noviembre 24, 2011

Siempre de uno en uno



Cuando eres maestro, es muy importante saber que uno más uno da uno; al que le dé por querer contar estudiantes por docena, está jodido y mejor que se dedique a otra cosa.
            Voy a ponerles un ejemplo, a ver si logro aclarar mis ideas, que hoy están muy esquivas: cuando era jovencita, mi mamá me compró unos zapatitos azules muy bonitos, de tacón. Era éste un tacón diminuto y bien coqueto; pero tacón al fin y al cabo, estaban diseñados para caminar así bien mona por la calle y no para ir corriendo como chiva loca en una divertidísima persecución con mi hermano. Y, bueno, pasó lo que tenía que pasar: el tacón se patinó sobre la banqueta, perdí pie y caí cuan larga era (y ya tenía la estatura que tenía ahora, así que imagínense nomás qué costalazo tan cabrón me puse). Fue tal el madrazo, que se me salió el aire. Mi hermano seguía muerto de la risa, en parte por mi caída, en parte por la inercia de la persecución, pero pasaron los segundos y yo no lloraba; no me levantaba; no me movía ni emitía sonido alguno; recuerdo que no sólo no me dolía sino que no sentía nada: es que no podía respirar. Hasta que, de pronto, sentí un fuerte ¡crac! a la altura del diafragma y una larga bocanada de aire penetró por fin en mis pulmones. Y entonces que me dolió.
            Pues hagan ustedes de cuenta que de los 15 años que llevo dando clases, trabajar en el IEMS ha hecho las veces de ese costalazo tan bárbaro; de varios costalazos, de hecho, uno detrás de otro. No me voy a poner aquí a contar las historias que me han confiado, ni mucho menos a dar cuenta de mi afán por ayudar a quienes me las confiaron -los que me conocen saben muy bien lo que he hecho y dejado de hacer por mis estudiantes, así que no hace falta entrar en detalles-; lo importante es que después de oír todo lo que yo he oído en esa escuela, y de haberme sentido inútil e impotente, incapaz de hacer nada realmente efectivo más que escuchar y hablar y de nuevo escuchar, un día, simplemente, dejé de sentir; ya no siento ni angustia, ni amargura, ni dolor de ningún tipo; y no es que me haya vuelto insensible ni indiferente; es sólo que, como aquel día lejano en la corretiza con mi hermano, le entré a esto de ser maestra con muchas ganas y mucha alegría, y ahora no puedo ni respirar.
            Corrijo: no podía; hasta ayer.
            Resulta que el viernes pasado me llegó un críptico mensaje de uno que fue mi compañero en el IEMS y que, en breve, me urgía a ver una película llamada Detachment (mal traducida como Indiferencia, pero que en realidad debería titularse “Desapego”). Como estamos hablando de un amigo muy, muy amado, lo voy a llamar “Christos”, en recuerdo de su fe inquebrantable y de la certeza absoluta con la que afirmaba que Dios es superabundancia de amor... una afirmación que toma tintes místicos y casi de mártir cuando se la oyes  a un maestro de Jalalpa.
            Total, que no pude ir en seguida, pero ayer por fin y apenas a tiempo, logré ir a ver la película en cuestión.
            ¡Ay!
            ¡¡Ay!!
            Fue como esa bocanada de aire que abre los pulmones y despierta de golpe el sistema nervioso después del costalazo, sólo que en lugar del diafragma, fue el espíritu el que hizo ¡crac! antes de que una avalancha de emociones sepultara cualquier vestigio de racionalidad y me acabara la bolsita de kleenex que llevaba conmigo (por cierto: no coman palomitas mientras lloran, porque se escalda la lengua).
            Estoy -qué claro me quedó después de ver esta película- mucho más cerca de ese maestro de lo que habitualmente estaría dispuesta a aceptar; “Indiferencia” es una pésima traducción: ese maestro es lo que se quiera, menos indiferente. Yo lo entiendo; es que es tanta la angustia, que en algún punto pierde los contornos y se funde con lo que sientes a lo largo del día, de modo que todo lo que piensas y sientes está siempre mezclado con esa angustia sorda, y por eso te vuelves duro y por eso ya no lloras cada vez que llegan con sus historias, y por eso los regañas en lugar de compadecerlos, y por eso..., ¿ves?: por eso.
            No es indiferencia. Es un dolor largo; es una tristeza difícil de enfrentar; es un intento inútil por mantener alguna cabrona distancia que te salve del desgarramiento por ver a otro chavo que se pierde y es como si te lo arrancaran de los brazos, o como si te lo arrancaran con todo y brazos.
            El profe de la película, de plano, se lleva a su casa  a una escuincla (que no es su estudiante, pero tiene la misma edad y se anda prostituyendo) para sacarla de la calle y ofrecerle una oportunidad. Me recordó algo que a veces dice el Brujo (otro maestro del IEMS de Jalalpa, que es joven aún y por eso la angustia todavía no le ensordece el corazón): que él quisiera poder sacar a varios de estos de esas casas espantosas en las que malviven y hacerse cargo de ellos, ofrecerles una vida segura, que se sientan amados y protegidos, que sepan cuán incuestionablemente valiosos son; que tengan aunque sea la oportunidad de elegir. Darles la confianza y la seguridad que sus inútiles e ignorantes progenitores han sido incapaces de ofrecerles (por cierto, hay otro profesor en la película que dice que los papás de los escuincles son idiotas y son además los principales culpables de que a los chavos todo les valga madres, y el protagonista dice que se le debería hacer una prueba especial a la gente antes de permitirle tener hijos. ¡¡Cómo, pero de veras no saben ustedes cómo y hasta qué punto estoy de acuerdo con ambos personajes!!). Pero no podemos. La última vez que deseé fervientemente agarrar a una escuincla y llevármela a mi casa para rescatarla de las bestias peludas que tiene por padres fue hace más de dos años. Por supuesto, no lo hice. De todas maneras, la escuincla ya valió madres y su vida es ese “carnaval de dolor“ del que habla la psicóloga de la película. Por eso no me la llevé, porque ya sé en qué suelen acabar estas cosas; ya sé que, en realidad, nada depende de mí. Además, ya lo hice antes, cuando empecé en este negocio: tan joven que los otros maestros me confundían con una estudiante, yo “adoptaba” a mis chamacos y me los llevaba de vez en cuando a mi casa a comer, a dormir.
            Yo... no sé muy bien si seré capaz de escribir lo que necesito decir...

