julio 10, 2011

Un corazón sabio

Estoy leyendo un libro bastante curioso; se llama Fluir, de Mihaly Csikszentmihalyi (se pronuncia  Cis-zen-mijáli) y es lo más lejano posible a un libro de superación personal lleno de consejitos para ser felices sin esfuerzo y, al mismo tiempo, lo más cercano a uno de a de veras.

Me explico: el autor aclara desde el principio que su libro no contiene recetas de cocina, estilo El secreto, porque esos libros quizá le funcionen a una persona, pero sólo a corto plazo y por excepción, mientras los otros miles de lectores se quedan en la baba.  Luego explica que su teoría fue desarrollada a partir del estudio de 100 mil casos y se hizo de la siguiente manera: le dieron a cada una de esas cien mil personas un buscapersonas y un cuadernito; el buscapersonas sonaba, aleatoriamente, 8 veces al día; cada vez que la persona lo escuchaba, tenía que sacar su cuadernito y explicar con exactitud qué estaba haciendo, qué estaba pensando y, con tanta claridad como pudiera, cómo se estaba sintiendo. Entonces, el equipo de trabajo de Csikszentmihalyi se dio a la tarea de analizar toda esa información en busca de un patrón humano que explicara los procesos mediante los cuales las personas de cualquier cultura, sexo o edad se sienten felices. Se tardaron 25 años.

Después de ese cuarto de siglo, Csikszentmihalyi llegó a su teoría de "el fluir" que, hasta donde voy en el libro, va más o menos así: comienza explicando que la felicidad es un estado que no puede ser alcanzado de manera directa, sino a través de una serie de actividades que den como resultado cambios de actitud y formas nuevas de percibir y entender lo que nos va sucediendo, lo cual a su vez tiene por objetivo a más largo plazo llegar a controlar los contenidos de la conciencia (nomás). Esa es la introducción al libro. Se avienta entonces con un repasito de los conceptos que se han desarrollado en torno al de "felicidad", de Aristóteles a la fecha, y se sigue luego con  el concepto de "conciencia" y la construcción de la misma.

Aunque ustedes no lo crean, todo esto lo logra en las primeras 73 páginas, que es donde voy, con un estilo agradable y no demasiado académico. Ciertamente, no es una lectura para descansar y en definitiva, no creo que vaya a tener mucho éxito como best-seller (a pesar de que la portada dice que es uno de esos), porque lo que propone implica una cantidad de trabajo personal y un nivel de compromiso por parte de quien pretenda poner en práctica la teoría que, al menos a mí, me ha llevado dos años de terapia y sigo en el camino. Yo pienso que a la gente le gusta El secreto y similares, porque trae consejos "fáciles" y un montón de testimonios que aseguran la factibilidad del asunto; éste no trae nada de eso. Es un estudio serio que implica un trabajo de interiorización muy serio.

En lo que a mí respecta, si a cambio de ese trabajo en serio voy a aprender a vivir satisfecha y contenta, me cae que vale la pena. Ahora que, como yo he estado aprendiendo esto con una terapia, con la guía y respaldo del Gran Pablo -que fue quien me recomendó el susodicho texto-, no estoy muy segura de que sea posible para alguien como yo aprender estas cosas solita, nomás con un libro. A mí me lo recomendó aquí Thorin Escudo de Roble porque, según él, yo ya logré una buena parte de lo que se expone en Fluir... ¡qué bien!; ahora nomás falta que me convenza; aparentemente, esto de la felicidad es un estado que no sólo hay que aprender a aceptar y a disfrutar, sino también a defender. Ya les platicaré cómo sale eso.

