septiembre 16, 2015

Nueva sección: Cartas a Lobacio



Hace relativamente poco me enteré del maravilloso dato de que, en mi familia, los amigos imaginarios tienen un nombre, digamos, genérico; se llaman “Lobacio”. Aparentemente, mi tío Alejandro bautizó así al suyo de chamaco y se les quedó a todos los demás. Cuenta mi padre haber oído a su hermano decir: “A ver, Lobacio, agárrate el otro extremo de la escalera, que vamos a una misión muy peligrosa”, y se cargaba la escalera por un lado mientras el otro quedaba suelto, arrastrándose, y ahí se iba el escuincle, muy feliz, analizando con Lobacio los pasos que debían dar en aras del éxito de la misión.
            Uno podría pensar que semejantes personajes sólo les son útiles a los niños y a los ancianos que se han quedado solos. Sin embargo, por razones que no vienen al caso, descubrí en estos días que he trabado amistad con un amigo imaginario; en efecto, yo le escribía e-mails y él me respondía (la parte de las respuestas me intriga e incluso me inquieta un poco, pero no importa). Se hacía llamar de otro modo, desde luego, pero eso tampoco importa. A partir de ahora será Lobacio y, a causa de su recién descubierta naturaleza imaginaria, en lugar del mail utilizaré este medio para continuar con nuestra correspondencia.
            Quizá él encuentre también algún otro medio para responderme.


[La diferencia entre las Cartas a Lobacio y las demás entradas radicará en que las cartas llevarán por título la fecha en que fueron escritas y quizá, también, un asunto]

septiembre 13, 2015

Temple

Todo empezó porque era mi cumpleaños y yo quería festejar que estoy a la mitad o poco más adelante de mi vida, y todo pinta como que ésta va a ser una muy buena segunda vida. Todo fue bien: un día hermoso, despejado, con esas nubes como jirones que dan la impresión de ser la marca de agua del resto del universo. Comida con amigos, mensajes hermosos por todas partes, felicitaciones donde las esperaba y silencio donde lo prefería. Sólo un par de escollos, que fueron motivo más de risa que de pena: la Otra Mamá, con sus ojitos de botón y toda la cosa, se pegosteó a la comida y yo me puse bastante sarcástica, al grito de "es mi cumpleaños y se chingan todos"... Y por 'ai se coló un mensaje de cumpleaños, torpe, gazmoño y obligado, que agradecí y borré en un solo movimiento, casi sin leerlo. Por lo demás, fue un día plácido y hermoso. Pero al llegar la noche, sobraba un silencio y faltaba una felicitación.
      El silencio se tornó en olvido; el olvido en reclamo; el reclamo obtuvo una disculpa vaga y una excusa ofensiva, que a su vez se volvió, como bola de nieve, en un "si esto no es mutuo, mejor dímelo y así la dejamos", que a su vez -¡pinche drama de Mercado de Lágrimas!- se volvió acusación, y luego disculpas y súplicas y, finalmente, en un silencio herido, tensamente sostenido.
      En ese estado me fui a una de mis amadas y ya famosas lecturas de poesía. Resulta que Emilia -para darle el nombre de su autor- estaba empezando a perderse en los vericuetos de la reflexión filosófica y yo ya empezaba a alarmarme por el peligro instrínseco a toda tesis de acabar odiando al autor con el que se trabaja; así que convencí a La Mandrágora de organizar una sesión para leer el "Acto Preparatorio" de Al filo del agua, de modo que Agustina paladeara la magnífica prosa de su autor, y sobre todo para leer a José Emilio Pacheco y rescatar a Emilia, devolviéndole el goce que es derecho del lector y sustancia de la poesía.
      Yo iba mal; sentía que todo a mi alrededor se me había derrumbado y me estaba costando mucho trabajo entender por qué afuera, en la calle, no estaba todo en ruinas y por qué el resto de papafritas en la calle andaban tan tranquilos, como si el mundo no amenzara con hundirse bajo mis pies a cada pisada... Pero nunca he faltado a una sesión de poesía y ésta no iba a ser la primera vez; así que me embarré todo el maquillaje necesario para cubrir las huellas de la catástrofe, me enganché una sonrisa no muy ancha, plausible y sólo un poco chuquecita en la cara, y me encaminé al encuentro de La Mandrágora.
      ¡Ah, sí!, ¡la poesía! 
      Pacheco no es mi favorito, pero eso no importa porque José Emilio Pacheco fue, qué fácil se olvida uno, el maestro del que me enseñó a mí a escribir poesía. En efecto, fue con la imagen de Pacheco cuando dice de la enredadera que es "la costumbre de la piedra" que logré por fin entender lo que nunca antes nadie había sabido darme a entender, es decir, de qué se trata la poesía:

