noviembre 23, 2016

Una maestra lloró

¿Cómo explicar lo que cansa y arde en la mente?, todas las dudas, todo lo que me cuestiono y no entiendo...
       En agosto del año entrante cumpliré 20 años de estar en este peculiar negocio que es la enseñanza; y lo que sé hasta ahora es que es un asunto impredecible, adictivo, en el que hay toda clase de colegas pero desafortunadamente parece ser un imán que atrae a gente fea a la que le encanta que la llamen "profesor" aunque no tenga vocación de servicio ni compasión ni ganas de hacer bien las cosas. También sé esto: parafraseando a James Herriot -que era veterinario rural-, esta profesión está llena de oportunidades de hacer el ridículo a cada momento. Y sí, ¡ya lo creo que sí! Eso ya no me lastima; de hecho, me hace bastante gracia, hace que la vida sea menos seria, más tranquila y amable: "sí, la cajeteé, y qué y qué" es una suerte de mantra poderosísimo cuando sales de una clase en la que todo salió del nabo porque hiciste todo mal.
       No; saberse imperfecto y aceptar las propias limitaciones no lastima; lo que me lastima son cosas como la que sucedieron hoy en la Escuelita Bis (oséase, la prepa donde me pagan lo que necesito para vivir, porque mi adorada UNAM, aunque adorada, sólo me da alimento para el corazón, el alma, el espíritu y todo lo demás que no requiere manutención económica). 
       La cosa estuvo así: hubo una súper junta a la que asistimos 6 profesores y la coordinadora (los demás fingieron demencia o se hicieron los desentendidos, no sé). Tras hora y media de diapositivas en power point quedamos aleccionados sobre los siguientes puntos: que los prefectos, que son punto menos que administrativos con -si acaso- la secundaria terminada, están para vigilar a los profesores, no a los alumnos, y que son ellos quienes evalúan si los profesores a los que vigilan desde los pasillos tienen o no control de grupo, dependiendo de si el grupo está trabajando o echando desmadre (el trabajo en equipo califica por supuesto, desde el pasillo y desde la mirada de la prefecta, como desmadre), de si se cumple la regla de no comer ni beber absolutamente nada, y de si están callados y trabajando o bien, riendo y encantados. 
       También nos exigieron que diéramos cuentas de por qué reprobó más del 40% del grupo el segundo examen parcial, en los casos en que tal fue el resultado, y que debemos enviar un plan de acción maravilloso en el que diremos qué pensamos hacer para arreglar eso -debo hacer notar que faltan dos semanas para el examen final, así que supongo que deberá ser un "plan de acción exprés"-, teniendo mucho cuidado de no regalarles nada, de calificar estrictamente el examen y no darles ni medio punto extra. Pero que no reprueben.
      Otra de las cosas que me emocionaron muchísimo fue enterarme de que soy una inútil, porque no he hecho la mitad de lo que la institución pide que haga; o sea, yo sólo preparo mis clases, busco lecturas, invento estrategias específicas para cada tema, imparto las clases a diario de 7 a 9 (para lo cual hay que pararse a las 5:30 am), diseño exámenes, 4 distintos por cada periodo, los califico, hago la "lectura de examen" -no entraré en detalles: es una jalada que quita una clase entera de tiempo y que sirve para que la institución se guarde las espaldas-, leo y califico tareas, entro a juntas -tan padres que son- y hago todo lo que a los coordinadores se les ocurre. Perooooo..., no he tomado sus cursos; no uso el blackboard; insisto en que los chicos adquieran dsiciplina, mental y académica; al dirigirme a mis estudiantes, de "corazón" y "mi vida" no los bajo, y me vale madres si me evalúan alto o bajo. Así que soy un fraude, según ellos.
       ¿Ya mencioné que los grupos son de 60? Pues sí. 60 muchachitos preciosos de entre 17 y 20 años, plegados cual acordeones en banquitas ridículas y hechos bolas en salones diseñados para 40. Puedes hacer lo que quieras con ellos, siempre y cuando no repruebes a más del 39%, por ninguna razón se salgan o los saques del salón y no destrocen el mobiliario.
       A nadie le importa si saben o no, o si el libro de texto es adecuado -nos exigen que los obliguemos a comprarlo y que "procuremos" usarlo, nada más-, ni si los conocimientos que adquieren son necesarios (?) o útiles (??) o interesantes ("¡ay, maestra, por favor!, ¡ya leerán lo que les guste cuando entren a la universidad!", me dijo un tipo que dice ser uno de los coordinadores). 
       La cereza del pastel es que no pagan lo que prometieron cuando uno, ingenuamente, aceptó trabajar ahí porque 122 pesos la hora no suenan nada, nada mal... lástima que al llegar la quincena nunca es esa la cantidad depositada.
      En resumidas cuentas, en esta escuela, como en tantas otras, a la institución no le importan los alumnos sino sólo el dinero que sus padres pagan, pero los tratan como pollos en engorda, de esos que se ven en los videos de PETA, embutidos en jaulitas, deformes y mutilados... pues así están mis muchachitos: metido como pollitos en salones-jaula abarrotados, con el corazón ya deformado y la ética mutilada sin haberla apenas usado, entrenados para irle a llorar al adulto que se deje cada vez que sienten peligrar su condición de pollito en engorda. Pero no es su culpa, lo repetiré hasta que se me seque la boca: la culpa no es de los chicos. Es de la institución asquerosa y de sus quizá bienintencionados pero sin duda inútiles padres.

