diciembre 31, 2016

Mañana hace un año

Ya lo sé. Sé que a este día le seguirá otro, indefectiblemente, y que será igual al anterior en todo mientras vivamos en este mundo. Sé que, técnicamente, mañana será igual a hoy; el mismo sol, el mismo cielo. Que ninguna brecha se abrirá a las 12; que el sol sólo se fue a dar la vuelta por una noche. Que mañana volverá igual.
       Y sé que todo será exactamente igual el día de mañana, excepto para mí; para mí, mañana se cumplirá un año desde que regresé de Portland... 

(Todos aquellos a los que tengo hartos de Portland les digo ahora que éste es un buen momento para dejar de leer, porque sí: éste es otro texto más acerca de Portland. Ya lo dijo Miguel Hernández: yo sé que ver y oír a un triste enfada, sobre todo, me imagino yo, en vísperas de Año Nuevo.
       Dejen, pues de leer: yo seguiré escribiendo; ya les avisaré cuando acabe de escribir.)

...y bueno sí: Portland. Mañana va a ser un año que volví. Jean se levantó temprano para preparar un desayuno maravilloso y pantragruélico mientras la hermosa Catherine me esperaba en el aeropuerto para despedirme. También Susan fue a decir adiós. Yo ya había ido el día anterior (justo hoy, hoy hace un año, exactamente) a despedirme del río; a hacer mi berrinche de niña por no ser capaz de romper todas las reglas y quedarme allá. Recuerdo haber recorrido el mirador desierto arriba y abajo docenas de veces mientras caía la última tarde de 2015 mientras miraba el río, con las lágrimas helándome el rostro; estaba seriamente encabronada conmigo misma por ni siquiera considerar la idea de quedarme; pero es que... un estudiante muy amado, Alejandro, mi tesista, se había quedado a la espera de mi regreso para poder titularse. Y no sólo él: Laura y Mitzy también me esperaban. Tenía que volver.
       Recuerdo que de pronto pensé que así me voy a sentir cuando me muera y en medio de mi berrinche me reí, porque no suena mal no querer irse; tener tan buena vida, que no quiera uno irse, a pesar de saber que lo que viene va a ser tan increíble que va a hacer que toda esta vida parezca un sueño deslucido y apenas recordado. Me reí. Me sequé las lágrimas. Tomé montones de fotos. Pensé: "sí: así va a ser cuando me muera; pero no todavía." Y me prometí regresar. Cayó la noche y me fui caminando por la ribera sobre un entarimado que a ratos se vuelve camino de grava, a trechos es camino de cemento, luego un sendero estrecho y de nuevo entarimado directo sobre el río. 
       Entonces pasé debajo de uno de los puentes -el que llevaba de regreso a la casa de Jean- y miré por sobre la barandilla de madera; el agua, negra y revuelta por la noche naciente, hacía ruidos de torbellino al chocar contra los colosales pilotes del puente; y me recordó otras aguas, allá lejos -aquí-, en mi tierra, en un jardín al que solía ir con Martha, contenidas en una enormísima cisterna decimonónica de piedra y hierro forjado que siempre quisimos fotografiar y nunca pudimos y ella siempre quiso pintar, sin éxito; pues así esta agua me recordó a aquella, porque no era posible fijar su imagen en nada que no fueran palabras o recuerdos. Esas aguas sólo podían ser vividas. Pensé que si me arrojara, probablementre me moriría de frío. Desanduve unos cuantos pasos del camino y antes de dejar la ribera, miré el río de nuevo sin ver ya nada: la negrura de las noches portlandesas nos recuerda por qué los terrores son nocturnos. No había nada qué ver. Llevaba encendida la lámpara del celular para saber dónde poner los pies y me guiaba por la silueta del puente para saber cómo regresar. No podía verlo ya, pero levanté la cara en dirección al río y le dije en todas las lenguas que conozco: "voy a regresar, lo prometo; así me tarde 10 años, pero voy a regresar en esta vida."
       Hoy hace un año hice esa promesa.
       Mañana hace un año, una limusina (bien fancy el asunto) pasó por mí. Un hombre negro, alto y bastante guapo, de cincuenta y muchos años y con cara de muy pocos amigos me esperaba junto al inmenso, bellísimo abeto que custodia la casa de Jean. Yo me despedí con toda la torpeza del mundo de Jean y de Anni, y seguí a aquel hombre que sin apenas decir buenos días me dijo mientras me ayudaba a subir mi maleta a la cajuela que él conocía muy bien esa dirección, pues allí había vivido la que había sido su prometida. Y al decirlo, sus ojos iban una y otra vez hacia la casa. Se veía sorprendido y creo que hasta conmocionado. Los dos nos quedamos viendo la casa sin acabar de decidirnos a subir al carro. Pero había que subir, porque había un avión esperando. Y me subí, ya qué. Oí el sonido que hacen los seguros al bajar automáticamente y pensé que me pondría a llorar y sentí un sollozo subir, como vómito, por mi garganta, pero me negué. Me negué todo. Apreté los dientes con fuerza y pensé: "Voy a regresar. Lo juro. No hay por qué llorar: voy a regresar. I will come back. I will. In this very life. En esta vida:  voy a volver." Y mientras pensaba eso y me tragaba las lágrimas, veía pasar los árboles bellísimos, las calles con su tapiz verde de musgo y humedad perenne, las casas y sus jardines sin bardas ni cercas ni barrotes en las ventanas... Vi pasar las calles ante mis ojos y seguí repitiéndome lo mismo, una y otra vez, "voy a regresar, I'll come back", las dos lenguas echas ya bolas en mi cabeza, ahuyentando los pensamientos negros de mi mente, entrenada para pensar siempre lo peor, y que pugnaban por hacerse presentes: "¿y cómo le vas  a hacer?, ¿¿y cuándo?? ¡Ésta es la última vez que ves esto!"; y yo seguía: "Nononono, I'll come back, voy a regresar, cállate, voy a regresar, así me lleve todo lo que me resta de vida"...
