julio 01, 2011

-.-.-.mipmip.-.-.-

Acabo de terminar la relectura de El éxodo de los gnomos, escrita por Terry Pratchett; ¡qué belleza de libro!; me gustó tanto o más que la primera vez que lo leí, hace más de diez años; e igual que entonces, acabé llorando y casi sollozando, tan emocionada que no atinaba a entender que se había terminado.

Se trata de una trilogía que comienza con un grupo de gnomos, los cuales viven escondidos de los humanos, pero un día tienen que huir de su madriguera y caen en una tienda departamental enorme habitada por miles de gnomos, quienes están convencidos de que La Tienda es el único lugar habitado en el universo; o más bien, creen que La Tienda es el universo y que no hay nada fuera de ella, de modo que cuando llegan los refugiados, los toman por seres del "exterior". La Tienda está llena de letreros que los gnomos toman como mensajes de su creador; mi mensaje favorito dice: "Si No Encuentra Lo Que Busca, Por Favor, Pídalo"; los gnomos lo citan con frecuencia, como si fuera un texto sagrado, y a veces hasta parece que les funciona. Llega entonces un momento en el que los personajes se dan cuenta de que La Tienda va a ser demolida e inician así su éxodo hacia El Exterior.

La trama se desarrolla en medio de una intensidad pareja y sin titubeos, siempre en tono de parodia y con hartos juegos de palabras con los que el pobre traductor no supo hacer otra cosa que mandar a pie de página la explicación, imposibilitado de traducirlos. Y mientras tanto, como quien no quiere la cosa, Pratchett va dejando caer algunas de las preguntas más peliagudas que la Ciencia, las religiones y los filósofos se han planteado: Quienes somos, qué hacemos en este mundo, qué sentido tiene la existencia.

La cosa es que, hacia el tercer libro, la trama se va desarrollando paralela a la historia de unas ranitas: resulta que en el Amazonas hay unos árboles gigantescos cuyas raíces se encuentran colgando en el aire para absorber la mayor cantidad posible de nutrientes, lo cual de paso permite que el árbol crezca más alto que el resto. En las copas de estos árboles hay unas flores bastante grandes llamadas bromelias; y en el cáliz de éstas se junta el agua y unas ranitas de ojos amarillos ponen ahí sus huevos; los renacuajos nacen en la flor, viven en ella todo su ciclo de vida, tienen más ranitas y se mueren; sus cuerpos se descomponen y se deslizan hacia la base de la flor, con lo que proveen de nutrientes al árbol. Así que las ranitas jamás salen de su flor ni se enteran siquiera de que existe un mundo afuera de ella. ¿Qué pasaría si una de las ranitas se perdiera entre los pétalos de su flor y fuera tan lejos que alcanzara a atravesar la corola?, ¿qué pensaría al ver la selva y las otras flores que crecen en su propio árbol?, ¿entendería lo que es un árbol?

Pues bien; uno de los personajes es una gnoma "del exterior", Grimma, la cual aprende a leer a pesar de la oposición de gnomo Abad de La Tienda, quien desaprueba que las mujeres aprendan a leer porque se les calienta la cabeza. Pero como es una gnoma muy autodeterminada (y bastante beligerante), se salta sin más al Abad y aprende a leer, y en una de esas, da con un libro que habla de las ranitas y sus bromelias; pero entonces Grimma se desespera porque se pregunta cuántas cosas no sabe y hasta qué punto ellos mismos, como los gnomos de La Tienda, viven convencidos de que el mundo consiste únicamente en lo que ven, en su entorno, en sus tradiciones, en su flor.

Yo con frecuencia me siento como la ranita; siento que me faltan las palabras que me ayuden a expresar lo que siento... Cabe aquí informar que el lenguaje de las ranitas consiste en un solo vocablo: "-.-.-mipmip.-.-.-" y como han crecido en su flor, sólo saben contar hasta uno; así que cuando la ranita exploradora ve más flores, para hacerse una idea de lo que está viendo, cuenta así: "Una flor... y una flor... y una flor... y un montón de una flor, da...: ¡Una flor!"; por supuesto, lo de las ranitas no es más que una historietita paralela para ilustrar las dudas, la incapacidad, la confusión y la total falta de elementos para entender lo que los gnomos van pensando y sintiendo conforme se dan cuenta de que el cielo es como el techo de su Tienda, pero mucho más grande, el viento no es aire acondicionado ni los humanos son tan estúpidos como parecen (aunque sí lo son bastante)...

¿Y yo? Yo, que me precio de vivir en un mundo interior de una riqueza inigualable, de ser capaz de imaginar y luego narrar lo que imagino, ¿con qué estaré confundiendo el cielo? Con frecuencia, las palabras se convierten en esas perras negras de las que hablaba Cortázar, me son insuficientes, no conozco las correctas, no me sé el nombre de tantísimos pensamientos...

Me reconforta pensar entonces en las ranitas la primera vez que se asoman; dice Pratchett que las ranas por supuesto no piensan de por sí, y esas tres ranitas no fueron la excepción; miraron la selva y los árboles y el montón de Una Flor, y no pensaron nada, porque las ranas no tienen con qué pensar. "Pero," dice Pratchett, "lo que sintieron fue demasiado grande para caber en una flor"; así que salieron de la protección de su bromelia y descendieron por la rama, sin saber que era una rama y sin saber tampoco por qué lo hacían, pero sin poder detenerse.

Cuando era niña, me gustaba un juego medio peligroso que consistía en subir hasta el techo del edificio (que es bastante inclinado) e ir avanzando hacia el borde, muy poco a poco, hasta donde me ganara el miedo, entonces afianzaba los pies al piso y me quedaba ahí, observando; suena suicida... a lo mejor lo era. Pero lo que yo quería era acercarme lo más posible a las copas de los árboles de la barranca que descendía por ese lado del edificio y sentir el aire y la luz y el viento, como si me fundiera con las ramas o, incluso, más bien, como si yo misma fuera una de esas ramas que se mecían bajo el cielo. No pensaba nada, era como las ranitas, sólo sentía. Y lo que sentía era y sigue siendo, en definitiva, demasiado grande para caber en esta flor. Ya no me subo a los techos a ver qué tan a la orilla puedo llegar antes de resbalar, pero el mundo todo, el "real" y el de los libros y el que imagino y el que aún no conozco ni sospecho siquiera (pero que con toda seguridad es el más extenso), me sigue pareciendo asombroso y casi imposible en su belleza y perfección.

El aire.

La lluvia.

El azul del cielo.

La respiración en mi pecho.

El Asombro.

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