La cosa es que hay una parte en el libro que dice que en este tiempo que vivimos " la capacidad de controlarse a sí mismo no se tiene en tan alta estima". Cierto. Absolutamente cierto. Ya lo había pensado yo antes, aunque no con tanta claridad; con mis estudiantes y colegas lo veo a diario hasta el cansancio, esta babosada tan peligrosa de que "en el corazón no se manda"; ¡no, bueno!, ¡pero claro que se manda! O debería mandarse. Hace tiempo que me viene quedando muy claro que nuestra educación neoclásica, tanto institucional como familiar, es un asco; hay un montón de cosas esenciales para la vida que nadie nos enseña (¿pa' qué?) y dos de las más importantes son: a disfrutar nuestras vidas en tiempo presente, y a disciplinar nuestras mentes y corazones. Hay que entender que nadie nos las enseña, porque muy poca gente lo sabe y entonces, ¿quién lo va a enseñar? Vivimos en una especie de romanticismo posmoderno de lo más contradictorio: vivimos convencidos de una serie de cosas sin sentido, basadas en un cientificismo cuasi ateo del que nos sentimos muy orgullosos y que nos lleva a pedir demostraciones científicas de todo lo que vemos mientras que, al mismo tiempo, quién sabe cómo, nos regimos como sociedad, de manera cotidiana, por religiones dogmáticas increíblemente cerradas que incluyen creer ciegamente en lo que dice un libro o pedir milagros o rezarle a un Ser Superior, un Otro externo a nosotros que nos va a conceder todo lo que necesitamos, nomás porque nos quiere mucho aunque seamos una bola de pecadores; religiones que ponen como condición para entrar al Cielo que creamos, pero no pensemos. Esto es raro. Muy raro. Y luego, como si nos hiciera falta, nos las arreglamos para condimentar esta ideología que va de la fe ciega al cientificismo a ultranza, con ilusiones bien viajadas de dejarnos llevar por nuestras intuiciones y "escuchar a nuestro corazón".

Escuchar a nuestro corazón... sí claro, ¡cómo no!, tan sabio él... ¡Pero cómo se nos ocurre escuchar a un corazón caprichoso y maleducado, que ha sido criado en el convencimiento de que los humanos somos la neta del planeta y por eso podemos hacer lo que queramos con él! ; un corazón indisciplinado al que se le da todo lo que pide y que, cuando no puede tener lo que desea, hace unos berrinches espantosos y nos hunde en depresiones negras y a veces, crónicas. No, el corazón no es sabio por naturaleza, ni la mente es racional y ecuánime de origen; hay que enseñarles estas cosas. Hay que enseñarlos a contenerse, a que no todo lo que se nos antoja nos hace bien; a alejarnos de lo que nos hace daño, aunque se nos haga agua la boca por obtenerlo.

Ya no me acuerdo quién (un filósofo cuyo nombre ya debería tomarme la molestia de aprenderme) definía la falta de libertad como la incapacidad para resistirnos a nuestros deseos, pues una persona así es esclava de sus instintos; en cambio, una persona que aprende a disciplinar y controlar a su mente y a sus instintos es realmente libre porque hace lo que quiere y no aquello a lo que sus deseos la empujan.

Qué curiosa, ¿no?, esta idea de que para ser libres y alcanzar la felicidad es condición sine qua non disciplinar la mente y controlar las emociones. Y sin embargo, de acuerdo con mi amplia experiencia en materia de dejarse llevar a lo güey y acabar tan infeliz que ya no hay más pa' abajo, es ciertísimo, sólo así se alcanzan la felicidad y el bienestar: con mucho trabajo personal; con mucha compasión, por los demás y por uno mismo; con un compromiso personal serio;  con una disciplina férrea que nos impida hundirnos en sueños pueriles o dejarnos llevar por emociones extremas como la alegría desaforada, el deseo sexual, el enojo, la vergüenza o la culpa; con la aceptación del presente -y NO del futuro, que ni existe- como el único espacio en el que es posible disfrutar la vida, y con el aprendizaje y la práctica cotidiana de una moral (o ética o espiritualidad o como le quieran ustedes llamar), que convierta a nuestros corazones en verdaderamente sabios, tanto como para que seamos personas en las que nosotros mismos podamos confiar.

Me encantaría poder decir aquí que yo ya aprendí todo esto y que poseo un corazón con una sabiduría a toda prueba; pero no. Todavía no. Sin embargo, lo que sí puedo presumir como tremendo logro (y del cual estoy muy, muy orgullosa) es de haberme convertido en una persona con la que quiero, de mil amores, vivir por el resto de mi vida.

2 comentarios:

  1. Sensacional, todo libro que logra un proceso de análisis sobre lo que hacemos y, quizá, podemos llegar a lograr SI LO QUEREMOS REALMENTE... es sensacional. Luego me pasas los datos. Mucho que ver con Temperamento (lo que traemos), Carácter (lo que construimos), Voluntad (querer hacerlo: autodisciplina). La Inteligencia juega un papel interesante en toda esta ecuación. Me encantó tu reflexión.

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  2. Me parecio excelente tu análisis, yo creo que actualmente, estamos maleducando a los niños porque se les da demasiadas cosas, sin que aprendan el valor de los mismos y no los enseñamos a moderarse y a controlar sus apetitos ( de todo tipo) y a la larga no se si reaqlmente les vaya a percjudicar en el futuro, por que ya adultos se van a dar de topes con un monton de cosas y es cuando empiezan las frustaciones y los desngaños. Luego me pasas el libro. Tita

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