septiembre 16, 2015

16 de septiembre de 2015- The fabric of my memories

#1 Carta a Lobacio, mi amigo imaginario 


Querido mío:

Es extraño escribirte en español y no en inglés. Pensar en escribirte comenzaba siempre por reunir las palabras necesarias para la idea o las imágenes que quería mostrarte, como quien reúne los ingredientes para hacer un pastel, y en ese caso ya estaría yo ahorita abriendo mis diccionarios y manuales de conjugación a modo de recetarios…
            Sé que tu español no es bueno y que de Isabel Allende no pasas, pero la verdad es que escribir en español nos hará la vida menos miserable a todos, sobre todo a mí, que nomás de pensar en el montón de palabras que necesito –¡en español, ya no digamos en inglés!– para contarte lo que vi hoy, se me va el alma a los pies.

Has de saber que yo crecí en una unidad habitacional diseñada originalmente como departamentos de interés social para soldados. Son cerca de 50 edificios construidos sobre una pendiente pronunciadísima, divididos por una barranca de varios kilómetros de largo. Mi abuelo, aunque ya era oficial, consiguió uno de esos departamentos para sus hijas, pero luego caímos nosotros –papá, mamá, escuincle y escuincla–, las tías se fueron a una casa mucho más mona en un barrio para oficiales y nosotros nos quedamos en el depa. Llegué ahí poco antes de festejar mi cumpleaños número 5 y me fui 24 años después, para vivir con el hombre con el que habría de casarme.
            A primera vista podría parecer que tuve una niñez muy solitaria; pero he tenido siempre una imaginación tan viva, que en realidad me la pasé sumamente ajetreada con mis múltiples actividades consistentes en leer (aprendí al poco tiempo de llegar al departamento), patinar por varias horas seguidas y explorar la colonia, el mercado con sus molinos de nixtamal cuyo olor me picaba muy sabroso en la nariz, los maizales arriba del mercado, en la colonia de al lado; las calles lisitas y vacías de la colonia riquilla del otro lado, y la barranca.
            ¡Ah, Lobacio: la barranca!; para acceder a ella, había que rodear nuestro edificio, bajar la empinadísima rampa de acceso al estacionamiento detrás del edificio y ahí estaban los árboles, altísimos, formados en filita, como guardianes, dividiendo el espacio asfáltico del estacionamiento chamagoso de la garganta de tierra que se abría más allá; había entonces que seguir por un espacio de tierra y pasto silvestre, a espaldas del edificio gemelo al mío hasta llegar a la cima de una escalera gris de cemento. Entonces debías bajar, bajar, bajar la escalera que así, niñita, me parecía altísima, hasta llegar a las canchas de básquet: un espacio que se me antojaba inmenso y que no servía para patinar porque el piso estaba muy descuidado, lleno de grietas y de hierbas. Era uno de los pocos lugares a los que, para ir, me dignaba quitarme mis patines y ponerme zapatos. A ambos lados de las canchas se alzaban terraplenes altísimos, ideales para escalar; a la derecha, un árbol que había crecido de tal modo, que el tronco quedaba paralelo al piso pero varios metros arriba; cuando se cayó por el peso de las ramas y las hojas cargadas de agua en época de lluvias, lloré con la amargura de quien desde niño sabe que las cosas hay que llorarlas cuando mueren porque la memoria es un reproductor pobre y torpe de lo que fue real.
            También había una especie de pirámide redonda de la que se desgajaban, como ríos concretos, unas resbaladillas que en lluvias se volvían pequeñas riadas y en verano, te dejaban la piel roja y casi en ampolla de lo caliente que se llegaba a poner el cemento.
            Luego estaba “La Bola”, o sea, el consabido salón de fiestas de barrio donde todos los fines de semana se festejaba algo; como mi recámara no daba a la barranca sino a la Hermosa Ciudad, yo sólo escuchaba muy lejanamente la música y me dormía imaginando a las mujeres con sus vestidos ampones –eran los años 80s–, bailando y riendo. Y entre La Bola y la escalera que daba acceso a las canchas, bajabas a un nuevo subnivel, ahora con columpios que a mí me encantaban porque combinaban lo que más me gustaba: el movimiento en vaivén, la fuerza en los músculos para impulsarte cada vez más alto, y el cielo, que yo miraba fijamente mientras me empujaba a mí misma, con tanta fuerza, que lograba sobrepasar en la parte más alta el poste que sostenía las cadenas del columpio, y era justamente como volar hacia el cielo. Y luego de haberme columpiado un poquito, lo que seguía era, por fin, la barranca: una garganta de tierra feraz, llena de arañas gigantes, telarañas que iban de lado a lado de la garganta terrestre, minas y cuevas naturales habitadas por quién sabe qué bichos, y otras mil maravillas que nunca pude recorrer hasta el final, de modo que en mi mente infantil, se quedó indeleble la imagen de un mundo paralelo e infinito, rodeado de altísimos terraplenes, tan resbalosos y llenos de alacranes y arañas de colores vivos que hasta yo entendía que eran peligrosas, que eran imposibles de escalar; había que volver por donde habías entrado, así que la ley era que cada paso en la barranca era un paso que habría que desandar, y que por eso, una vez que empezaba el atardecer, era tiempo de regresar, so pena de quedar varada en la barranca en plena noche.
            Pasaron los años. Dejé la casa paterna. Me casé y me fui a vivir también a un edificio, también a un último piso; y aunque era un lugar hermoso, no había patines, ni escalinatas, ni columpios, ni  cuatro subniveles para llegar a una barranca. Sólo era una unidad habitacional clasemediera común y corriente. No me quejaré de aburrimiento: el matrimonio me proveyó de todas las cimas y simas necesarias para no extrañar emoción alguna.
            Pasaron más años, Lobacio, muchos más; hasta que las simas del matrimonio se hicieron tan hondas, tan voraces y sórdidas que tuve que escalar hacia la luz, cualquier luz, para salvar la vida y la cordura. Entonces descubrí que mis recuerdos no eran míos; eran historias que me habían contado. Así que borré todo, lágrima por lágrima, y luego, muy poco a poco, fui recordando lo que pude de esa infancia tan extraña, poblada de historias y personajes, imágenes, árboles, terrores nocturnos, cantos y calles. Algunos recuerdos aparecieron en forma de sueños y así fue como esa infancia apenas recordada comenzó a tomar la forma de lugares oníricos y maravillosos, con luciérnagas, escaleras, luces cintilantes en medio de brumas, lugares de ensueño, altas paredes de tierra que debía escalar, árboles que nacían de las nubes y laberintos vegetales con senderos de tierra que se bifurcaban, iban y venían…
           
