mayo 17, 2020

Covidiotas

Cuando a mis compatriotos (a los que, de por sí, quiero poco y mal) su amado Gatell (al que adoran pero igual no lo pelan) les dijo que va a comenzar la  vuelta a la normalidad, lo que entró en sus cabecita de cacahuate fue: "ya se acabó la pandemia".
Mi salida semanal al tianguis dejó ver que en mi pedacito de alcaldía el confinamiento (que de por sí nunca funcionó) ya bailó: a diferencia del domingo pasado, hoy estaba hasta su madre de gente, los precios altísimos - cabe suponer que los marchantes quieren recuperar el tiempo perdido-, un güey ofrecía pedazos de melón clavados en la punta de un cuchillo, el cual juraba que había desinfectado con clarasol, y en los puestos de comida (¡¿cuál virus?!) los tablones vueltos mesas ya estaban listos para recibir a decenas de comensales.
Y la gente grosera, alevosa, ojete: como siempre. Y sin tapabocas. Eso sí, hay un puesto donde venden caretas y cubrebocas; pero está vacío.
Así que ahora vamos a jugar al juego de los virus mutantes: ¿hacia dónde mutará el covid? ¿Se volverá inocuo y les dará a los poco amados compatriotos ocasión de decir "ya ven: era puro cuento"?,  ¿o se volverá, ahora sí, un capitán Trotamundos?
Pacheco tenía la pluma atascada de razón cuando escribió "Alta traición".

abril 06, 2020

Pensamientos sueltos sobre el covid-19


Foto: Adolfo Vladimir @Cuartoscuro
Quienes me conocen saben que yo sirvo para muy poco; apenas si sé hacer galletas y pensar, y eso es todo. Eso sí, las dos cosas me salen muy, muy, pero de veras muy bien. Y como estamos en cuarentena y se me da bien lo de pensar, pues he estado pensando. Meras suposiciones, que conste; no más que suposiciones...

