agosto 23, 2011

Julio, mi Julio, mi Julio muerto.

Hace muchos años (¡pero muchos!), la mejor amiga de mi mamá me prestó un libro que ya no recuerdo ni por qué me llamó la atención; debo haber tenido 16 ó 17 años; la portada era negra y tenía dibujado uno de estos juegos de "avioncito", pero medio extraño porque antes del 1 tenía una raya y la leyenda "Tierra" y en lugar del 10, la palabra "Cielo"; igual y fue por eso, ya no sé. De haber sabido lo que iba a desencadenar ese libro, no estoy segura de si lo hubiera leído.

El caso es que lo leí. Enterito. Y no de corrido, que conste: salteado, como se indica desde el principio; primero el capítulo 73: "Sí, pero quién nos curará del fuego sordo [...], de nuestra vida con la obediencia de la sangre en su circuito ciego...", y luego el 1, el 2, el 116; por ahí del 6 empecé a sospechar que no estaba entendiendo nada, pero como soy muy necia, le seguí, y entonces llegué al capítulo 7... ¡ooooh, maravilla!, y ya no me pude detener.

Cuando lo terminé me di cuenta de dos cosas, una consecuencia de la anterior: que no había entendido un carajo, y que a ver cómo pero yo iba a terminar por entenderle.

Llegó el final de la preparatoria y el momento escabroso y reangustiante de elegir carrera; en esos tiempos, todavía te dejaban escoger tres opciones; me acuerdo del formato: era de esos grandes de papel tan grueso que parece cartulina; estaba impreso en rosa chillón y tenías que marcar tus opciones rellenando ovalitos con un lápiz del número 2. Decidí irme de la que menos me interesaba a la que me moría por estudiar (con el pequeño obstáculo de que no tenía ni idea de cuál sería ésta última); ton's puse: "Tercera opción: Física"; fácil, me encantaban las matemáticas y estaba en el club de Física del maestro Juárez, así que no era ninguna mala idea, sólo que no era la mejor. Luego: "Segunda opción: Antropología"; ésta estoy segura de que me la saqué de la manga, porque ni conocía a nadie que hubiera estudiado eso, ninguno de mis amigos pensaba estudiarla ni tenía la menor idea de a qué chingados se dedicaba la gente que hacía eso; no sé por qué la puse; a veces me pregunto cómo sería mi vida si me hubieran mandado a esa carrera; el caso es que la puse. Tampoco es que importara, porque llegó el momento trágico en el que debía escoger la carrera que me iba a dar de comer el resto de mi vida: "Primera opción:..."

Me acuerdo del momento y de haber pensado "Música; yo sé que tengo que poner música; Mercedes (mi adorada y absolutamente venerada maestra de canto) me va a matar si no escojo música"; después quedó claro que ni me iba a matar ni mucho menos, porque más bien, como que la adoración no era mutua. Pero yo de verdad creía que me iba a degollar y además yo estaba embobada con el canto y de algún modo sabía que me iría muy, pero de veras MUY bien si estudiaba música y me convertía en cantante de ópera; pero, ¡pinche Julio!, ahí estaba, una idea que se me antojaba tan pendeja como riesgosa: Literatura. Y yo pensé "¿Cuál, cuál?, ¿música o literatura?, ¿qué hago?, ¿¡música o literatura?!", y de repente, toda la angustia de las semanas previas a llenar el maldito formato se disolvió cuando me respondí: "Cortázar" y taché Literatura.

