Cuando a mis compatriotos (a los que, de por sí, quiero poco y mal) su amado Gatell (al que adoran pero igual no lo pelan) les dijo que va a comenzar la vuelta a la normalidad, lo que entró en sus cabecita de cacahuate fue: "ya se acabó la pandemia".
Mi salida semanal al tianguis dejó ver que en mi pedacito de alcaldía el confinamiento (que de por sí nunca funcionó) ya bailó: a diferencia del domingo pasado, hoy estaba hasta su madre de gente, los precios altísimos - cabe suponer que los marchantes quieren recuperar el tiempo perdido-, un güey ofrecía pedazos de melón clavados en la punta de un cuchillo, el cual juraba que había desinfectado con clarasol, y en los puestos de comida (¡¿cuál virus?!) los tablones vueltos mesas ya estaban listos para recibir a decenas de comensales.
Y la gente grosera, alevosa, ojete: como siempre. Y sin tapabocas. Eso sí, hay un puesto donde venden caretas y cubrebocas; pero está vacío.
Así que ahora vamos a jugar al juego de los virus mutantes: ¿hacia dónde mutará el covid? ¿Se volverá inocuo y les dará a los poco amados compatriotos ocasión de decir "ya ven: era puro cuento"?, ¿o se volverá, ahora sí, un capitán Trotamundos?
Pacheco tenía la pluma atascada de razón cuando escribió "Alta traición".
Necesito escribir para entender de qué está hecho el entramado del mundo; cómo es que no se cae a pedazos al transitarlo; cómo es que no estalla cada que lo miro...
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Mutilación
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