octubre 18, 2015

Mis lecturas de poesía

Me pregunto si...
       No sé; siempre me estoy preguntando cosas.
       La cosa es que hace muchos, pero de veras muchos años -antes de la operación; antes de Aquel que fue; antes de la huelga; antes de todo- me contrataron en la Prepa 4 para dar clases. Y yo recuerdo que el día que iba a dar mi primera clase iba tan emocionada que casi me dio un ataque de pánico, con bolsita de papel y toda la cosa, porque estaba segura de que estaba a punto de comenzar algo realmente importante; algo único... 
       Lo que es no saber nada de nada.
      Ellos me mostraron la puerta de entrada; los muchachos, quiero decir. Lo supe el día que llegué al salón con "La casa encendida" de Rosales. A Rosales me lo encontré en una librería de ésas "de Cristal" que estaban llenas de textos escolares viejos, libros horrorosos y saldos; y ahí, botado, en una repisa mal puesta, estaba un libraquillo editado por Austral, ya descontinuado, de un tal Luis Rosales. Lo abrí y mis ojos se toparon con el verso que desde entonces traigo grabado a fuego en la memoria: "porque todo es igual y tú lo sabes..."; seguí leyendo sin poder creer lo que leía. Y me lo llevé. Estamos hablando de un tiempo en el que el costo por comprar un libro nuevo era quedarme sin el pasaje o incluso sin comida por varios días, lo cual era un precio muy, muy alto. Pero esa semana lo pagué, con tal de leerlo completo y de que ese libro fuera mío.
        El primer curso que di en preparatoria fue de Literatura española. Era un curso de locos que abarcaba demasiado y no tenía pies ni cabeza, más allá de la estructura que la propia cronología impone cuando en lugar de enseñar literatura, nos topamos con programas de historia de la literatura. No me arredré. Agarré el programa y lo fui destrozando siglo por siglo: cambiaba los autores o los obviaba, o me valía madres y leía autores de habla no española, o de plano me movía al siglo XX y qué y qué; nadie me reclamó; nadie se enteraba; creo que, es más, a nadie le importaba lo que yo hiciera. Y así llegué a la generación del '27, ¡oh, maravilla!..., para descubrir que a los muchachos NO les gustaba la poesía. No podía culparlos: les habían enseñado a odiarla. Descubrí también que, al menos en cuestiones literarias, es más difícil borrar las trazas del odio que las de la apatía. Y sin embargo, lo logré; con Lorca y papeles y hartos lápices y tintas de todos los colores. Pero... ni siquiera Lorca puede acabar con el asco. Y me la jugué; yo no lo sabía, pero me la jugué: llegué con Rosales, que era absolutamente inapropiado para esos muchachos, pero yo afortunadamente no lo sabía y me valió madres.
       Y como no llevaban el libro, los mandé a todos a sacar su propio juego de copias. Y regresaron y nos sentamos en el suelo, todos apiñados en torno mío; y empezamos a leer. Desgajamos el poema, verso a verso, sin la menor idea de lo que estábamos haciendo, de lo que la poesía nos estaba haciendo a nosotros, durante una hora y media. Nadie entendió nada. Tampoco yo. Eso fue en el '97 ó '98, y mi vida estaba en ese momento en el que todo está a punto de empezar. 
       Luego la Vida me salió con que tenía más imaginación y peores intenciones que yo, y perdimos la huelga. Y esa derrota fue el principio del fin para mí; todo cambió y acabó y se fue al carajo. Y dejé mi amadísima universidad. Y olvidé quién era y quién quería ser. Yo me perdí a mí cuando perdimos la huelga.
Pero algo pasó ahí, con Rosales, esa tarde, y a mí me llevó todos estos años saber qué fue.