"Verde o azul, fruto del muro, crece;
divide cielo y tierra.
Con los años
se va haciendo más rígida, más verde,
costumbre de la piedra, cuerpo ávido
de entrelazadas puntas que se tocan,
llevan la misma savia, son una breve planta
y también son un bosque;
son los años
que se anudan y rompen;
son los días
del color del incendio..."



El temple cadencioso y sin artificios, suavemente pausado, tenue y amplio de Pacheco se hizo eco poco a poco en mi mente apabullada; me dejé llevar por las instrucciones que yo misma he ido creando al paso de los años para estas lecturas y le di vueltas y vueltas al libro que llevé para la ocasión, hasta que un verso atravesó mi mente, se coló a través de mis ojos y por los entresijos de mi corazón acorazado por la pena...

"No tomes muy en serio
lo que te dice la memoria.

A lo mejor no hubo esa tarde.
Quizá todo fue autoengaño.
La gran pasión
sólo existió en tu deseo.

Quién te dice que no te está contando ficciones
para alargar la prórroga del fin
y sugerir que todo esto
tuvo al menos algún sentido."



Fue como si un afinador supremo viniera hasta mí, abiera la tapa de mi caja de resonancia y pacientemente afinara una a una las cuerdas destempladas de mi mente-corazón. Una a una. Sí, se tenía que ir; yo nunca quise que perdiera nada, que renunciara a nada, al contrario, siempre apuré la certeza de que tuviéramos todo lo que deseábamos y que a lo habido se sumaran mis cielos y mi poesía y mi música y mi asombro y mi amor sin recato. Una a una. Entonces pude recordar mis promesas y la bendita paz que trajo a mi vida: Que vivas bien. Que seas feliz. Que tu vida sea de verdad fácil y de verdad maravillosa.
      Pacheco me prestó su temple y me devolvió la cordura, igual que antes, hace años, me mostrara que la esencia de la poesía era del mismo material que mi propia esencia.

agosto 16, 2015

El final de la infancia

"¡Ah, sí!: el verano; sinónimo de vacaciones en bola con los Porras, la familia de mi mamá, en Acapulco. ¿Íbamos todos los años?, no lo sé; mi sistema de memoria infantil es de una pobreza espeluznante; pero hay un enorme archivero en un rincón de mi cabezota que dice «Vacaciones» y está lleno de anécdotas maravillosas y extrañas.
Cada vez que íbamos, por ejemplo, a la ida o de vuelta, alguno de los carros que llevábamos se descomponía, y curiosamente siempre nos deteníamos en Iguala, que a mis ojos de niña era feo, polvoso y horripilante, a ver con qué compostura lográbamos llegar a nuestro destino. A pesar de eso, me encantaba viajar en carro –hasta la fecha– para sacar la cabeza como perro baboso por la ventanilla y sentir el aire, tomar fotografías, maravillarme de las soledades que debíamos atravesar para poder llegar a donde siempre he de volver: al mar.
¡El mar!, ¡qué puedo decir que no haya sido dicho ya, mejor y con más belleza de la que puedo alcanzar yo aquí! Recuerdo que me llegaba el olor mucho antes de verlo, y sentía los músculos de estómago y de las ingles brincar en terribles espasmos de una expectativa que llevaba seis horas de viaje fraguándose en mi interior; ¡el mar!"