Estoy pensando, por ejemplo, que esto de la cuarentena por el covid-19 no me checa. Digo, ya sé que las “cifras oficiales” nunca van a coincidir con las reales, pero, insisto, esto no checa. Aun si fueran millones de contagiados en México, no hay muertos, ni está enfermo nadie a quien yo conozca, ni nadie a quien mis amigos o familiares conozcan, lo cual, de alguna manera si se quiere empírica e ingenua, me sirve al menos de termómetro para saber que la cosa no es tan grave. Y entonces la pregunta -una de muchas preguntas que me rondan- es: ¿qué no se suponía que el coronavirus era contagiosísimo? No sé cuántos miles de inconscientes fueron al Vive Latino hace tres semanas, y sólo hay dos contagiados conocidos. Le pregunté al respecto a una amiga mía que sabe mucho sobre este virus, y me explicó que es imposible conocer las cifras “reales” porque cientos de personas se contagian pero no presentan síntomas.
     Más preguntas: si no tienes síntomas, ¿estás enfermo? O sea -reformulo-: si se te pega el virus pero no presentas síntomas, ¿estás enfermo o no estás enfermo? ¿Hay afectación en alguna parte del cuerpo si te contagias pero no desarrollas síntomas? ¿Qué significa que no desarrolles síntomas, que eres un arma cargada pero con el seguro puesto? ¿Son los síntomas la enfermedad misma? Es más: ¿podemos hablar de una enfermedad en este caso?
     Hay una pregunta cuya respuesta sí me sé (una de las pocas): si no tienes síntomas, no te vas a morir mañana de coronavirus; pero si sí los tienes, tus posibilidades de sobrevivir son del 98%. Está padre, ¿no?
     ¿O no?
     Más preguntas: ¿por qué estamos deteniendo la economía de más de la mitad de los países en el mundo por una enfermedad que no provoca síntomas, y cuando los provoca sólo mata al 2%? ¿A qué viene el despliegue bestial de poder al administrar los cuerpos vivos -y sanos, no hay que perder esto de vista: vivos y sanos- de billones de personas en nuestro mundo, todas encerraditas en sus casas?
     Y entonces, a ver, estoy pensando en lo que sé acerca de la guerra, cualquier guerra; dice mi profesor de filosofía e historia en el doctorado -un doctor muy listillo él- que la Historia no es maestra de nada, que la Historia no está para aprender nada de ella. Yo me permito una respetuosa expresión que usaba mi abuelo Porras: “¿¡a poco!?”; porque, vaya, suponiendo que esto fuera cierto, cada quien puede tomar enseñanzas de donde le plazca y sea capaz de adquirirlas. Entonces: por lo que sé sobre estos asuntos, las guerras sirven para una de dos cosas (o ambas a la par, según): para control poblacional o bien, para reactivar la economía de los implicados, aunque esto último es un albur ya que depende de quién gane: el que salga “victorioso” reactiva su economía; al que pierda se lo lleva el carajo.
        O sea, la Historia no enseña nada pero, ¡cómo se repite!
     Sigo pensando; y entonces -¡ah, sí: aquí vienen las teorías de la conspiración!, esa suerte de callosidad mental que se forma cuando lees mucho a Foucault- me viene este pensamiento al que llevo ya un par de semanas dándole vueltas: creo que estamos en medio de una guerra biológica, diseñada para reactivar unas economías y desmadrar otras. Si estoy en lo cierto, se trata de una guerra muy bien pensada y, quién lo diría, muy bien cronometrada. Quien la diseñó y, sobre todo, quien pagó por ella, no responde a los intereses de ningún país en concreto; estaríamos hablando de un “ciudadano del mundo”, digamos; alguien como un Señor de la Guerra, de esos que le venden armas/mujeres/drogas a quien mejor las pague.
     Así, pues, si esto es una guerra y alguien pagó por su diseño y operación, es claro que no la puso en marcha para controlar el número de personas vivas sobre la faz de la tierra (a menos que el porcentaje de mortandad de covid-19 cambie, esto es un hecho), sino más bien para... ¿qué, exactamente? Ahí está, ¿ven?, justo es ésta la pregunta (y ojo, porque ésta SÍ es La Pregunta): ¿para qué echaron a andar una guerra biológica que ataca discriminadamente (porque, a ver, ¿cuándo habíamos visto un virus tan específico en su ataque?), primero a China, luego a Europa y luego a América?; un virus que enferma a todos pero no mata a casi nadie con excepción de los más viejos y los más frágiles, de preferencia varones, y que usa a los más jóvenes de soldados/portadores...
     Y es que, a ver, si esto no es una guerra biológica ni covid-19 es un arma, sino que se trata nomás de una molécula virulenta pero inocente que se puso loca y nos contagió a todos -¡caray!, pues ya ni modo-, y como no tenemos ninguna cultura médica ni tecnología farmacéutica, pues no tenemos medicamentos ni vacunas que nos defiendan contra el virus en cuestión...; y entonces nuestra única y sola defensa es escondernos en nuestras casas y rogarle a Dios -o al Universo o a la pared de la Biblioteca, o a quien se deje y parezca querer escuchar- que nos dispense de esa muerte.
     Si esto es así de azaroso, entonces, ¿para qué nos escondemos?; ¿tiene algún sentido? ¿No sería más lógico que se recluyeran exclusivamente quienes, por contar con uno o varios “factores de riesgo” (¿mismos que quién definió...?) están potencialmente en riesgo de muerte?; y conste que yo misma estoy más que incluida: tengo hipertensión, muchos más de 40 años, tabaquismo, obesidad, y se me ocurren cosas políticamente incorrectísimas...
     Recuérdenme, por favor: aquellos que sólo son portadores pero no se enferman, y aunque presentaran síntomas no se van a morir, ¿como por qué tienen que recluirse?