Entonces, por allá del 2004, trepada en la escuelita del IEMS, en las cimas y simas de Jalalpa, nos invitaron a ser parte de la cosa más increíble que hubiera yo podido pensar: nos invitaron a crear un programa para Lengua y Literatura en el que volcáramos todo aquello que creíamos que debía ser la educación en lengua y en literatura. Así nació el programa más bonito que hayan visto en su vida; un programa en el que mandamos  la historia de la literatura por un caño y todo giraba en torno a una línea de trabajo, prioritaria y magnífica: Lectura por Gusto. ¡Qué cosa TAN difícil! Y qué divertido fue aquello. Mi mejor amigo en ese tiempo era el profesor de Artes Plásticas, así que yo pasaba un montón de tiempo en su taller, de metiche, suspirando ante las maravillas que ahí se fraguaban y que yo ni en sueños he sido nunca capaz de realizar; y mientras los miraba dibujar, pintar, trazar, pirograbar y embadurnar cosas, una idea loca y maravillosa tomó forma en mi mente: ¿y si leía poesía con esos chicos en ese salón maravilloso? Parecía una idea estúpida y absurda; apenas comenzaba a lograr que no me tiraran a la cabeza los libros que les ofrecía (novelas románticas, cuentos cortos, novelas gráficas, literatura fantástica con y sin monitos... lo que fuera, con tal de atraerlos a la literatura y a otro mundo, mi mundo), y por supuesto la poesía estaba completamente fuera y lejos de lo que estaba construyendo. Era una idea estúpida que podía darle en el traste a todo lo que había logrado hasta ese momento.
      Sí... pero, ¿y si no? ¿Y si funcionaba, como habían funcionado Lorca y los dibujitos todos esos años? Había algo en la poesía que me arrastraba, que me incitaba como canto de sirenas: "por aquí, por aquí". Así que le pedí prestado su salón a mi amigo, agarré los que me parecieron en ese momento los mejores libros y antologías de poesía de mi colección personal, y cité a mis muchachitos de barrio en el Salón de Artes Plásticas, con la sola encomienda de ser puntuales y llevar consigo una vela.
       Llegué, muy seria y circunspecta, les hice señas para indicarles que no podía hablar y ellos tampoco, los metí al salón a oscuras, les indiqué que se sentaran en el piso, recargados unos contra otros (mi intención era que no se pusieran nerviosos, no sabía que estaba creando vínculos entre ellos), esparcí los libros frente a mí y les dije: "ahora van a saber a qué me dedico realmente, cómo es el mundo en el que yo vivo"; y luego agregué: "quien quiera leer, agarre un libro, escoja un poema, el que le guste, encienda su vela y suéltese leyendo, así nomás". Entonces encendí mi propia vela como única luz y Centro de aquella extraña sesión, y les puse la música de Gladiador (a Lisa Gerard, nomás), y cuando los vi medio hipnotizados, saqué a Miguel Hernández y leí: 

"¡Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío:
claridad absoluta, transparencia redonda.
Limpidez cuya entraña, como el fondo del río,
con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda...!"

       Y luego leí a Sabines, y luego, cómo no, a Rosales; y a Lorca y a Aleixandre... Y los chicos, en lugar de dormirse o impacientarse, comenzaron a manosear los libros, a mirarlos, a encender sus velas y a leer. ¡Yo no daba crédito! ¡Fue impresionante, todo: sus voces, sus actitudes, la manera como esa poesía que yo conocía tan bien, cambiaba y parecía tan ajena, tan nueva y ellos mismos, distintos al momento de llenarse la boca con esas palabras venidas de entre las hojas y  otros tiempos y otras plumas! Y al final resultó que todo había cambiado: sus rostros, sus actitudes, su manera de recibir libros nuevos, la forma de percibirse.
       Después de esa, realicé muchísimas más lecturas, ahí en Jalalpa, pero también en la Ibero y después en la UNAM, e incluso ante un público grande, desconocido; y poco a poco ajusté los parámetros, incluí nuevos poetas, quité la música, modifiqué las intrucciones...