Ahora bien; para que no se diga que no son parejos, en esta institución tampoco aprecian a sus maestros. En efecto, hoy nos enteramos de que un grupo hizo llorar a una maestra, ¡dos veces! Que el grupo pareció haber disfrutado de torturar a la maestra. Que la maestra ya renunció. Por supuesto, yo calladita me veo como pa' Miss Universo, pero me espantó darme cuenta de que los colegas que contaban el caso estaban disfrutando con el chisme, que se sentían orgullosos de sí mismos porque llevan ahí ya varios años y no hay alumno capaz de hacerlos llorar (a mí me daría vergüenza aceptar públicamente que soy tan mediocre que he gastado AÑOS de mi vida en ese lugar, pero, bueno... cada quien). Sin embargo, lo que más me sorprendió fue la total falta de empatía o compasión hacia la profesora. 
       La última enseñanza que recibí en esa junta horrenda me la dio mi propio corazón: supe que el error lo cometí yo porque no entendí, hasta hoy, que no me contrataron para enseñar literatura, sino para preparar a grupos inmensos de chiquitos para un examen. Que me contrataron, ni siquiera para niñera sino como guardapaquetes. Que en ese panóptico los vigilantes están todos vigilándome a mí. Que nadie en esa escuela espera nada de mis muchachitos y que ellos mismos están siendo instruidos para que tampoco esperen nada de sí mismos, así que ya sólo se esperanzan en "panzar" los exámenes o en que el tipo asqueroso que se hace pasar por profesor les dé la lista de "lo que va a querer para su examen", a saber, chamarras, carteras, depósitos... Entendí que los papás de esos niños o no los quieren y por eso los obligan a permanecer en ese lugar de espanto que no se merece el sagrado nombre de "escuela", o bien están en la luna y no saben lo que de verdad está sucediendo ahí adentro, y le godinean sabroso porque están convencidos de estar pagándole a sus hijos "una buena educación". O no les importa, simple y llanamente.
       Pero eso, eso no es una escuela; es un negocio; y los clientes son los padres que pagan las colegiaturas. Los profesores no somos sino mano de obra calificada y los muchachos, ¡ay!, ¡mis estudiantes con sus mentes preciosas!, ellos son los que pagan el plato roto; ellos son los que quedan en medio, los que no le importan a nadie. Esa junta trató de todo, menos de ellos, de lo que necesitan, de sus temores y urgencias. 

Miren, yo he trabajado en escuelas feas; en escuelas pobres o mal organizadas, o atrapadas entre el sindicato y la patronal; he trabajado en escuelas donde los colegas son más peligrosos y agresivos que cualquier estudiante; he trabajado en escuelas de rechazados donde daba miedo avanzar por el pasillo lleno de muchachos malintencionados y sólo dejaba de temblar al entrar en mi propio salón y ver las caras de mis propios estudiantes. Pero nunca había trabajado en una "empresa educativa". Prometo no volver a hacerlo, nomás termine este ciclo lectivo. Ojalá nunca vuelva a cometer el error de dejarme engañar o sentirme tan angustiada por lana que acepte trabajar en un lugar de esos. Y sobre todo, ojalá ninguno de mis estudiantes de la UNAM, ni mucho menos mi adjunto, que es la niña de mis ojos y a quien justamente estoy entrenando para que sea un profesor lúcido y riguroso, pero también compasivo, honesto y humano, que nunca ninguno de ellos caiga en las garras de una de esas empresas infernales que le deforman el espíritu a los adolescentes con la anuencia de sus padres.
       ¿Saben ustedes por qué me niego a llamar escuela a ese antro en el que con engaños entré a trabajar?; permítanme una brevísima cápsula cultural, sólo con  fines argumentativos: escuela viene del griego σχολἠ, que originariamente significaba “descanso”, “tiempo libre”, “ocio” “paz”, “tranquilidad” y se refería al espacio de tiempo que uno apartaba de la vida cotidiana para dedicarlo al estudio, al goce estético y al cultivo de sí mismo con el objetivo de humanizarse... ¡Ay!, ¡mis colegas ni siquiera se saben el nombre de sus alumnos, sobrepasados por el número de chicos en sus salones y por su propia falta de interés!
       En la junta, tampoco nadie se sabía el nombre de la maestra que lloró.

La última página de este libro

Comencé este blog como un juego; uno que muy pronto se convirtió en uno cortazariano: mortalmente serio.             Me encantó esc...