adonde quién sabe si he de llegar o cuándo lo lograré.
            Y junto a él. 
            Él no lo sabe. Y está bien, ¿para qué querría enterarse? Pero su recuerdo y el del sueño me han servido, como si fueran música o literatura, como un pasadizo seguro hacia mi corazón, para no perderme en medio de la pobreza, de la traición y la mezquindad, de la soledad, de las pérdidas, constantes; de la tristeza.
           Y es así como inesperadamente me encuentro, por primera vez en mi vida, resistiéndome con toda mi alma a la tristeza, combatiéndola con ese único pero poderoso recuerdo. Lobacio, la felicidad existe, incluso para una marginada como yo.
            Ojalá también tú existieras.
Te extraño:
M.

La última página de este libro

Comencé este blog como un juego; uno que muy pronto se convirtió en uno cortazariano: mortalmente serio.             Me encantó esc...