abril 09, 2016

El amor como posicionamiento ético

Uno de los profesores de quien más alto concepto tuve durante la Maestría nos dio esta semana una conferencia maravillosa en la FES Acatlán. Escucharlo hablar me deja siempre varios asuntos para meditar largo y tendido, y sobre uno de ellos es que hablaré ahora: lo ético entendido como el individuo que se posiciona ante el mundo desde un sistema de creencias emanado de su experienciar el mundo.
     Producto de esa reflexión, he aquí lo que yo creo y expreso abiertamente:

     Yo creo en el amor, como el más alto y perfecto motor de mi vida.
     Creo en la bondad, en la dulzura, el cariño y el cuidado de mí y hacia quienes me rodean.
     Creo que todos cuentan con un camino espiritual, a su medida, aunque casi nadie parece encontrarlo, o querer o poder seguirlo. Por lo tanto, creo sin asomo de duda que he sido increíblemente afortunada al encontrar el mío. Así, yo tomo como mío, dulce y firmemente, el camino que Mi Señor Buda y todos los Preciosos Bodhisatvas nos han dejado en enseñanzas.
     No creo ni en la “buena educación” ni en las “buenas maneras” en tanto muestras sublimadas y [mal] decoradas de hipocresía; en cambio, sí creo en el respeto, en la autocontención y en el derecho fundamental que tenemos todos a ser tratados con cuidado, amabilidad y respeto, sin gritos, groserías, berrinches, chantajes, acoso ni falsos argumentos de superioridad.
     Creo en ser agradecida, siempre y por todas y cada una de las bondades concedidas.
     Creo que la maldad existe y con frecuencia es enarbolada por personas que, o bien se saben orgullosas de la maldad con que tratan a todos, incluyéndose, o bien se creen buenos y se ofenden cuando sus desplantes o agresiones no son aceptados. Los primeros me provocan curiosidad y guardo una respetuosa distancia de ellos y sus decires. A los segundos los temo muy seriamente.
     Creo que la envidia y la traición son formas corruptas de algo que comenzó queriendo ser (o disfrazado de) amor, que se ejercen sobre quien confía y está cerca, y son por lo tanto formas que adopta la maldad y que deben ser temidas y evitadas a toda costa.
     Creo en pedir perdón cuando hago daño, y en esperar disculpas de quienes me dañan a mí.
     No creo en la sororidad ni en la amistad, sino sólo cuando vienen respaldadas por la bondad.
     Creo en el perdón, pero no en el olvido.
     Creo en la honestidad. Pero no creo en la “franqueza” cuando es disfraz de la grosería y la falta de cuidado hacia los demás.
     Creo en la retirada, el silencio y la reflexión como armas mucho más poderosas que la agresión y la confrontación directas. Creo en la necesidad de aprender a ponerle límites a los que nos rodean y en el derecho que tenemos todos a vivir en paz, a hacer respetar nuestros espacios, palabras y caminos, y a alejarnos tanto como nos sea necesario de la gente que nos ha hecho daño de cualquier modo, sin importar si esa persona lo asume o no.
     Creo firmemente estar obligada a desarrollar, hasta donde ya no sea posible hacerlo más, todos y cada uno de los dones y fortalezas que me han sido concedidos, y creo en mi derecho a ignorar mis debilidades y vivir muy a gusto sin pelearme con ellas. Creo en mi derecho a decir "no" a lo que sea, sin sentirme culpable, así como en el derecho a equivocarme sin que los demás me lo restrieguen en la cara.
     Creo en la libertad. En la conferencia dije que no, pero más bien, en lo que me niego a creer y doblegarme es ante los discursos que se han aprovechado de palabras como “libertad”, “solidaridad”, “familia” y “amistad” para engañar y sojuzgar a otros; discursos que no sólo enarbolan quienes ejercen el poder político, sino que con frecuencia son usados con falsedad por quienes se dicen nuestros amigos/maestros/compañeros o lo que sean.
Pero en la libertad como mi derecho a construir/ develar mi ser por el camino que se me dé la gana, en esa definitivamente sí creo, como derecho y como obligación.
     Sin embargo, de todas éstas, todas ellas valiosas, la que sin duda rige mi vida, la que me da esperanza, me guía a través del mundo que me habita y que habito, me defiende del mal y me ofrece certeza y refugio, es el amor.
     Sí, en eso creo: yo creo en el amor.

La última página de este libro

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