     ¡Ah, sí!, ya me acordé: para protegernos a los que sí podríamos ir a dar con nuestro nombre a una urna mortuoria, ¿correcto? Pero entonces, otra vez, pensando en la urgencia de resguardar la confianza en el propio esfuerzo, en la rutina que aporta seguridad cotidiana y en el propio trabajo diario, ¿no sería mejor para todos que sólo quienes estamos en riesgo nos enclaustráramos? Digo, si vamos a jugar la carta de la “empatía” y la “solidaridad”, podríamos ser más generosos los en-riesgo y permitirles a los demás que vivan sus vidas sin amarguras virulentas; estoy pensando en esos millones a los que se los está cargando la chingada porque perdieron el trabajo, porque cerraron sus negocios, porque viven al día pero en cuarentena el sol no sale, parece estar velado por el miedo (¡ah, sí!, ¡ya salió la bolita: el miedo, tan útil en tiempos de revoluciones sociales, de despertares, de tomas de consciencia! ¡El miedo, esa arma tan poderosa!). Y estoy pensando también en todos los papás que verdaderamente adoran a sus hijos pero que nunca en su vida habían pasado con ellos más de tres horas al hilo y menos encerrados, ¿¿a qué padre o madre se le había pedido semejante salvajada en la historia de la humanidad?? ¡Ah, sí; ya me acordé cuándo!: cuando fueron judíos u homosexuales o miembros de la resistencia y tuvieron que esconderse durante meses para que no los mataran; y también cuando hubo una peste (o dos) que arrasó Europa y sólo dejó viva al 5-25 por ciento de la población.
     Pero no, a ver; no puede ser, ¿verdad que no?; el covid-19 sólo mata al 2%. Entonces, otra vez, ¿por qué hay que encerrarse?; no me queda claro.
     También estoy pensando que otra característica de las guerras -una muy peculiar- es que de lo primero que aparece -a la par, de hecho, del mercado negro- son los movimientos de resistencia, cuyos miembros habitualmente son personas con muy buena memoria histórica; personas que hacen preguntas y que saben muy bien que quienes pelean en las guerras, vivan o mueran, siempre pierden. ¿No les parecen interesantísimas las prácticas de resistencia en estos nuestros tiempos de coronavirus: gente que canta desde sus balcones en las noches; policías que bailan o juegan a las escondidillas desde sus patrullas para entretener a los niños aburridos y a los adultos agotados? Ustedes no lo van a creer, pero éstas califican para prácticas de resistencia, sólo que como esto “no es una guerra”, dichas prácticas -que nacen aparentemente del aburrimiento- encuentran su origen en la sospecha de que estamos siendo engañados, y al mismo tiempo en la certeza de estar siendo perseguidos, de que el pánico que se siente es real y, por lo tanto, la amenaza es real.
      Y, miren, sí: ¡por supuesto que es real! Sólo que no estoy segura de que la amenaza en cuestión sea el covid-19; no estoy para nada segura.
     A mí la práctica de resistencia colectiva que más me gusta es la de mi barrio; hay un discurso curioso en las acciones de mi gente, que dan a entender algo así: “el covid-19 sí existe y lo más seguro es que sí mate gente; seguro ya nos cargó el payaso y, por lo tanto, vamos al carajo: andamos en la calle sin tapabocas, está abierto todo, desde los cafés hasta la florería, pasando por la peluquería y los tacos de carnitas. Si de todos modos nos vamos a morir, ¿para qué nos asustamos y para qué nos encerramos?”. Yo no comulgo con este pensamiento y todavía no estoy segura de que no sea simplemente otro despliegue del egoísmo y la mezquindad, tan arraigados en la personalidad del mexicano; pero no puedo dejar de lado la posibilidad de que se trate de una sublime red de compatriotas en resistencia. De verdad que no lo sé.
     Ahora, ¿qué les parece si hacemos, nomás para entretenernos, un poquito de ciencia ficción? Si estuviéramos en este momento en una guerra biológica, henos aquí frente a varias incógnitas: no hay armas, sólo un virus; contamos con tecnología que nos permitiría -si fuera ético y legal (y económicamente redituable)- clonar a un ser humano, pero no tenemos ninguna medicina para pelear contra un virus cuya existencia conocemos desde hace al menos un par de años; no hay soldados, sino sólo portadores del virus (lo que sí hay es ejército en las calles de varios países europeos, persecuciones contra quien se atreva a estar enfermo, toques de queda, suspensión de garantías individuales, violación a los derechos humanos de trabajadores temporales y demás medidas fascistas, dignas de una dictadura, y hambre; sobre todo, hay hambre); finalmente, el índice de mortandad es del 2% y, sin embargo, estamos encerrados en nuestras casas, muertos de miedo. ¿Les cae que esto sí cobra sentido en sus mentes, queridísimos lectores?
     (Y, por cierto, ¿qué ecos producirá en el aparato psíquico de los europeos, particularmente de quienes viven bajo regímenes monárquicos, el hecho de que este virus tenga una corona?; es pregunta seria.)
     Ya por último, sólo me queda ésta, que por una vez no es una pregunta sino una certeza: a todas las guerras les sigue una posguerra; ¿sabían ustedes que gente que logró sobrevivir a la guerra, no soportó la posguerra? ¿Saben por qué?, porque durante la guerra el dinero se mueve; se mueven muchísimas cosas, de hecho: armas, oro, personas, tapabocas, papel de baño, alcohol, ventiladores, material de curación, agua, comida enlatada y otras muchas, muuuuchas cosas. En cambio en la posguerra, no hay más que muertos y hambre y malos recuerdos y países enteros por reconstruir. Eso queda. Ya no hay comercio, ni “ayuda internacional”, ni mercado negro, ni dinero, ni nada. En la posguerra lo único que quedan son los sobrevivientes que deberán levantarlo todo a mano limpia. Eso queda.
     En nuestro caso, como esto “no es una guerra” y el covid-19 “no es un arma biológica” en uso, lo más que puede suceder es un cambio de esquemas económicos a escala mundial; un cambio basado en la experiencia súper exitosa (ésta que estamos viviendo en este mismo instante) de administración, acumulación y reclusión a voluntad de cuerpos vivos y sanos...; ésos a los que nosotros, gente común y corriente en cuarentena, tendemos a considerar[nos] como personas.

