enero 13, 2014

Una larga despedida (3)

Mi infancia fue, sin duda, un regalo de Mis Señores para que yo aprendiera paciencia, el arte de escurrirme antes de que me cayera el chahuiztle, prácticas avanzadas sobre la literatura como evasión y cómo aguantar vara mientras la Vida hacía el favor de convertirse en algo sano y agradable. Tuve, ya se ve, una infancia de ensueño.
     Una tarde, salí huyendo de mi casa hacia arriba en lugar de hacia la calle como acostumbraba. Atravesé las jaulas para tender la ropa y descubrí abierta una puertecita negra de metal que por única ocasión estaba sin candado, y que daba al techo inclinadísimo del edificio donde vivía con mis padres y mi hermano. Entonces me inventé un juego de lo más peligroso: caminé paso a pasito por el techo inclinado, a ver cuánto podía acercarme al borde antes de acobardarme. Una vez pasé de la mitad, pero no más; estaba muy alto y yo era una niña muy alta pero más bien flaquita, y sentía que el aire me impelía hacia adelante, hacia las copas de los árboles que se mecían allá abajo; parecía que podía alcanzarlos si saltaba. Recuerdo haberme acuclillado para sentir más firmes mis pies anclados en la gravilla del impermeabilizado, y entrecerré los ojos, y por un rato muy largo que duró toda la tarde, y luego muchas tardes más, fui Viento; me mecía y entonces fui Árbol; y levanté la vista y sentí el Cielo, azul, ¡profundamente azul!, protector, formidable, lleno de promesas… y me supe libre. Era apenas una niña y vivía llena de pavor, pero esa tarde no sé cómo supe que había algo más, más allá del miedo y de la noche. Y gracias a eso sobreviví hasta casi la adolescencia, cuando ya no hubo Cielo que me protegiera, ni árbol ni viento que me meciera en sus brazos; me quebré y pasé los siguientes años olvidada de esa libertad, y guareciéndome en mi inteligencia y en los libros, que eran lo único que me parecía confiable. Las tardes de bailar con árboles quedaron dormidas en alguna parte de mi memoria. 
     Y pasaron un montón de años.
   Y llegué a la Universidad. Para entonces, me había convertido en alguien muy, muy brillante y estúpidamente incapacitada para las relaciones interpersonales. Aun así, quería dar clases; tenía un montón de ideas raras sobre la extrema importancia de enseñar Literatura y cambiarle la vida a mis estudiantes (era un poquito arrogante yo); (pero nomás poquito); y estaba convencida de que para lograrlo había que tratar a los adolescentes con absoluto respeto, reconocer y alentar la inteligencia y las habilidades de cada cuál, lo más posible, darles a leer cosas chidas y llamarlos siempre por su nombre para que supieran que eran importantes para mí. Francamente, lo leo y me suena pueril, ingenuo y hasta ridículo; pero el caso es que, en la primera prepa donde trabajé, funcionó: los muchachitos de la Prepa 4 me introdujeron en una ciencia que ninguna escuela me había enseñado, con una paciencia que nadie me había mostrado: comencé a aprender a amarlos, gratis, sin importar quiénes fueran, nomás por existir cerca de mí. Y ellos me correspondieron adorándome. Lo malo fue que se me atravesó un amor y una huelga, y luego ambas cosas valieron madre y eso fue el colmo; ese año comenzó la noche más larga y la más oscura para mí. Ya había oído eso de que antes del amanecer es cuando está más oscuro; no lo creí. No tenía con qué creer nada. Pero, afortunadamente, las abuelitas tienen ojos agudos y dichos ciertos: cuando sentí que todo se había oscurecido en mi vida hasta un punto en el que empecé a sentir que nunca iba a haber nada mejor para mí, una lucecita diminuta apareció en el centro de esa oscuridad monstruosa: los muchachitos de Jalalpa.
