febrero 12, 2012

Los ateos ilustrados

¿Qué les duele tanto a los ateos en los creyentes? ¿Será que la falta en que los tiene sumergidos su ateísmo no les permite ver en otros felicidad ni tranquilidad alguna? Se vuelven beligerantes y toman actitudes para con la religión del otro que nunca se atreverían a tomar respecto a la misma persona si el tema no fuera de índole religioso.
            Por ejemplo, esta semana un conocido que se precia de tener un doctorado aunque no ha cumplido aún los 40, se burló de mí por ser budista. La discusión empezó porque él dio información mezclada e incorrecta entre hinduismo y budismo; le aclaré que eso que estaba diciendo no era budista pero su respuesta fue un gesto con la mano que significaba “Como sea”. Aquí cabe mencionar que estamos hablando de un hombre inteligente, ingenioso, con una cultura amplia, que se tiene bien leído a Nietzsche; estamos hablando de alguien que, sobre cualquier otro tema, procurará siempre ser exacto en lo que dice y, si no es así, escuchará con interés información nueva… excepto si hablamos de religión.
            Aun más: estamos hablando de alguien que me aprecia y que suele tratarme con respeto y bonhomía, pero que al hablar de religión se volvió torpe y cerrado, como si fuera cualquier ignorante que no sabe que el Vacío budista no es la Nada ni tiene que ver con el Nihilismo occidental.
            Total que, cuando empezó a quedar claro que mi interlocutor no maneja bien el tema del budismo y así no es posible discutir a gusto, cambiamos de tema, lo cual me pareció muy bien porque hay pocas cosas más irritantes que alguien que sólo discute para ganar pero no tiene ni los conocimientos ni la habilidad argumentativa para hacerlo.
            Llegó la hora de despedirnos; él se veía todavía molesto y con un tono así, ligero, como sin darle mucha importancia, me preguntó: “¿comes carne?” “Sí”, respondí. Él soltó una carcajada que quiso ser triunfal y exclamó: “¡Ah!, ¡entonces no eres budista!”, y se fue muy contento.
            ¿Por qué le dio tanto gusto a este sujeto que yo no siguiera uno de los preceptos tradicionales del budismo?; otra vez, sorprendentemente cerrado y torpe, no sabe que el vegetarianismo no es obligatorio, ni siquiera para los monjes, aunque para todos nosotros es deseable por razones éticas.
            Últimamente me pasa mucho; como que el ateísmo se volvió a poner de moda en los círculos académicos de “cierto nivel”; en efecto, hay gente en los “altos círculos académicos” (y en otros que no son tan altos ni tan académicos, también) que se ha dado el lujo de tratarme como si tuviera algo mal en la cabeza, como si ser creyente fuera una enfermedad que hubiera debido quitárseme junto con la ignorancia conforme fui estudiando la licenciatura y con más razón ahora en el posgrado. 
              Y es que he aquí que estoy estudiando una maestría en la que nos dedicamos, entre otras cosas pero predominantemente, a pensar sobre la violencia y sobre la manera como se conforman la subjetividad y los lazos sociales, y me resulta extraño –pero de veras peculiar– que no se hable de religión más que para vilipendiarla o para burlarse, pero no hay un análisis serio ni se reflexiona sobre los límites y alcances de la religión (la que sea) como un método muy efectivo y deseable para disciplinar al corazón y al espíritu (o alma o como le quieran llamar). O sea, se piensa en la religión sólo como aparato de poder occidental judeocristiano y en los creyentes sólo como masas idiotizadas, pero nunca se piensa en serio sobre los alcances espirituales que una práctica religiosa determinada ejerce sobre los sujetos en lo individual. Y yo de veras me pregunto, ¿cómo se puede pensar en lo subjetivo sin pensar también en lo “metafísico” (término que ahora se usa eufemísticamente para referirse a lo religioso)?