     ¡Pero, bueno...! ¡Recuerden que yo estudié letras y filosofía y cosas de ésas, inútiles! ¡Yo sólo sé pensar y hacer galletas! Y éstas, no lo olviden, son meras suposiciones; cosas que se me ocurrieron mientras me ponía el tapabocas y los guantes de látex para salir a comprar comida.

diciembre 01, 2019

Mujer monstruosa

Una profesora en la maestría, la dra. María Laura, nos dijo una vez que, en términos psicoanalíticos, cuando una persona no puede ni hablar ni guardar silencio, grita.
      Yo he gritado, en el transcurso del último mes, ni más ni menos que cuatro veces, a cuatro distintas personas; pero no fue sino hasta hoy que entendí, final y cabalmente, a qué se refería la Doctora.
      Gritas cuando tu capacidad de guardar silencio se agota. Gritas, bien fuerte, cuando no importa qué palabras uses, con cuánto cuidado o claridad expongas tus argumentos, ni cuán amables o sarcásticas o decentes o indecentes sean tus palabras, te das cuenta de que no estás siendo escuchada.
      Y entonces gritas.
      Pero, ¡qué escándalo es que una mujer grite! A nadie le va a importar por qué gritaste; las otras mujeres te tildarán de que eres “difícil”, aun a sabiendas de que fuiste insultada de tal forma que gritar fue tu única y final defensa. Incluso si tu grito estaba justificado, tarde o temprano alguien dirá que, ¡bueno!, ¡lo que pasa es que tampoco podemos olvidar que tienes el carácter muy fuerte! Y aunque todos sepan, incluyéndote, que tu grito estuvo más que justificado, si al que le gritaste fue a un hombre, te toca sentirte culpable; te toca explicarte y justificarte, y bajar la cabeza y pedir disculpas. Y lo haces, porque estás de acuerdo con que fue una falta de respeto.
      Esto lo digo muy en serio, no estoy siendo irónica: sí es una falta de respeto, la cual, además, denota una falta de autocontrol, de contención, que no es justificable. Y porque uno no puede ir por la vida gritándole a los demás. Esto es un hecho.
      Así que te disculpas, sinceramente. Y te quedas esperando las disculpas que deberían venir de regreso; las disculpas que te deben a ti por haberte presionado, por haberte agredido, por no haber sido más compasivos con tu luto, por haber abusado de que, por una vez, no mides 1.73 sino apenas 1.50 (porque estás en una silla de ruedas con la patita rota) y eso hace más fácil meterte prisa, ignorarte, despreciarte...; ¿por qué no?; ¿qué eres tú, a fin de cuentas?, sólo una mujer sin madre y sin hombre “que no tiene quien la defienda” y que se rehúsa a hacer lo que le dicen; que no se apura, que no se deja agandallar, que insiste en decir lo que piensa, que insiste en ser tratada con cuidado porque trae muchas penas cargando, que insiste en ser tratada con respeto, y que es amable, amable, amable..., hasta que se harta; hasta que se asusta, se desespera, se frustra y grita.
      Entonces, bueno: las disculpas; pero sólo de tu parte. ¡Es que eres tan difícil, de veras! ¡Ve cómo sí te pones loca: ya hasta lo fuiste a escribir a tu blog! “Yo estaba pensando en aceptar tus disculpas, cuando vi lo que escribiste: eres una hipócrita, una mentirosa, una pinche vieja loca, sigue inventando tus historias: nadie te va a creer...”
      La cosa es que... hoy aprendí esto: cuando gritas, cuando al fin gritas, en realidad no le estás gritando a nadie en particular; ya sólo estás gritando. Es un alarido, una llamada de auxilio que sueltas al aire, con todas tus fuerzas, para no asfixiarte, para saber que tu voz sí emite sonidos, que deberías ser escuchada por ése al que tienes enfrente, que nadie debería darse el lujo de ignorarte de ese modo, que tienes derecho a ser tratada con cuidado pero, quién sabe por qué, a nadie se le da la gana escuchar. Quién sabe por qué.
      El precio es alto: has dado nuevamente razones para creer que eres una mujer monstruosa. Cuando vuelvas a estar de pie y de nuevo midas 1.73, todos te volverán a tratar con ese respeto teñido de burla, y nadie olvidará que gritaste.
      Sólo que ahora tampoco yo olvidaré que grité. Varias veces. A varias personas distintas. No olvidaré por qué grité ni olvidaré que sólo una de esas cuatro personas me sonrió con gentileza y me dijo: “grita, estás en tu derecho; vas: yo sí aguanto el grito”; y que entonces dejé de gritar.
      Tengo buena memoria: no olvidaré que, a veces, es necesario gritar.

