septiembre 16, 2015

Nueva sección: Cartas a Lobacio



Hace relativamente poco me enteré del maravilloso dato de que, en mi familia, los amigos imaginarios tienen un nombre, digamos, genérico; se llaman “Lobacio”. Aparentemente, mi tío Alejandro bautizó así al suyo de chamaco y se les quedó a todos los demás. Cuenta mi padre haber oído a su hermano decir: “A ver, Lobacio, agárrate el otro extremo de la escalera, que vamos a una misión muy peligrosa”, y se cargaba la escalera por un lado mientras el otro quedaba suelto, arrastrándose, y ahí se iba el escuincle, muy feliz, analizando con Lobacio los pasos que debían dar en aras del éxito de la misión.
            Uno podría pensar que semejantes personajes sólo les son útiles a los niños y a los ancianos que se han quedado solos. Sin embargo, por razones que no vienen al caso, descubrí en estos días que he trabado amistad con un amigo imaginario; en efecto, yo le escribía e-mails y él me respondía (la parte de las respuestas me intriga e incluso me inquieta un poco, pero no importa). Se hacía llamar de otro modo, desde luego, pero eso tampoco importa. A partir de ahora será Lobacio y, a causa de su recién descubierta naturaleza imaginaria, en lugar del mail utilizaré este medio para continuar con nuestra correspondencia.
            Quizá él encuentre también algún otro medio para responderme.


[La diferencia entre las Cartas a Lobacio y las demás entradas radicará en que las cartas llevarán por título la fecha en que fueron escritas y quizá, también, un asunto]

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