[Para seguir leyendo, vénganse a VozEd]:

abril 16, 2015

Una tarde en el exilio


La exposición meXilio tiene un significado especial para mí: es la cristalización de hasta qué punto todo lo que podía salir mal, salió mal -y empeoró-, pero al final la ética y la rectitud funcionan, básicamente porque el perico dondequiera es verde y estos niños son chingones porque lo son.
          Les explico; meXilio consta de dos salas en el Ateneo Español de México (Hamburgo #6, colonia Juárez): una, amplia, atravesada por el medio por la mampara que anuncia la visión de los curadores, sus nombres, los nombres de los artistas y citas de quién sabe quién sobre lo que implica estar exiliado; y otra, tan pequeña que más bien parece el acceso a otra parte de la casa y que, justo por eso, cumple con largueza su cometido, ya que alberga la pieza sonora y visual más extraordinaria que he visto en años, y que se compone de música creada especialmente para la exhibición, tres poemas en su original en árabe y su traducción al español, la voz del poeta que lee su poesía en voz alta, y una composición fotográfica en dualidad donde se ven las ciudades bombardeadas -hogar abandonado- y al poeta en el exilio, aquí, en nuestra ciudad, todo en lacerante armonía. 
          Pues en este pequeño espacio, estos noveles curadores se las ingeniaron para crear un discurso a cuatro voces, sobrio y terrible, en torno al exilio, con base en la obra de tres artistas -dos poetas y un músico-, cuyos nombres andan por ahí arrojados en dos lugares inhóspitos de la muestra, diluyéndose, como efectivamente le sucede a un exiliado, en la mente del espectador por la incapacidad de entender tan extraño nombre en tan aun más extraña lengua.
          Tiene, sí, sus defectos la curaduría, y el discurso tiende, no lo niego, a estancarse en algunos puntos; en efecto, hay vacíos, no sólo discursivos sino inclusive físicos, que se podrían creer acordes con el vacío en que se ve sumido un exiliado, pero que sospecho que más bien fueron debidos a la inexperiencia.
         Y, sin embargo, me pareció que la muestra es excepcional, magnífica incluso. Conozco -como todos- el trabajo de muchos curadores con muchísima más experiencia que ni en sus sueños más autocomplacientes serían capaces de hacer lo que hicieron estos cuatro jóvenes ante el desafío de convertir el trabajo de dos poetas árabes en una muestra tangible, perceptible ante la vista, permeable ante la escucha.
         Tengo que ser honesta: mi corazón rebosa de alivio y satisfacción; me siento confortada y al fin podré, en lo que a ese diplomado respecta, dormir tranquila, pues mi objetivo último, el más desesperado y que en un momento dado pareció imposible, se cumplió... Porque, miren ustedes, en meXilio es posible observar con claridad lo que Isaura, Alfredo, Karla y Valentina hicieron con las herramientas que les dimos, y que en mi caso, son las poquititas que las circunstancias y los Codiciosos me permitieron dar, pero que entregué de corazón, con toda la generosidad que pude reunir y poniendo en esa enseñanza todos mis saberes en juego. 
          Supe que la luz y la honestidad ganaron la partida cuando leí el programa y vi las listas de nombres en la mampara, y sólo vi sus cuatro nombres como curadores y responsables de la gestión; los de los artistas; los de sus patrocinadores, y los de aquellos a quienes debían su agradecimiento, pero no el mío. Mi nombre no estaba ahí. No está en ningún lado, porque es SU trabajo. Suyo y solamente de ellos. Y esto, la ausencia de mi nombre (y el de otros más que nada se merecen), esa ausencia me calienta el corazón y aquieta mi mente: lo logré. Salvé su trabajo de los Codiciosos, y con ello, mi prestigio, el suyo y, calladamente, el de mi Universidad. Ya puedo decir de nuevo, con los labios limpios como si me hubiera enjuagado la boca con agua fresca: "Por mi raza hablará el espíritu". 

mayo 24, 2014

Bajo la piel

¡Un incendio es lo que me arde bajo la piel!
¡Un fragor de lava incontenible!
¡Las lámparas de Válinor derrumbándose en mi pecho!
¡Un fuego soy que a sí mismo se consume!
¡Un leño al rojo vivo, en carne viva desollado hacia lo íntimo!
¡Un incendio cuyo fuego es leño y fuego y lengua y hambre al mismo tiempo!