noviembre 13, 2019

La vida en pausa

Dice Rosales en su bellísima Casa encendida que "la muerte no interrumpe nada"...; yo no lo sé. Sé pocas cosas estos días; pero tiendo a pensar que, más bien, es la vida quien no se deja interrumpir; la vida, quien nos jala, nos convoca, nos exige estar de vuelta. Y soy yo quien, por más que me esfuerzo y por más sal que le echo a la comida, encuentro a esa vida que me llama, insípida, con manchones de belleza que me sorprenden cada tanto, como los girasoles que me llevaron mis estudiantes para consolarme por mi pena.
     Sí; la vida se ha vuelto, más que difícil, intratable; como un huésped indeseado. 
     Hoy encontré, sin querer, una grabación de mi mamá; yo necesitaba oraciones para analizar en mi clase de gramática y le pedí que me contara qué había hecho el día de su cumpleaños. Su voz se oye clara, cotidiana...; viva. Se ríe en la grabación mi madre. Y su risa es como eran sus ojos: verde y cristalina. Y por un segundo, no entendí que está muerta.
     Yo, no; yo estoy viva; pero estoy metida en esta suerte de pausa sin límites definidos entre los cuales todo es lo mismo y, sin embargo, incomprensible. Mi vida, en este momento, es información parentética: podrías quitarla y no afectaría en nada al todo. Todo es igual y, al mismo tiempo, ya nada es lo mismo; "porque todo es igual / y tú lo sabes" dice Rosales.
     Hoy vino una amiga, cargada de gentileza y una generosidad sencilla y brutal; vino a ayudarme a bañarme. Mi madre hubiera debido hacer eso. Mi mamá me hubiera bañado diario, si me hubiera hecho falta. Pero está muerta. Y, sin embargo, se ríe; en mi mente se ríe. Se ríe de mí cuando trato de salir del baño sin partirme la otra pata, y se ríe hasta que se le va el aliento al verme trepada en su andadera con rueditas, impulsándome con el pie bueno como si fuera una patineta.
     He decidido que así como las mamás siguen siendo "mamás" aunque sus hijos se mueran, así yo seguiré siendo hija de mi mamá. Reniego de mi orfandad. Mientras mi mamá se siga riendo de mí en su andadera-patineta, mi mamá seguirá siendo mía. Mía, mía, mía de mí, hasta mi propia muerte.
     La grabación es del mismo día que falleció, dos horas y media antes de su muerte.