El primer quesque-ensayo que escribí en mi vida fue para el doctor Raymundo Ramos y fue (por supuesto, si no para qué me metí a esa carrera horripilante) sobre un texto de Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar. No me pudo ir peor. El doctor Ramos me hizo picadillo, pero tan, tan finito, que yo lo único que quería era un agujero marca Acme para aventarme por él; el condenado doctor se echó 20 minutos detallando las razones por las que mi ignorancia era tan grande que había escogido un texto que no era un cuento, ni mi texto era un ensayo, y burlándose de mi estupidez por haber pretendido entrarle (yo, una pobre estudiante de segundo semestre, cómo se me ocurre...) a un texto de Cortázar. Me acuerdo que ese día estaba de metiche "el super Ego", un compañero del último semestre que al salir me quiso consolar diciéndome que mi error había sido "meterme con Cortázar, porque ni los de octavo podemos con él"; y eso sí me enchiló; pensé: "si no pueden es por pendejos, a mí no me incluyas", pero no dije nada; me fui a mi casa hecha un basilisco, me pesqué otro libro del fulano -al que ese día empecé a odiar un poquito-, me aseguré de que eso sí fuera un cuento y escribí el primer verdadero ensayo de mi vida, sobre "Autopista del sur". Cuando el mentado profesor vio que insistía con Cortázar, me miró con harta burla y un poco -quiero creer- de ternura, y me hizo un gesto de que empezara a leer. Éxito rotundo. ¡Por fin había logrado entender algo de Cortázar!... pero no aquel otro. Todavía no.

Así que me chuté la carrera completita, la cual odié con todo mi corazón casi desde el principio, pero, como ya dije, soy necia, y además me había echado el pleito de mi vida con Mercedes (no por estudiar literatura, sino porque finalmente me quedó claro que si seguía con ella, nunca iba a cantar ni las Mañanitas, así que la mandé por un tubo de bastante mala manera) y ya no había más opciones; era Cortázar o Cortázar. Pos' ya qué. Tengo que aceptar que, de no haber sido por un par de compañeros que sí leían y que no estaban ahí mientras se casaban, y sobre todo, por algunas maestras (y de dos de ellas definitivamente sí hay que decir el nombre: Lilián Camacho Morfín y Consuelo Santamaría) que fueron la neta más absoluta, en ésa o en cualquier otra carrera, igual y sí me hubiera dado por vencida.

¡Dios, cómo odié la carrera!: la abulia de mis compañeritas, la falta de interés de la institución, la irresponsabilidad de tantos maestros, en una carrera como ésa que debía estar llena de gente pensante y harto, harto, harto leída; no sólo no me encontré a los pares con los que soñaba, sino que me convertí en un auténtico bicho raro, peor que en la preparatoria.

Pero lo logré: terminé la condenada licenciatura. Y vino la tesis; entonces sí que no tuve ninguna duda, sabía de qué la iba a escribir, aun desde antes de saber lo que era una tesis: de Rayuela. Me tardé 5 años, en el transcurso de los cuales harté a tres directoras de tesis (la última afortunadamente no me empezó a alucinar sino hasta que ya estaba lista para titularme), me leí todo, pero todo lo que existía en ese momento sobre Cortázar, aguanté a media universidad diciéndome hasta la náusea que "ese era un tema de maestría", desarrollé una bastante sana relación de amor-odio con Cortázar (lo que más me dolía es que el cabrón se hubiera muerto antes de que yo me enterara siquiera de su existencia), empecé a trabajar, conocí al zoquete con el que en mala hora me acabé casando, perdimos una huelga de 9 meses y se me rompió el corazón en pedazos que aún no logro recuperar del todo al verme obligada a renunciar a mi amada Universidad para poder titularme, pero, finalmente, lo logré: le entendí a Rayuela.

Y es curioso; no sé por qué, últimamente a ciertos criaturos intelectualosos les ha dado por escribir sobre esta novela; ¡y dicen cada cosa!; para muestra un botón, anda por ahí uno que dice que Rayuela no es, ni mucho menos, la mejor novela de Cortázar y quiere mandar al psiquiátrico (o algo así) a cualquiera que se sienta identificado con Oliveira. Ajá. Pues, miren; después de todo lo que pasé y de todo lo que me jugué por ese autor y, sobre todo, por ese libro, igual que con la huelga, me vale madres lo que opinen; en lo que a mí respecta, Rayuela es el sueño dorado de cualquiera que se pretenda escritor, ya quisieran toda la bola de babosos adocenados parecerse a Oliveira, la carrera fue un asco, el capítulo 7 es el mejor texto de amor que existe y Cortázar es la neta.

1 comentario:

  1. Y al que no le guste, que vaya a fonguear gatos por la quinta extremidad.

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