abril 16, 2015

Una tarde en el exilio


La exposición meXilio tiene un significado especial para mí: es la cristalización de hasta qué punto todo lo que podía salir mal, salió mal -y empeoró-, pero al final la ética y la rectitud funcionan, básicamente porque el perico dondequiera es verde y estos niños son chingones porque lo son.
          Les explico; meXilio consta de dos salas en el Ateneo Español de México (Hamburgo #6, colonia Juárez): una, amplia, atravesada por el medio por la mampara que anuncia la visión de los curadores, sus nombres, los nombres de los artistas y citas de quién sabe quién sobre lo que implica estar exiliado; y otra, tan pequeña que más bien parece el acceso a otra parte de la casa y que, justo por eso, cumple con largueza su cometido, ya que alberga la pieza sonora y visual más extraordinaria que he visto en años, y que se compone de música creada especialmente para la exhibición, tres poemas en su original en árabe y su traducción al español, la voz del poeta que lee su poesía en voz alta, y una composición fotográfica en dualidad donde se ven las ciudades bombardeadas -hogar abandonado- y al poeta en el exilio, aquí, en nuestra ciudad, todo en lacerante armonía. 
          Pues en este pequeño espacio, estos noveles curadores se las ingeniaron para crear un discurso a cuatro voces, sobrio y terrible, en torno al exilio, con base en la obra de tres artistas -dos poetas y un músico-, cuyos nombres andan por ahí arrojados en dos lugares inhóspitos de la muestra, diluyéndose, como efectivamente le sucede a un exiliado, en la mente del espectador por la incapacidad de entender tan extraño nombre en tan aun más extraña lengua.
          Tiene, sí, sus defectos la curaduría, y el discurso tiende, no lo niego, a estancarse en algunos puntos; en efecto, hay vacíos, no sólo discursivos sino inclusive físicos, que se podrían creer acordes con el vacío en que se ve sumido un exiliado, pero que sospecho que más bien fueron debidos a la inexperiencia.
         Y, sin embargo, me pareció que la muestra es excepcional, magnífica incluso. Conozco -como todos- el trabajo de muchos curadores con muchísima más experiencia que ni en sus sueños más autocomplacientes serían capaces de hacer lo que hicieron estos cuatro jóvenes ante el desafío de convertir el trabajo de dos poetas árabes en una muestra tangible, perceptible ante la vista, permeable ante la escucha.
         Tengo que ser honesta: mi corazón rebosa de alivio y satisfacción; me siento confortada y al fin podré, en lo que a ese diplomado respecta, dormir tranquila, pues mi objetivo último, el más desesperado y que en un momento dado pareció imposible, se cumplió... Porque, miren ustedes, en meXilio es posible observar con claridad lo que Isaura, Alfredo, Karla y Valentina hicieron con las herramientas que les dimos, y que en mi caso, son las poquititas que las circunstancias y los Codiciosos me permitieron dar, pero que entregué de corazón, con toda la generosidad que pude reunir y poniendo en esa enseñanza todos mis saberes en juego. 
          Supe que la luz y la honestidad ganaron la partida cuando leí el programa y vi las listas de nombres en la mampara, y sólo vi sus cuatro nombres como curadores y responsables de la gestión; los de los artistas; los de sus patrocinadores, y los de aquellos a quienes debían su agradecimiento, pero no el mío. Mi nombre no estaba ahí. No está en ningún lado, porque es SU trabajo. Suyo y solamente de ellos. Y esto, la ausencia de mi nombre (y el de otros más que nada se merecen), esa ausencia me calienta el corazón y aquieta mi mente: lo logré. Salvé su trabajo de los Codiciosos, y con ello, mi prestigio, el suyo y, calladamente, el de mi Universidad. Ya puedo decir de nuevo, con los labios limpios como si me hubiera enjuagado la boca con agua fresca: "Por mi raza hablará el espíritu". 

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