octubre 21, 2019

Va de nuevo

Tras dos años de andanzas y vueltas, aquí estoy de regreso. 
     Intenté escribir en otro blog, pero nunca sentí que fuera realmente mío y más bien lo tuve abandonado la mayor parte del tiempo (de todos modos, les dejo el link por si quieren echarle un ojito; hay algunas cosas muy lindas: http://losaniosporvenir.blogspot.com/ ), así que... aquí estamos.
     Han sucedido un montón de cosas: mucha gente se ha ido y regresado; dejé la UNAM porque ya parecía el ala de un psiquiátrico y trabajé en diferentes lugares con gente muy distinta; no es que me la haya pasado recorriendo el país ni mucho menos, pero sí he tenido la oportunidad de conocer a un montón de personas con las ideas más extrañas e interesantes. Justo, fui a dar a Puebla para impartir un curso, y me enamoré de la ciudad y aun más de sus habitantes. Luego anduve repartiendo tortas y pateando cunas en ese larguísimo, lóbrego día que parecía no terminar nunca, después del terremoto -un día interminable hecho de una sucesión de soles y lunas, pero que se sentía como un mismo día que no acabara...-, y conocí a los ecatzingas, que me enseñaron lo que es verdaderamente la resiliencia.
     Luego -mucho más "luego"- me caí en el metrobús y me pasé dos meses caminando de a pasito, con un bastón lleno de flores que me enseñó a medir cada paso, a andar con paciencia, a observar mi derredor con la mirada abierta mientras un dolor manso pero tenaz me recordaba a cada paso que estoy viva, pero no para siempre, un poco no más en este mundo... 
     El bastón y un amor me enseñaron que el cielo en la hora previa al amanecer es púrpura; que el amor es más frágil y más exigente que una orquídea, y que emite una luz potente, intermitente, inmarcesible; como un faro. Y aprendí que la palabra "indetectable" provoca una felicidad que dura muchas semanas.
     También descubrí que vivo un tiempo ralentizado: mientras que para el grueso de quienes me rodean, el tiempo "pasa volando", para mí los días son largos, extensos, casi interminables; de la mañana a la noche, la cantidad de cosas que pienso y veo, que percibo, que observo y no entiendo, que escucho y paladeo, me dejan con la sensación exhausta -a veces satisfecha- de que todo pasa en un solo día, aun en aquellos en los que la gente cree que "no pasa nada". Siempre pasa algo. El mundo sólo aparenta ser igual.
     ¿Qué más hice?...; pues acabé tres libros: uno de poesía llamado Teus, que he leído, fragmentado, en distintos foros; una novela que está esperando con no mucha paciencia a que haga algo con ella, y un libro de cuentos, Nadie nos ve, que me publicó Vozed y a cuya presentación espero invitarlos próximamente.
     Sin embargo, lo más apasionante han sido, sin duda, los viajes que he hecho hacia mí, y sobre eso pretendo de aquí en delante ir escribiendo.
     Así, pues, bienvenidos todos; sírvanse una copita de absenta, pongan encima una cucharilla con un  terrón de azúcar y, lentamente, viertan agua helada para que el azúcar se disuelva y despierte al hada verde que espera en el licor, mientras les cuento cómo se ve la vida desde este margen tan peculiar en que se ha convertido mi vida...
   

mayo 11, 2017

La última página de este libro



Comencé este blog como un juego; uno que muy pronto se convirtió en uno cortazariano: mortalmente serio.
            Me encantó escribirlo, no lo voy a negar. Pero, como le escribí una vez a un amigo poeta extraordinario, “para todo hay un final y el nuestro ya está cerca”.
            Me embarga una sensación extraña, como de nostalgia anticipada, por todo lo que planeé escribir y nunca encontró su tiempo: la huelga, las campanas, los árboles de la FES Acatlán, Oaxaca y la Noche de las Cucarachas, más todas las palabras que aún llevo adentro sobre Portland, sobre mis abuelos, sobre Charo y Ceci, sobre la infancia y sus funerales, sobre Guanajuato, la música y el amor; sobre todo, sobre el amor.
            Sin embargo, llevo ya varios meses –más de un año- cerrando ciclos en distintos ámbitos de mi vida, y hoy le llegó el turno a Ajenjo y Azúcar. Tras 6 años y 74 entradas, dejo aquí mi despedida para cerrar este ciclo de escritura experimental, tan sabroso, tan lleno de vivencias y emociones.
            Les agradezco infinitamente a todos, lectores pacientísimos, por su interés y sus ganas de leerme y jugar este juego conmigo; con toda seguridad comenzaré una nueva aventura escritural, en otro espacio y con otros modos, distintos y nuevos.
            Hasta entonces, hasta que volvamos a leernos, que la Vida siempre los apapache y los consienta como a sus favoritos.
            Gracias por su tiempo.