       En el aeropuerto me esperaba la que fue una de mis dos amigas más amadas, la misma gracias a la cual pude viajar a Portland y la misma que me declaró la ley de hielo mientras estábamos allá. Hicimos juntas el viaje de regreso: 7 horas al lado de alguien que no quiso ni dirigirme la palabra en Portland y que no se tardó ni dos meses en insultarme por escrito una vez que regresamos.
       También en el aeropuerto me esperaba Catherine, quien me mandó un último mail hace ya meses y nunca volví a saber de ella.
       En México me esperaban mis padres en el aeropuerto; un pollo podrido en el refrigerador; una caja de galletas que me dejaron Alejandro y Laura para darme la bienvenida y un baño tan asqueroso que tuve que limpiarlo a la 1 de la madrugada antes de pensar en desempacar o poner siquiera café. Alejandro y Laura no se titularon -y si lo hicieron no fue conmigo- porque decidieron, unos meses después, ofenderse y amenazarme con mandarme al carajo. Les ahorré la desdicha de tener que cumplir su amenaza y les dije que por favor, se buscaran mejor de una vez otro asesor. No tengo idea de si lo hicieron o no: no volví a saber nada de ellos.
       También me esperaba mi tío Juan, quien cayó enfermo al día siguiente de mi llegada y desde entonces vivimos en una montaña rusa maravillosa de días buenos y días malos, de buenas intenciones y hondísimos silencios. 
       Me esperaban, también, un mail horrible con acusaciones imposibles; mi otra mejor amiga, encabronadísima y re-ofendida, y me esperaba mi ciudad contaminada y sucia, enfurruñada y mala-gente en plena cuesta de enero.
       En resumen, me esperaba todo lo inesperado.
       Y yo... pues me pasé la primera mitad del año sin entender por qué estaba pasando todo eso, y la segunda mitad entrenando a un adjunto que fue mi adoración y quien, a final de cuentas, también encontró el modo de ofenderse porque no le aplaudí una pendejada. Ése ya ni me habla.
      C'est la vie. Al menos, así es MI vida de un año para acá. No tuve más que poner una pata en esta mi hermosa ciudad para que todo valiera madre. Por supuesto, también hubo un montón de cosas maravillosas e increíbles: un grupo de Semiótica poca madre de estudiantes listos y buenos para la literatura; amigos hermosos que se abrieron camino en medio de mis tristezas y que se mantienen firmes a mi lado; mi familia aquí, comprensiva y lista para apoyarme; mi familia allá que me extraña y me espera; mi editor, que espera pacientemente a que termine y mande mis escritos, cada vez; la luz que se queda guardada en las piedras del Centro Histórico de esta ciudad mía, tan amada como odiada... Sí: han sido muchas mis bendiciones; y he dado gracias por todas y cada una, en todas y cada una de mis noches antes de dormir.
       Eso no quita que todo tienda a la impermanencia; o para decirlo más claramente, todos acabarán por llegarle, de preferencia de mala manera, y todo acabará por valer madre. Así es. Ya lo sé. Aun así, doy gracias por haberlos amado a todos. Por haber sabido cumplir con mi compromiso para con Alejandro y haber vuelto por él. Doy gracias por las amigas que amé por largos años, y por los que comencé a amar apenas; por los que regresaron, no importa que tengan que irse: todos nos vamos a ir, al final. Hay que aprovechar el tiempo juntos.
       Yo, por mi parte, ya lloré suficientemente por haber tenido que regresar de Portland. Ahora tengo que ver cómo le voy a hacer para regresar allá. Cuando lo logre, dejaré de escribir acerca de Portland, porque les escribiré desde Portland. Pero no todavía. Hoy estoy aquí. Y mañana se cierra en mi memoria el ciclo. Mañana Portland será, en mi mente, memoria en puro. Recuerdos que pondré a dormir mientras tejo la urdimbre que necesito para irme. Cuando lo logre, iré a la orilla del río Willamette y los pondré suavemente en la orilla para que el agua los despierte suavemente con su beso helado.
       Así que, ya ven: sí lo sé. Sé que nada cambiará de hoy para mañana. Excepto para mí.
       Feliz Año Nuevo.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

La última página de este libro

Comencé este blog como un juego; uno que muy pronto se convirtió en uno cortazariano: mortalmente serio.             Me encantó esc...