            Uno de los alegatos favoritos de los ateos es que la religión es “una invención”; y sí, por supuesto que lo es, igual que el arte y la ciencia, ¿y eso qué?, no entiendo dónde está su problema. Que las religiones cuentan puras mentiras; ¿y la ciencia no?; por supuesto que sí, pero no sólo mentiras, con frecuencia hay algo de verdad (con minúscula, tampoco se la vayan a creer) en la ciencia, igual que las religiones. Pensemos, sin embargo, en que son mentiras sólo para el que no se las cree. El científico, igual que un cristiano con su Biblia, jura que sus cuentos chinos –por ejemplo, que los medicamentos no son venenos, sino sustancias que devuelven la salud– no son tales, sino que son el fundamento de todos sus saberes y eso por sí sólo los legitima y los vuelve Verdades. ¿Entonces, qué?; llega un punto en que ciencia y religión comienzan a parecer lo mismo, invenciones, quizá necesarias, por las que sus "fans" se vuelven locos; el problema viene cuando cada uno cree que su filiación -científica o religiosa- es la única válida y  hay que convencer al otro de que "entre en razón" o bien, "con la pena", eliminarlo.
            Otro de sus alegatos es que la religión es una manera de manipular a las personas y, por lo tanto, aquel que pertenezca abiertamente a una, es alguien que se deja manipular por fantasías y por líderes fantoches. O sea, siguen con el rollo de que “la religión es el opio de los pueblos” y eso nos convierte a los creyentes en adictos. Estamos –de nuevo– hablando de gente que se cree culta; y por eso mismo, su falta de memoria histórica me pone nerviosa: ese mismo argumento usaron los chinos para invadir, a sangre y fuego, el Tíbet; con ese mismo argumento han destruido templos, asesinado monjes, violado monjas y prohibido el uso del idioma tibetano dentro del mismo Tíbet. Ese fue el argumento con el que tildaron a los tibetanos de “ignorantes” y con el cual legitimaron la invasión y el tratamiento que hasta la fecha les dan a los tibetanos que aún viven en el Tíbet a pesar de la ocupación china, de ciudadanos de segunda clase. Con ese argumento los obligan a hablar en chino y les prohíben ejercer su religión, celebrar sus rituales y tener ciertos trabajos.
            Cuando les hablo de los ateos, a quienes me refiero es a unos que se creen más listos que los creyentes, pero además, se creen gente decente; gente que no puede ver que maltraten a un niño o a un animalito o a una mujer –aunque no siempre en ese orden… con frecuencia les preocupan sólo los animales, sobre todo los de compañía, y a veces las mujeres; los niños no tanto, no sé por qué; habría que reflexionar también al respecto…–; es gente que se piensa a sí misma como culta y libre, y que nunca aceptaría sobre sí una acusación de discriminación. Empero, no importa cuán inteligentes o cultos sean, estar frente a una persona de fe los enerva y los vuelve groseros e ignorantes; y si el creyente es además alguien instruido, se ponen todavía peor.
            Me pregunto qué suponen que están haciendo sino discriminar a los creyentes cada vez que se burlan de una religión. Peor aún, no se dan cuenta de que ponen en evidencia su educación ilustrada y anacrónica, su cientificismo ateo, el dolor indescriptible que les provoca saberse mortales… Para agravar las cosas, se sienten orgullosos (¡mi vida: qué encanto de criaturas!) y hasta valientes por la ficción de “libertad” en que se hayan hundidos para poder aguantar su soledad y su falta de disciplina espirituales; así dicen ellos, que prefieren “ser libres al yugo de una religión”… ¡Órale!, ¡qué valientes!
            Y qué tristes; qué personas más tristes son los ateos con doctorado.

2 comentarios:

  1. Esperate a que leguen a cierta edad y entonces se ponen a pensar: que tal si hay ALGO? y es cuando empieza su camino de dudas y recriminaciones. Dejalos ellos se lo pierden se creen autosuficientes hasta que descubren que no son omnipotentes mamá

    ResponderEliminar
  2. No son ateos. Son fervientes creyentes de los poderes sobrenaturales de los doctorados. Buen texto.

    ResponderEliminar

La última página de este libro

Comencé este blog como un juego; uno que muy pronto se convirtió en uno cortazariano: mortalmente serio.             Me encantó esc...