abril 17, 2017

Envejecer



Al volver de Tequisquiapan y entrar por fin en la carretera, la visión del horizonte extenso ante mis ojos y de la carretera misma ante nosotros me puso en un estado muy chistoso, como si me hubiera caído por el agujero del conejo blanco y empecé a pensar en si los últimos 30 años de mi vida serán como los primeros… A fuerza de mirar campo labrado y atrás los cerros y más allá más horizonte, llegué a la conclusión de que no; pero luego vi más campo y vi las casas en medio de las milpas, y más bien deseé que no fueran iguales.
            Y es que de pronto se me figuró que si todos quieren volver a ser jóvenes, no es porque quieran volver a vivir lo vivido sino, justamente, porque quieren hacer lo que harían hoy y sabiendo lo que saben ahora, pero sin el peso, sin la prisa de llevar ya 40 y pico ya vividos, y que todo haya resultado tan distinto de lo que creímos que sería…
            No sé, pues. Yo fui muy parca, muy torpe y muy económica con mis sueños cuando era joven. Yo sólo quería salir, viva y de preferencia de una pieza, de las cavernas brutalmente oscuras por las que me deslicé desde niña, hacia la luz que leía en la literatura que devoraba, hacia las calles donde la libertad permitía componer la música que me mantenía viva mientras transcurría mis días y sobrevivía a las noches susurrantes en las que crecí.
            Treinta y nueve años después descubrí que lo había logrado; que me había llevado más de media vida, pero lo logré. Me faltan varias piezas –entre otras, un riñón– pero estoy viva y, aunque ya no soy joven, sí soy libre y tengo el corazón intacto.
            No me voy a andar con puterías: ni le tengo miedo a la muerte, ni es esto un discursito positivo y sonriente de “todo lo bueno que me depara la vida”. No, no; seré fiel a mí y a mis cicatrices: no me gustó ser joven; odié las cavernas y detesto el hecho de haber invertido toda mi juventud en escapar de ellas. Agradezco cada momento que vivo ahora en libertad, pero lamento profundamente todo el tiempo perdido. Lamento todo el miedo y la prudencia, y el no haber tenido los arrestos para concebir a una hija. He hecho lo mejor que he podido a cada momento, dentro y fuera de la luz, pero mi personalidad se forjó en la falta y la carencia, y es por eso que no hallo el modo de suplir los amplios huecos, los hondísimos silencios de mi vida. Así que dejé de intentarlo y, simplemente, vivo en falta, siempre.
            Supongo que la vejez, al igual que la muerte, es algo que cada quien experimenta de un modo íntimo y nuevo, nuevo cada vez para el que lo vive aunque en cierta forma, sea una experiencia compartida. Aún no me puedo llamar “vieja” pero definitivamente ya no soy joven. Me gustan las arrugas que van apareciendo, pero no los carrillitos de hámster que me cuelgan a los lados de la cara de un tiempo a esta parte; y pasarán años antes de que tenga que teñirme el cabello, pero me sorprendió la naturalidad con que una de mis exalumnas (una mujer jovencísima que anda traumada porque ya tiene 28 años, háganme ustedes el rechingado favor) me escribió que le gustaban mis publicaciones porque “la gente mayor siempre se está quejando”, y al leerlo entendí que yo era una de esas “personas mayores” pero aparentemente yo, al menos, hacía el favor de no andarme quejando todo el tiempo.
            Lo más patético es que me encogí de hombros y pensé: “vaya, pues: he vivido en el error; ¿qué no “mayor” es cuando uno cumple 60 y muchos?” Pos no: 43 son suficientes para ser mayor.  No me opongo; sólo me agarró de sorpresa esto de envejecer.
            Me agarró de sorpresa y trajo consigo algo que no sentí de joven: me llené de prisa y de impaciencia; ahora quiero todo lo que antes no supe desear para mí.
            Sin embargo, puesto que mi vida no sólo no ha sido como la de nadie más, sino que su diferencia es pronunciadísima en comparación con la de mis amigas y compañeras, mi presente es distinto y extraño para todos. Con frecuencia ni yo sé decir cómo puedo vivir como vivo…; en lo que somos todas iguales es en el deseo de ser quien soy, con la experiencia y lo vivido, pero con menos años, menos dolores y las ilusiones aún vivas.
            Confieso, pues, que no renunciaría a uno sólo de los años que he vivido –porque me costó mucho, pero de veras MUCHO trabajo vivir cada uno–, pero la verdad es que sí quiero, sí, otra oportunidad. Una, no más. La quiero para aprender a vivir.

Covidiotas

Cuando a mis compatriotos (a los que, de por sí, quiero poco y mal) su amado Gatell (al que adoran pero igual no lo pelan) les dijo que va a...