     Ellos me enseñaron a calmarme, a reírme con las vísceras; a confiar, en mí y en ellos; a soñar de nuevo; a generar compasión; me permitieron aprender, con todas las metidas de pata que aprender implica, a alimentar mi corazón con su amor en lugar de con mi ira: sus manos ciñeron las mías; las suyas eran manitas infantiles que rápidamente se volvían amplias y fuertes, de hombres y mujeres jóvenes, mientras que las mías eran puños atascados de miedo y rabia, pero no se espantaban ni se echaban para atrás, sino que ciñeron mis manos con las suyas y las fueron abriendo con sus ojos limpios y sus esperanzas y sus terribles dolores, y fue como si cada lágrima fuera una llave que calzaba exacta con cada pliegue, cada grieta en mis puños, así fueron ellos abriendo mis manos, poco a poco, a veces con dulzura, a veces con violencia, hasta que sólo quedaron mis palmas abiertas.
     No se detuvieron, sino que lloraron sobre ellas, y con sus ojos y sus tonterías las lavaron y me otorgaron algo que yo no supe reconocer entonces, pero ahora veo que era un perdón puro, por ser quien era, y por no haber sido otra sino ésa que malamente los entendía, pero a los que adoré desde ese momento y hasta ahora y hasta siempre; y sus miedos, sus deseos, su pobreza, su futuro incierto, su dureza, su arrogancia e ingenuidad inundaron mi mente, mi corazón, mis días y mis noches. Mi vida entera fue suya y ellos no lo supieron; nunca se los dije.
     Entonces fue cuando comencé a desear seriamente ser mejor, mucho, muchísimo mejor de lo que era, de lo que soy, por ellos, para ellos, mientras todo lo demás a mi alrededor terminaba de derrumbarse, como si me preparara sin saberlo para construir todo de nuevo, desde cero. Todo se fue al carajo, parte por parte: mi matrimonio,  mis amistades, mi juventud, mi familia; y junto con ellos, las cavernas de terror en las que había vivido desde siempre.
    Y volví a escribir y aprendí a bailar, y la luz aquella diminuta dejó el pozo de oscuridad que me cubría, y se instaló en mi pecho, en mis manos, en mis ojos, para mirarlos a ellos –que ya no eran los mismos, sino otros muchachitos, pero hermosos e irritantes, maravillosos y terribles como son siempre y cada vez, tan dignos de ser amados y tan ignorantes de serlo, siempre–, mis estudiantes. Y la noche se cerró sobre mi cabeza, pura oscuridad, pura opresión: mis estudiantes no eran míos, no me querían como yo a ellos, no eran míos, me traicionaban…
     Hasta que, finalmente, amaneció.
   Y me vi fuera, bajo un cielo azul profundísimo, rayado de nubes blancas surcadas por aves y corrientes de aire, tirada en el patio de la escuelita en Jalalpa, junto a un arbolito enclenque, acompañada de un puñado de escuincles que leían tirados en el suelo, bien a gusto.
     Y recordé todo, todo, todo; primero el dolor; luego, el terror; después el frío, el miedo; a mi padre sonriendo, la mirada verde de mi madre, la voz lejana de mi hermano… mis patines… yo de niña… mis fotos de niñita, riendo y jugando al cíclope con mis tíos… y, al final, esperando por mí, completamente vivos y despiertos, el Cielo Azul, los Árboles y el Viento.
     Entonces descubrí frente a mí, rodeándome sin ceñirme, un grupo de muchachitos me miraba con curiosidad, los ojos llenos de inteligencia y risas. Y  me supe libre; y también supe que ellos también debían serlo; supe que no eran míos ni debían ser de nadie, más que de sí mismos, y les mostré mis sueños, mis  terrores, mis Cielos y el sonido del Viento. Los amé y fui lo mejor que pude, para ellos. Los convertí en mis Maestros y acepté ser su Maestra.
      Debo haber hecho algo bien para haberme merecido este privilegio que me sabe tan absurdo, ¿quién soy yo para merecer esto?, no lo sé, pero debo merecerlo, pues lo logré, por primera, única vez, logré amarlos sin que fueran míos. Y logré no ser la peor versión de mí misma, sino que por el contrario, inventé una, la mejor de todas, y la volví real, para ellos. Quise ser mejor de lo que era, para honrar su cariño; y resulta, ¡resulta, sí!, que lo logré.
     Espero sinceramente ser digna de lo que enseñé, que no fue sino esa misma ciencia de amor perfecto que ellos me regalaron, todos ellos, mis estudiantes de la prepa de Jalalpa.

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