julio 25, 2011

El Café Passaje

¡Me cerraron mi cafecito!; esto es toda una desgracia. Sospeché que eso iba a suceder desde que vi sus sillas navegando entre los espejos, bajo una lluvia empecinada e inverosímil  que caía del techo, como cuadro de Remedios Varo.

Para mejor explicar mi pesar, debo explicar primero las circunstancias en que llegué ahí: hace dos años, cuando al fin reuní todo lo necesario (o sea, los que ahora me sobran) para correr al cabrón de mi ex-marido, me quedaron un montón de... vamos a llamarlas "secuelas"; una de las más graves fue que, a pesar de haber nacido con dos patas de perro, los últimos dos años de matrimonio fueron así como la casita del terror y, entre otras, yo ya no salía; iba de mi casa al trabajo y de retache, y no mucho más; cuando llegaba a salir para ir a una reunión o a visitar a mi familia, tenía que volver lo más temprano posible porque me sentía perseguida o me daban pálpitos extraños así como de que si no me regresaba, pero ya, algo muy malo iba a pasar.

Así, una vez que me vi en libertad de hacer lo que se me diera la gana... pues más bien no supe qué hacer. Pero, afortunadamente, la querencia llama y así fue como, para reacostumbrarme a andar en la calle sin ataques de paranoia, comencé por el Centro, ¿por dónde más? Sin embargo, la sensación de estar como a la deriva era tan densa, que plantarme en la plancha del Zócalo me resultaba abrumador y medio espeluznante, de modo que me iba a callejear y así llegué a la calle de Gante y a mi maravilloso cafecito, el "Passaje", que de ahí en más, se convirtió en una suerte de atalaya desde el cual podía observar a la gente sin sentirme vulnerable y, sobre todo, podía escribir. Por primera vez en 5 años había comprado un cuaderno; pero no uno cualquiera, sino uno que hizo especialmente para mí Laura Ortega; no sé si ella esté consciente de lo que significó para mí, pero gracias a sus cuadernos, el engranaje adormilado de mi mente volvió, poco a poco, a ponerse en marcha; son cuadernos bellísimos a los que cada vez Laura tenía que ponerles más hojas y a los que fue agregando aditamentos: hojas de un suave color capuchino para escribir a plena luz sin deslumbrarme, solapas interiores para guardar papelitos, "rodilleras" en las esquinas para protegerlos de los viajes en la mochila, flores en las tapas para renacer con ellas... Después de un silencio escritural de años, de pronto los cuadernos no duraban ni tres meses. Estoy convencida: Daedalus era un mecapalero comparado con Laura. Con esos cuadernos y al amparo de "mi cafecito", volví a acostumbrarme a las calles, a observar a la gente sin sentirme agobiada, y fui desenredando hilo por hilo, renglón por renglón, el enredo en el que me había metido; me calmé y finalmente, volví la vista hacia adentro; no creo haber hecho nunca en mi vida nada más terrorífico, glorioso, impresionante ni tan peligroso como el camino que recorrí dentro de mí en ese primer año y medio. Ícaro era un maricón subido en un caballito de feria comparado conmigo.

Y escribí y escribí y escribí.

Y cuando levanté la vista del cuaderno, me encontré con la mirada curiosa de un montón de gente. En el Passaje cité a mis amigos conforme los fui reencontrando tras años de haber cortado comunicación con ellos. Platiqué con mendigos, músicos callejeros, una viejita que está esperando el cheque de su pensión desde hace no sé cuántos años, como el coronel de García Márquez; me hice amiga de un bolero, compré cualquier cantidad de galletas para gente que no pedía dinero sino comida y leí los libritos de un escritor que paga sus propias publicaciones porque los editores no pueden verlo ni en pintura. Ahí conocí a Paco Piñera, un pintor de talento extraordinario -pero de verdad notable- y con una vida tan bizarra que, de escribirla y volverla literatura, la novela sería tachada de inverosímil; a Cira, que me trataba más como una amiga que como una clienta; al dueño, cuyo nombre, tristemente, nunca supe.

Charo, que se moría de ganas de acompañarme a mi cafecito pero ya no podía, me pedía que le contara cómo eran la calle, el local, la música del violinista que trabaja enfrente; quería saber con detalle todo lo que yo veía, lo que pensaba, lo que sentía, a qué sabía el café que me estaba tomando y a qué olían la luz y el adoquín y el amor y los muffins de chocolate; se estaba muriendo y sin embargo, mientras esperaba, se tomó el trabajo de acompañarme en ese camino que me resultó tan arduo: el de aprender a bienvivir. Una semana después de que murió, fui al Passaje y me encontré con una red bien prieta y reconfortante de nuevos amigos que preguntaron por ella y me consolaron. Esa tarde no escribí; me dediqué a dejarme apapachar.

Mi cafecito fue mi refugio personal en un afuera que me deslumbraba y al mismo tiempo me sobrepasaba y fue, junto con la escritura, los cuadernos de Laura, mis amigos y mi familia, Pablo-Thorin Escudo de Roble, mis chamacos, la literatura y sobre todo, sobre todo, la escritura, un puntal formidable que me sostuvo y me sirvió de puerta de entrada a una vida completamente diferente.

El Passaje cerró sus puertas el martes 5 de julio de 2011. Dejo aquí constancia de su existencia y de mi profundísimo agradecimiento por haber sido mi refugio durante los primeros años de mi nueva vida.

3 comentarios:

  1. Me ha encantado tu texto.
    Muchas gracias por hacerme parte no sólo de él sino también de tí.
    Fuertes abrazos y hartos besos!!!

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  2. Ahora si me hiciste llorar, no pensé que la Flaquita tuviera esa sensibilidad.

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  3. Como que cerró? Si apenas lo acababa de conocer. No puede ser, Porque, nadamas porque se Inundó?. Te acompaño en tu dolor, que barbaridad. Mamá

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