enero 10, 2014

Una larga despedida (1)

Voy a reactivar esta cosa de una manera que me es del todo extraña. Habitualmente, escribiría esto en mi diario; cerraría al terminar el cuaderno; lo releería unas horas o días después, y hasta ahí. Esto, en cambio, va a ser público. Ya no importa por qué.

Hace once años y medio llegué al IEMS; tampoco es que fuera mi intención quedarme ahí más de una década. He visto ir y venir a un montón de gente; algunos fueron excelentes maestros y los lloré cuando se fueron. Otros eran un asco; qué bueno que se fueron. Ahora me voy yo. Sé que no fui un asco; me he asegurado de ello. Es más, mi trabajo en el IEMS, en Jalalpa, es de lo poquísimo que puedo asumir como mío, con orgullo y sin culpa: yo hice todo eso. Y me voy ahora, porque no quiero estar ahí cuando también yo me iba a convertir en una estúpida mediocre que maltrata escuinlces y se queja todo el día y todos los días del IEMS, pero cobra su quincena puntualmente y aun tiene el descaro de exigir mejores condiciones laborales. No; yo no voy a ser esa persona horrenda, porque no me voy a quedar a ver cómo sucede. Igual que cuando por fin decidí terminar con mi matrimonio, lo decido tras pensarlo larga, larga, largamente, y no sin haber intentado toda clase de cosas para ver si la que estaba mal era yo. Resultó que sí: la que está mal soy yo, porque los demás están muy a gusto; sólo yo quiero más; espero más, de mí, de mi capacidad para hacer valer esta vida.
Corto de golpe, con un solo tajo, que conste que estoy avisando que no voy a regresar; por supuesto, nadie me cree. No me conocen. Después de once años, no me conocen lo suficiente para saber que yo tardo mucho en decidirme, pero cuando finalmente lo hago, no hay marcha atrás. Cuando tomo una decisión, no renuncio a nada: en el instante mismo en que decido, las demás opciones desaparecen, como si jamás hubiera contado con ninguna otra opción –ni mejor, ni peor: ninguna otra- que la elegida. E igual que con aquel que fue mi Más Amado, también ahora me voy antes de que valga madre todo, porque ya vi que, irremediablemente, es ya imposible detener la corrosión; ya carcomió todas las capas que protegían el centro. Sólo queda puro e incólume mi amor por los muchachos: así sé que éste es, y no otro, el momento correcto de partir: justo antes de hacerles daño.
            Y sin embargo, heme aquí, justificando mi partida. Está bien. Ya que es eso lo que me descubro haciendo, he de hacerlo lo mejor posible, como todo, pues hoy una a la que quiero sinceramente y a la que considero mi amiga (sólo me llevo a cuatro amigos de ahí), me pidió cuentas, con tanta franqueza y tan honestamente dolida, que para ella y para los otros tres, y para mis amadísimos estudiantes (quienes jamás –qué mal hice mi trabajo en ese sentido-, jamás se atreven a pedirme cuentas de nada, tanto así me aman y tanto así confían y tan mal así los eduqué en las costumbres de cuestionar a cualquiera que se les plante enfrente),para ellos extiendo ahora esta justificación.
            Para mí será, en cambio, mi manera habitual de escribir el mundo para ver cómo es, para saber qué es esto que siento y quién es ahora ésta que escribe. Y en esta ocasión, mi manera de despedirme. Pues sólo es real aquello que escribo, me despido así, largamente y por escrito, para que sepan que todo es cierto: que me voy y que amé profundamente el IEMS y mi trabajo ahí; a Jalalpa con todo y presa y vacas radiactivas y arbolitos enclenques; las Horas de Lectura tirada en el piso con mis estudiantes; a mis compañeros profesores, aunque sé que ya no es mutuo, y a mis estudiantes. Sobre todo, para que sepan que amé profundamente a mis compañeros y a mis estudiantes.

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