junio 26, 2011

Cosas que había olvidado

Nadie podría pasarlo a creer, pero... ¡me gusta la lluvia! Ya desde el año pasado le empecé a encontrar su chiste, cuando las gotas de lluvia al resbalar por ventana me recordaron las hebras grises en el cabello de alguien a quien amaba. Y ya bien pensado, en realidad siempre me ha gustado el agua, sobre todo el mar.

Extraño el mar, hace demasiado que no voy; cada vez que regreso a él, me quedo de pie en la arena, apabullada por su grandeza y  con los ojos de plato que he puesto desde niña frente a él. En las noches, renuncio gustosa al aire acondicionado a cambio de dejar la ventana abierta y escucharlo; y después de unos días, dejo de sentirme sobrepasada por su magnificencia y más bien me siento como si estuviera de visita en la casa de un amigo muy, muy amado. Extraño el mar; extraño meterme al agua y nadar por debajo de la superficie, tomando las corrientes que me alejan y enseguida, las que me devuelven a la orilla, como me enseñó mi abuela. Extraño sentarme, ya bañada y vestida, al atardecer, en la orilla, y confiarle todo lo que he hecho mientras no lo vi; me imagino que he de parecer una loquita ahí, murmurando cosas con la vista clavada en el mar, pero no me importa: así me entiendo yo con él. Una sola vez se me ocurrió meterme y distraerme, y me puso un revolocón bárbaro; como que me sacó a jalones del agua para que en mi distracción no me acabara dejando llevar por la corriente incorrecta. Un día de estos tengo que regresar; hace mucho que no platico con él.

Ahorita que estoy pensando en esto, acabo de recordar que de niña -y aun de jovencita, cuando salíamos de tocar campanas y caminábamos por horas por el Centro, por supuesto sin paraguas-, me encantaba mojarme en la lluvia. Esas caminatas por el Centro me son particularmente memorables (¿cómo pude olvidarlo?); de por sí siento que tengo una especie de hilo de acero que me sale del corazón y me ancla a la plancha del Zócalo y, por extensión, al Centro todo. No tienen ustedes una idea de cómo se ve la Ciudad desde los campanarios de Catedral, especialmente los días de mucho viento o cuando llueve y la piedra está húmeda y vibra, como si estuviera viva (nosotros juramos hasta la fecha que sí, que está más que viva). Luego bajábamos y como no teníamos dinero, todavía no incluíamos en nuestros andares los cafecitos a los que ahora soy tan afecta, así que caminábamos y caminábamos y caminábamos; a veces íbamos a la París a comprar alguna de las veinte mil cremas que usa Martha o alguna de las otras veinte mil medicinas que tomaban en mi casa; otras -cuando sí teníamos algo de dinero extra- íbamos a la Madrid a comprar un pan de pasas o, si teníamos suerte, ¡de queso!, y luego nos íbamos a aplastar a Santo Domingo o a donde fuera, a comérnoslo. En ese tiempo, yo andaba siempre de faldotas y huaraches, y me encantaba meter los pies en los charcos y sentir el agua helada entre los dedos. Igual que en Guanajuato.

¡Ay, sí!: ¡Guanajuato!... de Guanajuato les tengo que hablar largo y con calma (también del Centro y de las campanas, un día de estos), pero... pareciera que cada vez que vamos, llueve. Entonces se me olvidan todos mis berrinches con respecto a que "no me gusta la lluvia" y soy otra vez niña, caminando sin medir el paso y sin fijarme si hay charco o no. No hay nada, nada como caminar por Guanajuato de noche cuando está lloviendo.

Y supongo que también por eso me gusta lavar ropa; me pongo a echarle cubetadas de agua a la lavadora, con la excusa de que como se tarda mucho, así se llena más pronto; pero la verdad es que me alucina ver cómo cae ese pequeño torrente de agua limpia de la cubeta a la lavadora. Y luego, tender la ropa mojada, el olor, la textura de las telas húmedas al extenderlas...

Hasta las lluvias que caen en Jalalpa, donde trabajo, tan bárbaras que no debes salir ni moverte hasta que no se terminen, me llenan de sorpresa y de maravilla; aquello fue bosque cerrado alguna vez y por eso cuando llueve, llueve en serio: las escaleras estrechísimas de los andadores desaparecen bajo auténticas riadas que se llevan cualquier cosa a su paso; una vez me tocó ver cómo se llevaban en la calle que sube hacia el Piru, a un señor con todo y motocicleta, mientras el agua subía a una velocidad de vértigo y los que íbamos en la micro mirábamos horrorizados al señor que desaparecía con el torrente y al agua que ya había alcanzado el nivel de la puerta. Desde entonces prefiero esperar, así se me haga de noche, antes que salir de la escuela mientras llueve.

...)
Es curioso, las cosas que olvidamos y un día, quién sabe por qué, se te vienen a la mente. Mientras voy describiendo estas cosas, las voy recordando con tanta nitidez que me parece tener las manos húmedas por el roce de las sábanas recién tendidas; me parece que siento el cambio de temperatura en los pies cuando al fin dábamos por terminadas nuestras correrías y el calor del metro nos envolvía, sofocante, y los pies me cosquilleaban al irse calentando; el olor de la piedra húmeda; el sabor del pan de queso.  La voz del mar en las noches.

Yo no sé cuándo agarré esa manía de no salir sin paraguas y ponerme zapatos cerrados para no mojarme, e irritarme hasta el mal humor porque no se acaban las lluvias. Yo no sé cuándo decidí que no me gustaba la lluvia. Menos mal, entonces, que pasamos por esa sequía tan larga: me acabo de acordar de que me encanta el agua.

Y mientras escribo, no para de llover.

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