febrero 07, 2014

El día que conocí a Ender

He aquí que estaba yo bien clavada en alguna de las múltiples ñoñerías que me ocupan usualmente, cuando mi Hermanita decidió sacarme a pasear y a que me diera el sol tantito; y luego, me llevó al cine. Estaba El Hobbit, pero ya chole, no más, por piedad. Entonces, quisimos ver El jazmín azul, pero ese día quien sabe qué pasó, pero no había horarios en ninguna sala; entonces Hermanita dijo: “¿Y El juego de Ender no se te antoja?”; pues no, la verdad no se me antojaba, porque era de extraterrestres y esas madres que, lo mismo que los zombis, nomás no me gustan. Pero no había otra cosa y  Hermanita me recordó que las palomitas de ese cine en particular son muy buenas; y órale pues, vamos a ver El juego de Ender.
            Me alelé; salí embobada; dije, “faltan cosas, un montón; no puede ser, guerra sin política, imposible, esto está lleno de agujeros”, pero hermosa, sin duda, aunque la música no me encantó, pero algo –muchos “algos”– no cuadraban por ningún lado… ¡qué alucinación tan salvaje! Me metí al internet, ¡y había libro! Pero era fin de quincena, el libro estaba caro y sobre todo, no sabía por qué me había gustado tanto si estaba incluso medio mal hechita la película, y me resistí en principio a gastar en el libro, pero sí volví dos días después, sola, a verla de nuevo. Salí desesperada: ahí no estaba lo que me faltaba. Me fui derechita a una librería y con el dinero que me quedaba, me compré el libro.
            ¿Alguna vez les ha tocado que les hagan preguntas tipo Chismógrafo mamón quesque-literario, tipo “con qué personaje te has identificado más”?; a mí ésta me la han hecho varias veces (junto con la de los no-sé-cuántos libros que me llevaría a una isla desierta, el ipad no cuenta) y siempre he respondido con el nombre de un personaje que me gusta o al que desearía parecerme, pero la verdad es que nunca me he sentido realmente identificada con nadie más que conmigo misma. Hasta que me encontré a Ender. ¡Qué alucine tan chingón!
            Me leí la novelita en tres días y me seguí con el resto de la Saga de Ender, mal llamada saga porque en realidad cada libro es independiente y más bien se trata de relatos de distintas épocas en la vida de Ender. Desde mi punto de vista, el autor –que es un arrogante insufrible al que detesto y al que sólo le guardo un mínimo respeto por haber creado al Wiggin– es muchísimo mejor cuentista que novelista. En efecto, recomiendo amplísimamente El juego de Ender, tanto el cuento original como la hermosa novelita que no es sino una hiperextensión del cuento, una suerte de nouvelle, y en el cual está basado la película, y el relato “Guerra de regalos”, que es una historia chulísima de la Escuela de Batalla, en la época en la que Ender está en la escuadra de Rose De Nose y que no aparece en la peli.
            Las novelas de la saga, en cambio, no me parecen buenas, con la sola y deslumbrante excepción del ya citado Juego de Ender.
He leído hasta ahorita Ender en el exilio, el cual, salvo el pasaje donde él llega a la colonia Shakespeare y se relata su encuentro como Comandante victorioso y sus veteranos (y entonces sí, uno llora y se conmueve y atasca el libro de lágrimas y sonrisas cursis), el resto del libro es como pa’ demandar al güey del Scott Card, por malo y aburrido. Pero entonces alguien por ahí me dijo que no, que los leí mal, que es mejor leerlos en el orden en que fueron escritos, aunque en la cronología interna del universo de Ender siguiera ése, el que se había escrito después de El juego de Ender era La voz de los muertos, y que debía leerlo porque era tan bueno como el primero; y pues ‘ai voy.
            Y no, ¿eh?, ¡no!; ojalá fuera tan bueno como el primero… ¡mi reino por otro libro de Ender como el primero!; pero ya se sabe, los reinos y las lentejas; ¡ay!, en fin…
Debo decir a favor de La voz de los muertos que el Ender adulto que nos presenta Scott Card es del todo congruente con el diseño original y en todo momento es posible “recordar” al Ender niño en las acciones del Portavoz Andrew; eso es difícil de lograr y por ello, mis respetos al mamón del autor.
¡Lástima que el libro en general sea tan aburrido!, ahí sí nos queda mal, porque, ¡por piedad, qué hueva los larguísimos diálogos con los cerdis! ¡Los cerdis mismos, qué estupidez, qué visión tan jodidamente occidental!, ni siquiera la crítica que el propio Ender hace de la cerrazón científica de los xenobiólogos salva el hecho de que el narrador juzga y subestima a todas las especies no humanas.
Y qué tal cuando por fin, después de medio chingado libro, por fin Ender Habla del muerto, y lo que hace en realidad es acabar soltando un chisme larguísimo de ya no sé cuántas cuartillas, como de telenovela mexicana: “Fulanito, la verdad es que tu padre, ¡¡no es tu padre!!”... ¡ay, no mames!