Hoy fui de visita a la casa de mis padres. Han pasado 37 años desde que llegué ahí a vivir. Toqué varias veces, pero nadie me respondió. Como era aún demasiado temprano –me habían invitado a una cena para festejar el cumpleaños de mi padre– y el atardecer apenas comenzaba, decidí darme una vuelta por los alrededores, sólo por curiosidad.
            Lobacio, corazón mío, todo estaba ahí… ¡todo estaba ahí!: la línea de árboles guardianes con sus luciérnagas, los senderos que corren detrás de los edificios, varias escaleras, no sólo la que yo recordaba, sino otras más para subir y rodear los edificios, y otra más para bajar; el espacio efectivamente inmenso de las canchas, la pirámide de cemento con sus resbaladillas espantosas, los columpios…: la barranca. La noche cayó mientras descendía hacía la escalinata. Había grillos entonando una marcha. Había dos chiquillos de secundaria besuqueándose debajo de un árbol que crece, igual que aquel otro y casi en el mismo lugar, con el tronco casi paralelo al suelo y casi paralelo al cielo, como un horizonte vegetal que los dividiera.
            Subí con el corazón desbocado, no sólo por el esfuerzo sino por la maravilla; ascendí por la otra escalera y me topé con una nueva escalera de tierra y luego otra más que cuando yo era niña ni existía, y que me llevó a una puerta de hierro forjado, bellísima, cerrada con un candado, y que me había llevado mucho más arriba del nivel en que se encuentra el edificio de mis padres; una carcajada se abrió paso al aire frío desde mi garganta –la primera desde que ya no supe más de ti–; cerré mi mano sobre un arabesco de hierro de la puerta y me giré para bajar y volver al estacionamiento de los árboles guardianes. Bajé la escalerita. Bajé los anchos escalones formados de tierra, lodosos y traidores, pero mis pies reconocieron el tacto de esa tierra escalonada y pisé como por instinto en los lugares correctos, sin resbalar ni titubear: mis pies conocían ese camino. Y aún bajé la segunda escalerita y otro grillo me acompañó.
            Ya se había cerrado la noche sobre mi cabeza. Y sentí, no miedo, sino una excitación loca en las sienes, la misma que cuando era niña y bajaba a la barranca decidida a explorar alguna de las cuevas hasta el fondo. Desanduve el camino, mientras paladeaba con delicia la precisión vertiginosa con que mi mente comparaba cada olor, cada sonido, cada sensación con aquellas que ha ido recolectando pacientemente a partir de los sueños, hasta que alcancé el estacionamiento, los árboles, las luciérnagas. Y fue entonces cuando pude recordar, con claridad, la sensación de bajar en patines a toda velocidad y tomar una curva cerradísima para darle la vuelta al estacionamiento y no salir despedida hacia la garganta de tierra, más allá de la línea de árboles. Fue un recuerdo tan vívido que pude sentir cómo se tensaban todos y cada uno de los músculos de los muslos y las pantorrillas. Fue una sensación absolutamente extraordinaria.
            Absolutamente extraordinaria.

Love you, love you:
M.

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