           ¡¡Un incendio!!

... y debajo, mi rostro impasible,
y encima, mis manos de agua,
en cerco sobre mi aliento,
conteniendo el fuego...


febrero 07, 2014

El día que conocí a Ender

He aquí que estaba yo bien clavada en alguna de las múltiples ñoñerías que me ocupan usualmente, cuando mi Hermanita decidió sacarme a pasear y a que me diera el sol tantito; y luego, me llevó al cine. Estaba El Hobbit, pero ya chole, no más, por piedad. Entonces, quisimos ver El jazmín azul, pero ese día quien sabe qué pasó, pero no había horarios en ninguna sala; entonces Hermanita dijo: “¿Y El juego de Ender no se te antoja?”; pues no, la verdad no se me antojaba, porque era de extraterrestres y esas madres que, lo mismo que los zombis, nomás no me gustan. Pero no había otra cosa y  Hermanita me recordó que las palomitas de ese cine en particular son muy buenas; y órale pues, vamos a ver El juego de Ender.
            Me alelé; salí embobada; dije, “faltan cosas, un montón; no puede ser, guerra sin política, imposible, esto está lleno de agujeros”, pero hermosa, sin duda, aunque la música no me encantó, pero algo –muchos “algos”– no cuadraban por ningún lado… ¡qué alucinación tan salvaje! Me metí al internet, ¡y había libro! Pero era fin de quincena, el libro estaba caro y sobre todo, no sabía por qué me había gustado tanto si estaba incluso medio mal hechita la película, y me resistí en principio a gastar en el libro, pero sí volví dos días después, sola, a verla de nuevo. Salí desesperada: ahí no estaba lo que me faltaba. Me fui derechita a una librería y con el dinero que me quedaba, me compré el libro.
            ¿Alguna vez les ha tocado que les hagan preguntas tipo Chismógrafo mamón quesque-literario, tipo “con qué personaje te has identificado más”?; a mí ésta me la han hecho varias veces (junto con la de los no-sé-cuántos libros que me llevaría a una isla desierta, el ipad no cuenta) y siempre he respondido con el nombre de un personaje que me gusta o al que desearía parecerme, pero la verdad es que nunca me he sentido realmente identificada con nadie más que conmigo misma. Hasta que me encontré a Ender. ¡Qué alucine tan chingón!
            Me leí la novelita en tres días y me seguí con el resto de la Saga de Ender, mal llamada saga porque en realidad cada libro es independiente y más bien se trata de relatos de distintas épocas en la vida de Ender. Desde mi punto de vista, el autor –que es un arrogante insufrible al que detesto y al que sólo le guardo un mínimo respeto por haber creado al Wiggin– es muchísimo mejor cuentista que novelista. En efecto, recomiendo amplísimamente El juego de Ender, tanto el cuento original como la hermosa novelita que no es sino una hiperextensión del cuento, una suerte de nouvelle, y en el cual está basado la película, y el relato “Guerra de regalos”, que es una historia chulísima de la Escuela de Batalla, en la época en la que Ender está en la escuadra de Rose De Nose y que no aparece en la peli.
            Las novelas de la saga, en cambio, no me parecen buenas, con la sola y deslumbrante excepción del ya citado Juego de Ender.
He leído hasta ahorita Ender en el exilio, el cual, salvo el pasaje donde él llega a la colonia Shakespeare y se relata su encuentro como Comandante victorioso y sus veteranos (y entonces sí, uno llora y se conmueve y atasca el libro de lágrimas y sonrisas cursis), el resto del libro es como pa’ demandar al güey del Scott Card, por malo y aburrido. Pero entonces alguien por ahí me dijo que no, que los leí mal, que es mejor leerlos en el orden en que fueron escritos, aunque en la cronología interna del universo de Ender siguiera ése, el que se había escrito después de El juego de Ender era La voz de los muertos, y que debía leerlo porque era tan bueno como el primero; y pues ‘ai voy.
            Y no, ¿eh?, ¡no!; ojalá fuera tan bueno como el primero… ¡mi reino por otro libro de Ender como el primero!; pero ya se sabe, los reinos y las lentejas; ¡ay!, en fin…
Debo decir a favor de La voz de los muertos que el Ender adulto que nos presenta Scott Card es del todo congruente con el diseño original y en todo momento es posible “recordar” al Ender niño en las acciones del Portavoz Andrew; eso es difícil de lograr y por ello, mis respetos al mamón del autor.
¡Lástima que el libro en general sea tan aburrido!, ahí sí nos queda mal, porque, ¡por piedad, qué hueva los larguísimos diálogos con los cerdis! ¡Los cerdis mismos, qué estupidez, qué visión tan jodidamente occidental!, ni siquiera la crítica que el propio Ender hace de la cerrazón científica de los xenobiólogos salva el hecho de que el narrador juzga y subestima a todas las especies no humanas.