Y qué lamentable que tenga que decirnos que Ender es muy compasivo en lugar de mostrárnoslo, como en los cuentos y en la primera novela. Y del final mejor ni les digo nada… dejémoslo en que no sólo está de hueva, sino que además no soporta un análisis ni siquiera por encimita; un sólo ejemplo y no diré más: Ender, apodado “el Xenocida” por haber exterminado a una especie entera (con todo y planeta) no estaba calificado ni moral ni políticamente para firmar un tratado con nadie, mucho menos con dos grupos alienígenas, por muy arrepentido que estuviera y por muchos siglos de expiación de culpas que lleve. Ni madres. No es posible, no se sostiene.
            Pero… hubo algo que sí me gustó: Ender se enamora. Y no se enamora a lo pendejo de la primera vieja que se le pone enfrente, ¡no!; me queda claro que el autor al menos sí conoce muy bien a Ender y respeta el diseño del propio personaje (con el resto de la historia hace puras chapucerías, pero hay que reconocer que a todo lo que tiene que ver con su protagonista, le echa un montón de ganas), así que el enamoramiento se da por espejeo: una chica ha mandado llamar a un Portavoz de los Muertos a su planeta para que hable por su padre adoptivo muerto; y Ender decide acudir porque ve una fotografía de ella y le impresiona ver tanto dolor y tanta frialdad en la mirada de una chica tan joven; entonces su computadora le consigue la historia de la vida de la chica, que es terrible y está marcada por el dolor, el abandono y la culpa, y Ender entra en resonancia con ella. Y cuando la conoce es peor, porque para él sólo han pasado dos semanas, pero para ella, van 22 años, o sea que aparentan los dos más o menos la misma edad.
            La cosa es que leí esto: “Pues Ender la amaba, como sólo se puede amar a alguien que es un eco de uno mismo, en el momento de la pena más profunda” y me volví a alelar. A ver, ¿es esto posible?... sí; realmente pienso que sí. Porque, ¿qué sé de otros, sino aquello que soy capaz de comprender en mí misma? No puedo entender lo que no puedo pensar o percibir; y lo que percibo sólo toma forma cuando pienso en ello; para cuando lo digo, la percepción ya pasó por el tamiz de mis sentido, ya está instalado en forma de recuerdo en mi sistema consciente y de huella en el Inconsciente; o sea que lo que percibo no es lo que está afuera, sino lo que marca huella en mí, adentro de mí, y que yo supongo que se corresponde con lo que hay “afuera”; es decir, que cada uno de nosotros concluye, una y otra vez, mil veces por minuto, que lo que percibe se corresponde con lo que hay allá, más allá de mí. Y eso, por supuesto, incluye a los demás.
            Entonces, enamorarse, es… eso mismo, enamorar-se; en-amor-ar a sí mismo, meter el amor en uno o ponerlo en uno mismo, o hacia uno mismo. Ender ve en el dolor de Novinha su propio dolor; en el aislamiento de ella, el suyo propio; en la infancia huérfana de ella se ve a sí mismo, pues aunque tenía padres no le sirvieron de nada. Ender ve en Novinha lo peor, lo más lastimado y urgentemente necesitado de sí mismo, y corre a “salvar” a Novinha como si así pudiera salvarse a sí mismo de 3 mil años de culpa y autoflagelación.
            Ya sabemos que los libros de autoayuda están plagados de frasesitas tipo “amar no es necesitar” y cualquiera de ellos podría alegar que eso que siente Ender no es amor. Pero, ¿por qué no?; de algún modo es como si se estuviera curando a sí mismo; al darle a ella lo que necesita para darse permiso de vivir una vida digna de ser vivida, se lo está otorgando a sí mismo.
            Habrá, en todo caso, otras formas de amor, en las que ese espejeo forme en mi mente la imagen de alguien que posee todas las características que me gustan de mí; o por el contrario, quizá prefiera a alguien que mi mente visualice como uno que es todo lo que yo no soy. O quizá, alguien que es lo que quiero ser. A lo mejor busco a alguien cuya imagen coincida con la de ese a quien deseo desear; o que quiero que me quiera, lo cual en este juego especular sería de lo más interesante, pues se trataría de mí, usando la imagen de alguien que quién sabe cómo sea pero mi mente me la representa como una parte de mí, aunque yo ni siquiera me doy cuenta de que, en realidad, yo no puedo ver NADA de lo que hay afuera, porque mis ojos están en MI cara y las imágenes que llegan a través de ellos se forman adentro, en MI mente… ¡ooooooy!, ¡todo un juego fractal de espejitos, como para volverse loco!, y al final, resulta que esto del amor no es otra cosa sino yo misma, queriendo quererme a mí, a través de la imagen de un otro que a fin de cuentas sigo siendo yo misma.

             Y es por esto, precisamente, que estoy encantada con Ender y sus libros: porque me están mostrando cosas de mí misma que yo no sabía. Y también por eso mismo, me voy a seguir con los dos que me faltan: Ender Xenocida (donde hay un capítulo en el que se habla de los hijos de Ender, a ver qué tal) y una cosa rara que dicen que no se entiende llamada Los hijos de la mente; ya les platicaré de estos. Lo siento por Hermanita; el otro día nomás, me la mareé como dos horas seguidas hablando de Ender; con toda seguridad piensa que en mala hora me llevó a ver al Asa Campo-de-Mantequilla haciéndola de Ender. En lo que a mí respecta, ¡qué buen día fue ése!

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