                        ...sólo sé que al primero que me salga con que los maestros hacemos una labor maravillosa o pretenda echarme porras o darme las gracias o cualquier cosa que se le parezca, le voy a dejar de hablar por mucho, mucho tiempo. No estoy escribiendo esto para dejarme caer y que me levanten; lo estoy escribiendo porque ya no puedo ni hablar ni callarme, y gritar dejó de ser una opción hace mucho tiempo. Dar clases a adolescentes que además son del IEMS y que además viven en Jalalpa, es una sima que sólo conocemos los que damos clases ahí; mucho les voy a agradecer a los demás que me escuchen sin decir nada: en Jalalpa no existe la “labor maravillosa”, sino que siempre estás en falta: siempre sabes que faltó hacer más, que no fue suficiente, que quién sabe qué chingados sea lo que hace falta, pero ciertamente tú no lo tienes y sin embargo, ya estás ahí y no puedes detenerte ni hacerte el ciego (aunque hay quien a fuerza de desesperanza, lo logra y no se entera de nada, y yo quién soy para echárselos en cara).
            En Jalalpa ser maestro es ser un necio.
            Hay una escena en la película en que el protagonista dice que todos los profesores hemos creído en algún momento que podemos hacer la diferencia, pero que al final lo único cierto es que les fallamos. La primera vez que lo dijo, se me encogió el cuerpo en el asiento del cine y pensé con una voz que gritaba en mi cabeza: “¡No es cierto, yo no le he fallado a nadie! ¡Yo he hecho todo lo que he podido! ¡Nadie puede decir que no he hecho todo lo posible! ¡¡Yo no le he fallado a nadie!” Pero lo cierto es que le he fallado a mucha gente; me di cuenta la segunda vez que el personaje lo dice: ”les fallamos a ellos [a los estudiantes] y a nosotros mismos”.
            Le mandé un mensaje a Christos y le dije que ya vi Detachment y que el profe de la película tiene razón: yo les fallo a ellos porque no puedo salvarlos a todos, y me fallo a mí misma por seguirlo intentando; porque no me quito; porque no me rindo. Porque al que he arrancado de la calle, de las drogas, de las bandas de criminales, de la desesperación, de padres golpeadores o violadores y de futuros espantosos, al paso de los años me contacta -el facebook es un invento del demonio, me cae- y me entero de que ese (o esa, ya no sé; son tantos) por el cual me la jugué en su momento, acabó llevando una vida jodida y adocenada, que ya no siguió estudiando, que ya tiene un hijo, que trabaja de dependiente en X tienda y que, para acabar más pronto, le dijeron que nació para maceta y que nunca iba a pasar del rincón más oscuro del corredor, pero llegué yo con mis pinches ideas raras y lo convencí de ponerle rueditas a la maceta y chingue a su madre, vámonos de aquí, y todo para que acabe regresándose al puto corredor... No puede ser. 
             Y ya sé, sí, ya sé que no son todos, que algunos sí le siguen, que algunos sí le echan ganas, que algunos se amachinan y se forjan vidas que valen la pena ser vividas... ¡sí, ya lo sé! Pero, ¿cuántos?
          Una vez Christos se angustió mucho por el futuro tan incierto de nuestros estudiantes -esto fue poco antes de que él decidiera irse- y yo le dije que no somos la Madre Teresa pero sí le hacemos caso, e igual que ella en el IEMS no contamos de diez en diez, sino de uno en uno. Siempre de uno en uno. Sólo puedes ayudar a uno cada vez y su salvación depende de ellos mismos y no de nosotros. Que nosotros hacemos lo que podemos, y aun más, pero no más. Que no vea a los diez que valen madre, sino a ése que lo logró. Claramente, no fui muy convincente que digamos porque, al final, Christos se fue. Hizo bien. También yo me iría, si pudiera.
            ¡Pero no me voy: ese es el punto!; y me preocupa que mañana se habrá calmado esta tormenta a escala dentro de mí y volveré a la placidez de mi insensibilidad, por lo menos hasta que algo horrible vuelva a suceder (por ejemplo, la próxima vez que tenga que mandar a un/a estudiante a hacerse placas del cráneo, a ver si no hay fractura por efecto del madrazo que le puso su mamá o su papá); pero, por lo pronto, lo que realmente me preocupa es que no logro recordar cómo se le hace para contar de uno en uno sin llegar a dos.


PD ¡Ay, de aquél al que se le ocurra pretender consolarme!: ¡resistan la tentación! En todo caso..., gracias por escuchar.

La última página de este libro

Comencé este blog como un juego; uno que muy pronto se convirtió en uno cortazariano: mortalmente serio.             Me encantó esc...