Y qué tal cuando por fin, después de medio chingado libro, por fin Ender Habla del muerto, y lo que hace en realidad es acabar soltando un chisme larguísimo de ya no sé cuántas cuartillas, como de telenovela mexicana: “Fulanito, la verdad es que tu padre, ¡¡no es tu padre!!”... ¡ay, no mames!
Y qué lamentable que tenga que decirnos que Ender es muy compasivo en lugar de mostrárnoslo, como en los cuentos y en la primera novela. Y del final mejor ni les digo nada… dejémoslo en que no sólo está de hueva, sino que además no soporta un análisis ni siquiera por encimita; un sólo ejemplo y no diré más: Ender, apodado “el Xenocida” por haber exterminado a una especie entera (con todo y planeta) no estaba calificado ni moral ni políticamente para firmar un tratado con nadie, mucho menos con dos grupos alienígenas, por muy arrepentido que estuviera y por muchos siglos de expiación de culpas que lleve. Ni madres. No es posible, no se sostiene.
            Pero… hubo algo que sí me gustó: Ender se enamora. Y no se enamora a lo pendejo de la primera vieja que se le pone enfrente, ¡no!; me queda claro que el autor al menos sí conoce muy bien a Ender y respeta el diseño del propio personaje (con el resto de la historia hace puras chapucerías, pero hay que reconocer que a todo lo que tiene que ver con su protagonista, le echa un montón de ganas), así que el enamoramiento se da por espejeo: una chica ha mandado llamar a un Portavoz de los Muertos a su planeta para que hable por su padre adoptivo muerto; y Ender decide acudir porque ve una fotografía de ella y le impresiona ver tanto dolor y tanta frialdad en la mirada de una chica tan joven; entonces su computadora le consigue la historia de la vida de la chica, que es terrible y está marcada por el dolor, el abandono y la culpa, y Ender entra en resonancia con ella. Y cuando la conoce es peor, porque para él sólo han pasado dos semanas, pero para ella, van 22 años, o sea que aparentan los dos más o menos la misma edad.
            La cosa es que leí esto: “Pues Ender la amaba, como sólo se puede amar a alguien que es un eco de uno mismo, en el momento de la pena más profunda” y me volví a alelar. A ver, ¿es esto posible?... sí; realmente pienso que sí. Porque, ¿qué sé de otros, sino aquello que soy capaz de comprender en mí misma? No puedo entender lo que no puedo pensar o percibir; y lo que percibo sólo toma forma cuando pienso en ello; para cuando lo digo, la percepción ya pasó por el tamiz de mis sentido, ya está instalado en forma de recuerdo en mi sistema consciente y de huella en el Inconsciente; o sea que lo que percibo no es lo que está afuera, sino lo que marca huella en mí, adentro de mí, y que yo supongo que se corresponde con lo que hay “afuera”; es decir, que cada uno de nosotros concluye, una y otra vez, mil veces por minuto, que lo que percibe se corresponde con lo que hay allá, más allá de mí. Y eso, por supuesto, incluye a los demás.
            Entonces, enamorarse, es… eso mismo, enamorar-se; en-amor-ar a sí mismo, meter el amor en uno o ponerlo en uno mismo, o hacia uno mismo. Ender ve en el dolor de Novinha su propio dolor; en el aislamiento de ella, el suyo propio; en la infancia huérfana de ella se ve a sí mismo, pues aunque tenía padres no le sirvieron de nada. Ender ve en Novinha lo peor, lo más lastimado y urgentemente necesitado de sí mismo, y corre a “salvar” a Novinha como si así pudiera salvarse a sí mismo de 3 mil años de culpa y autoflagelación.
            Ya sabemos que los libros de autoayuda están plagados de frasesitas tipo “amar no es necesitar” y cualquiera de ellos podría alegar que eso que siente Ender no es amor. Pero, ¿por qué no?; de algún modo es como si se estuviera curando a sí mismo; al darle a ella lo que necesita para darse permiso de vivir una vida digna de ser vivida, se lo está otorgando a sí mismo.
            Habrá, en todo caso, otras formas de amor, en las que ese espejeo forme en mi mente la imagen de alguien que posee todas las características que me gustan de mí; o por el contrario, quizá prefiera a alguien que mi mente visualice como uno que es todo lo que yo no soy. O quizá, alguien que es lo que quiero ser. A lo mejor busco a alguien cuya imagen coincida con la de ese a quien deseo desear; o que quiero que me quiera, lo cual en este juego especular sería de lo más interesante, pues se trataría de mí, usando la imagen de alguien que quién sabe cómo sea pero mi mente me la representa como una parte de mí, aunque yo ni siquiera me doy cuenta de que, en realidad, yo no puedo ver NADA de lo que hay afuera, porque mis ojos están en MI cara y las imágenes que llegan a través de ellos se forman adentro, en MI mente… ¡ooooooy!, ¡todo un juego fractal de espejitos, como para volverse loco!, y al final, resulta que esto del amor no es otra cosa sino yo misma, queriendo quererme a mí, a través de la imagen de un otro que a fin de cuentas sigo siendo yo misma.

