agosto 05, 2016

Pintar lo sentido

En la maestría un profesor nos habló una vez de unos pintores en Japón que asistían al festival de las flores de cerezo -el cual es aparentemente de una belleza delirante- y miraban las flores, delicadas y perfectas, llover sobre la gente, sobre las calles y los ríos durante dos días: la Naturaleza dando cátedra sobre el principio de la impermanencia. Miraban y miraban estos artistas, y cuando la última de las flores caía, se iban a casa, llenos de todo lo que habían presenciado, a pintar lo que habían sentido.
       Así yo hoy vengo y escribo aquí lo que he sentido. He estado caminando la ciudad de noche. La he caminado por lugares en los que los árboles son altísimos y forman sobre nuestras frentes bellísimas cúpulas vegetales, tras las cuales se alcanza a vislumbrar la otra bóveda, la que es marca de agua del universo; y se me figura que los árboles han de estar enamorados del cielo porque éste es tan alto y magnífico que aquellos jamás lo alcanzan, ni siquiera lo rozan.
      Yo llevaba puestos los audífonos; escuchaba una lista de reproducción que grabó mi hermano para mí con música de lo que en los ochentas entendíamos por rock progresivo, y la noche se columpiaba en esos espacios que se forman entre lluvia y lluvia, cuando no se ha acabado de secar el aguacero anterior cuando ya otro se cierne y se puede sentir la humedad del ambiente en la piel y en el cabello; entonces alcé la vista y vi los troncos en sombra cuyas siluetas se recortaban sobre el cielo iluminado de la ciudad, y recordé...
       ...a Martha en Guanajuato, donde según mi memoria siempre está lloviendo en octubre; recordé su voz explicándome algún pliegue que por mí misma no había podido descifrar de la vida, mientras retenía su sombrero con las manos, fuertes, finas y blancas; y así yo hoy me quité mi propio sombrero para poder levantar la barbilla, como si un hombre arbóreo descendiera desde su gran altura y con dedos de niebla me alzara la cara para besarme
       ...a Mertens aquella tarde en aquel teatro, cuando recordé de golpe que de jovencita mi sostén principal había sido la música, pero luego lo olvidé, y al oír las primeras notas de "Their duet" las lágrimas me surcaron la carne del rostro, hendiéndola, recuperando eso que me sostuviera por tantos años y que perdí en el camino a fuerza de decepción y desamparo, y que Mertens me devolvió entero: la música, vórtice y puntal de mi vida. Así yo miré esta noche el cielo a través de la enramada mientras escuchaba a Duran Duran cantar "Chauffeur", con su leit motiv hipnótico y siniestro, y absurdamente prodigioso porque entreverado en sus compases está mi nombre escrito
       ...a Lobacio, mi amigo imaginario: ya una vez me dejé invadir de maravilla ante esa cúpula, pero de día; los mil brillos destellantes, el movimiento perenne de las hojas, todos los tonos posibles de verde se trasladaban con la luz de hoja en hoja, de árbol en árbol bajo el sol rasante de la tarde; entonces quise escribir un poemario en el que diera cuenta de toda, toda, toda esa belleza: la luz, los árboles, el verde, las sombras, los perfiles de los árboles, el olor de los troncos, de la tierra, de las ramas... Y le pregunté a Lobacio qué le parecía la idea, pero debe haber juzgado que la empresa era superior a mis fuerzas porque no me contestó, así que nunca lo escribí; pero hoy de nuevo miré esa belleza, amenazadora y magnífica, en el cielo, y recordé los ojos azules de mi amigo y comencé a pensar poesía bajo esa nocturna cúpula cenital
       ...pero sobre todo, me recordé a mí misma, atrapada en esta piel, con esta falta de belleza tan brutal comparada con la belleza verdadera de los árboles que me rodeaban, y recordé también que esta mañana apenas leí a Rosales para mí misma, sólo para reconfortarme con la perfección de su verso redivivo al contacto con el beso de mi aliento. Entonces pensé que no acabo de ser la mejor versión de mí misma; que soy sólo versiones y ningún "mí misma"; que soy esos árboles bajo este cielo; que tan sólo me concedo el que mi cabello sea tan hermoso como la bóveda vegetal de las mil hojas, diminutas y perfectas. 
       Y del mismo modo que esa enramada oculta y a un tiempo espía el cielo, así quisiera yo que la humilde belleza contenida en mi cabello ocultara la torpeza e ingenuidad de mi pluma para dejar entrever, aunque fuera tan solo en brevísimo vislumbre, una rendija de la belleza potenciada que en alguna parte ínfima de mí habita, para que cabalgara sobre alguna de estas palabras, efímeras pero quizá, por lo mismo, perfectas.


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