El 27 de noviembre es el cumpleaños de otro poeta maravilloso: José Asunción Silva.  Hemos decidido adelantarle su festejo con una lectura de poesía ne la FES Acatlán, el 6. 
       De aquella lejana y primera lectura con Rosales, las cosas han cambiado inmensamente; ahora tengo una lista de más de veinte poetas para leer, entre los cuales sí está Rosales, aunque desde luego ya no La casa encendida completa. Ahora sé que podemos leer a cualquier poeta que los asistentes quieran llevar, siempre y cuando esté escrita en lengua original, porque la poesía no tolera la traducción. Sé que pueden llevar a quien quieran y que nada, absolutamente nada será obligatorio: podrán leer o callar, escuchar o encender su vela y darle voz al poeta, volverse soporte material, humano, orgánico del ollin que habita al poema, o ser sólo testigos de lo que suceda. Y sé que, en un momento u otro, todos van a leer.
       Y por supuesto, he estudiado y leído, pensado y me he vuelto loca dándole vueltas, porque yo tenía que saber cómo era eso posible y qué estaba pasando; no me bastaba con que funcionara; yo necesitaba con urgencia entender cómo y por qué funcionaba; hasta que encontré el fundamento teórico de todo este embrollo poético, hasta que entendí verdaderamente qué es eso que es la poesía y que no está en las palabras sino que cabalga en ellas, y por qué hace lo que hace, y cómo es posible que funcione siempre, en cualquiera, de cualquier edad, tanto si le gusta la poesía como si no... Inclusive he desarrollado una técnica para las lecturas de poesía, que incluye velitas y una habitación muy oscura, un dulce para preparar el paladar y las palabras, y un piso amplio y extenso donde sentarnos, en círculo o unos recargados en otros, bien apiñaditos, como aquella primera vez, sólo que ahora sí sé qué va a pasar y sobre todo, sé cómo hacer que suceda: el acontecimiento; ese del que habla Derrida, ese del que no se puede dar cuenta; ese mismo que detona dentro de uno y después nada vuelve a ser igual. Eso es lo que va a pasar. Y lo mejor es que nadie se va a dar cuenta de la amplitud de lo ocurrido.
       Tengo mi propia hipótesis (ja, ja) de qué es eso en la poesía y por qué provoca en las personas todo lo que detona. Aún no está publicada y, sin embargo, ya tengo cualquier cantidad de críticas y de gente encabronada diciendo que estoy loca, que cómo se me ocurre, que si me creo dios o qué, que me siento Kant reencarnado (hubiera sido menos ofensivo que me enjaretaran a Heidegger, pero ya qué), que cómo me atrevo a decir que...
       Me atrevo: no tengo ya dudas. Mi mente me llevó hasta allá de la mano de Platón, de Heidegger, de Derrida, de Barthes; de Zurita; de Messiaen: es correcto. Mi hipótesis es correcta. Lo he comprobado una y otra vez en montones de estudiantes, de todas las edades, cuyos nombres no caben aquí, pero que se recordarán a sí mismos en este escrito; cualquiera que haya estado en una de mis lecturas se acordará. Y a todos ellos, sin excepción, le doy las gracias desde el fondo de mi corazón por regalarme lo que se ha convertido en el motor de mi vida. Gracias a la poesía -o sea, a ustedes- recordé quién era, quién quería ser y qué puede pasar a partir de este momento en el que, quién sabe cómo, mi vida parece estar, de nuevo, a punto de empezar.
      Así que ahora, si alguien desea leer, piense en mí, sentada en medio de un montón de libros, con mi poemario de Rosales en la mano y mi vela ya encendida, cintilando al centro; tome cualquier libro de poemas escrito en lengua original, sin pasar por traducción y, sentado cómodamente en una habitación vacía y a oscuras, encienda una vela y comience, sin más, a leer.

1 comentario:

  1. Recuerdo que Noemi y Flor de Liz me dijeron "vamos a leer poesía con velas" y yo les dije "¿Por qué?" con todo el desden del mundo en mi pregunta, porque esas cosas no se hacen en la carrera, porque así no se analiza la poesía y son cosas de jipis y bla bla bla... me alegra mucho haberme colado a esa sesión de poesía, lo volvería a hacer mil veces. Guardo con mucho cariño ese día.

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