             Y es por esto, precisamente, que estoy encantada con Ender y sus libros: porque me están mostrando cosas de mí misma que yo no sabía. Y también por eso mismo, me voy a seguir con los dos que me faltan: Ender Xenocida (donde hay un capítulo en el que se habla de los hijos de Ender, a ver qué tal) y una cosa rara que dicen que no se entiende llamada Los hijos de la mente; ya les platicaré de estos. Lo siento por Hermanita; el otro día nomás, me la mareé como dos horas seguidas hablando de Ender; con toda seguridad piensa que en mala hora me llevó a ver al Asa Campo-de-Mantequilla haciéndola de Ender. En lo que a mí respecta, ¡qué buen día fue ése!

febrero 01, 2014

Una larga despedida: hasta aquí llegamos

Ayer dejé la escuelita de Jalalpa. Mis once años ahí cupieron en 14 cajas de cartón y 7 gigas de memoria.
     Cuando llegué, estaba bien pendeja; no sabía ser leal con mis compañeros, me faltaba rigor académico, me gustaba demasiado escuchar chismes y hace comentarios sobre los demás, era arrogante y altanera, hablaba a gritos, me reía a gritos...; era desconsiderada con mis compañeros. Y por todo esto, les pido disculpas.
     Me llevó todo este tiempo aprender a despedirme cuando alguien empieza a contar chismes. Me enseñaron, a punta de aislamiento y groserías, a guardar silencio, a no hablar de nada que no fuera yo misma, a darle la vuelta a la gente grosera, alejarme lo más posible de la gente enferma, a ser amable siempre, considerada siempre, a no esperar nada de ninguno de ellos porque yo estaba ahí para trabajar, para practicar compasión, para seguir enseñanzas, para dejar de hacerle a la pinche diva y dedicarme en serio a exprimirme el seso para ver qué más podía hacer por los muchachos. 
     Desde el principio supe que estaba ahí por ellos, por los estudiantes, y por supuesto llevaba ya algo de experiencia y varias virtudes y puntos fuertes que me ayudaron mucho en mi trabajo, pero la verdad es que nada me había preparado para ser maestra en Jalalpa. Y es que al principio, creía que también yo sacaría beneficios de ahí, tales como amigos, un buen sueldo, quizá pareja. Como dije arriba, estaba bien pendeja. Al final entendí que sí había beneficios, pero de otra índole, de una mucho menos mundana, mucho más profunda y muchísimo más valiosa.
     Así que ahora, me voy dando las gracias, a todos, sin excepción, aunque ciertamente les estoy más agradecida a aquellos de mis compañeros que sin quererme fueron capaces de respetarme y, dicho con toda la honradez que me cabe, sin sarcasmo ni ironía de ningún tipo, a los que me hicieron la vida miserable, porque puedo ver que yo por las buenas no quise entender, así que se necesitó que aquel me gritara, que aquel otro me acosara y me aislara, que varios otros me acusaran de cosas que eran indistintamente verdad o mentira, al fin que como tenía la lengua tan suelta y era re-metiche y bastante chismosita, todos les creyeron cuando dijeron que yo había dicho/ hecho tal y cual, y eso fue tan necesario para mí como que la psicópata me llamara "perra" en los comentarios de uno de estos escritos y "puta de barrio" a gritos hace varios años aunque yo no la había provocado en forma alguna. Y lo estoy diciendo en serio, MUY en serio: agradezco que me hayan hecho todo eso, porque de otro modo, no hubiera deseado ser mejor de lo que era y nunca hubiera hecho lo necesario para convertirme en una buena persona o al menos empezar a ver cómo lograrlo.
     Y aprendí. Aprendí a respetar a mis colegas, a respetar mi trabajo y el de ellos, a no oír ni repetir chismes, a hablar de frente, a no pelear por todo, a entender que a los demás también les duelen muchas cosas y con frecuencia gritan y son mezquinos, pero es porque están angustiados con algo que no tiene nada qué ver conmigo y es esa misma angustia la que los hace ser agresivos.
     En resumen, mis compañeros me enseñaron a amar gratis a la gente, sin importar cómo me traten y sin esperar reciprocidad, a ayudar a quien lo pida, a no andar ayudando a quien no lo ha pedido de viva voz, a tener bien conectado el cerebro a la lengua, a no decir todo lo que pienso, a escuchar mejor que hablar, a ser cortés y considerada siempre con todo el mundo. A tratar bien a los demás, siempre. Y por esto, les doy infinitamente las gracias. 
     A consecuencia de estos aprendizajes, descubrí que el budismo se podía poner en acción en Jalalpa, un poco a la manera cristiana. Algo así como "compasión en acción"; y funcionó. Me dejé de pelear con la vida, logré todo aquello que puse antes por aquí en alguna parte de estas despedidas respecto a mis muchachos y acabé por convertir todo mi trabajo de todo el día, cada día, todos los días, en práctica. Y me gustó muchísimo, porque de pronto todas las cosas horribles servían para algo, podía reírme de mí y de mis errores y estupideces; lloraba o me enojaba, pero se me quitaba pronto y sobre todo, ya no estaba limitada al espacio de la gompa y del ratito de meditación para hacer mis prácticas, sino que podía llevar todo lo que aprendía en la meditación a la escuelita y seguir con mis prácticas.
     Me imagino que todo este rollo les debe de sonar chocante a los ateos y a los no creyentes; lo lamento, de verdad, sobre todo porque su falta de fe me da pena aunque entiendo que es su decisión y su bronca. Pues ni modo, así también es mi decisión y mi bronca que todo en mi vida, y sobre todo de mi vida en Jalalpa, me parezca que es digna de ser usada como enseñanza. En Jalalpa aprendí que esta vida no es más que una práctica para la muerte.
     Así, pues, como es la usanza en el Budadharma, dedico ahora todo mi esfuerzo de esta larga práctica que duró más de once años en la prepa de Jalalpa, así como cualquier mérito obtenido, para beneficio de todos los seres.
     

Mutilación

Alarga las manos, ¡no las muevas!: vamos a cortar; será un pedacito, no más. Está fracturado, no hay nada qué hacer; los tumores son...